Opinión

Josep Pla fuma mientras espera por el adjetivo

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Martes 21 de febrero de 2023

¿Existe la fidelidad intelectual? Por supuesto que existe. Pla escribió en la revista Destino desde 1939 a 1975. Casi nada: 1.700 artículos. Calendario sin fechas (Destino) es la mejor antología del género. Mucha boina y más maleta, poco vino del país y mucho tabaco de picadura, el arte de esperar adjetivos entre humo azul, los pies fríos, la letra hormiga, la holandesa emborronada por ambas caras, tazas de café próximas, la vida lenta, la palabra a plazos, la mesa camilla, la bata sucia, la muda vieja, la sonrisa rota. Jamás tuvo más contrato que la palabra dada y el respeto a su trabajo. Jamás dejó a la publicación en blanco o colgada de la brocha. Jamás le pagaron mucho.

A Pla la boina le embrida: tiene cuatro ideas –lo que Umbral dijo de Cela- y no le falla ninguna. Su espíritu, por dentro, viene definido por una falta absoluta de trascendencia: busca lo común, lo inmediato, lo próximo, lo más sencillo y desnudo. Su lenguaje, por fuera, huye de todo barroquismo, sujeto y verbo y predicado, y lo más sublime, un adjetivo que esmalte, que suba todo lo anterior, que resalte y no emborrone. Así compró cuatro o cinco gallinas para dale más color a la viña. Así la viña crujía, tostada por el sol, y el suelo eran casi trozos de pan. Una literatura que se oye, se prueba, sabe y siente. Gigante absoluto del periodismo, artesano mínimo, lo contrario a una prosa incolora e inane, bello relámpago.

Apunta Xabier Febrés –autor de la selección- al comienzo de Calendario sin fechas, título eterno de su tribuna: “Ante la ingente producción planiana, asombra más aún el hecho singular de que jamás poseyera máquina de escribir, teléfono ni automóvil, tres herramientas perfectamente implantadas desde sus debuts en el oficio. Siempre mandó por recadero los artículos manuscritos a Vergés, quien los hacía transcribir por personal administrativo de la casa antes de darlos a la imprenta”. Vergés fue un pragmático: lo primero que hace cuando Pla pisa el plató de Soler Serrano por televisión es ponerle un paje, Josep Martinell, con dos indicaciones precisas: “Que no beba, nada de putas y cómprale traje y muda presentables”. Nunca sabremos para qué la muda debía ser nueva. Esto lo cuenta y contó Valentí Puig por lo menudo y húmedo.

Pla jamás fue un payés ni un paleto: muy jovencito hace todas las corresponsalías posibles, París, Roma, Rusia, Estados Unidos. Si se aísla, en un momento dado, es solo para escribir. Evita tentaciones. Decide escribir desde una prisión confortable, su propia casa aislada, a salvo de sí mismo, la opción de Kant y Montaigne. Pocos gastos y mucho papel por delante, un océano: “El escritor es un monstruo; la integridad de su oficio es algo tan enormemente complejo que no puede haber en su vida ni afectos, ni sentimientos ni pasiones. El escritor es un monstruo frío”. El gran error para el escritor pobre es siempre casarse y tener hijos: “Si a las dificultades incontables del oficio, a la angustia que produce, añade usted las naturales dificultades caseras, está perdido”.

Y escribir es algo muy concreto: “Cuando le hablo de escribir, me refiero a escribir algo que valga la pena, algo que dure un par de siglos al menos. Si un escritor al sentarse en su mesa de trabajo no tiene al menos esa ambición, no hace más que elaborar chapucerías en serie”. Y toda jactancia es carnaval: “Yo estoy en el periodismo y la literatura como podría estar en la tintorería o en los ultramarinos. Aunque –y se lo voy a decir ahora que estamos en familia- donde yo debería estar es en el honorable estamento de los rentistas, para poder ir a paseo con una flor en el ojal y un bastoncito”. Fue un obrero entero de las letras a quien la verdad siempre hizo libre: “Algún día se tendrá que decir la verdad sobre Baroja. Cuando yo le conocí en 1921, en Madrid, no había logrado vender ninguno de sus libros. Los primeros mil ejemplares de los primeros treinta libros de Baroja tardaron más de treinta años en venderse”.

Callar es una segunda corrupción, Pla no se calla ni se arredra, su memoria tira del carro, pulso y pupila, ojo y muñeca, sin prisas, cansada la pluma y sonriente el tintero, muy arrugada la hoja, un sorbo de vino negro, un beso de café más negro, el fuego siempre encendido. Dijo que había llegado a viejo por no enfriarse. Sigue con Baroja: “Desde el punto de vista de técnica de la novela –como en tantos otros aspectos de su vida- Baroja fue un niño. Sus novelas, en tanto que novelas, no tienen el menor interés, no tienen la menor composición, no tienen aquella exposición, nudo y desenlace que han de tener las novelas para apasionar a la gente. (…) Baroja, enorme escritor antibarroco, hubiera podido ser el mayor memorialista de la literatura castellana de todos los tiempos. Cuando sus obras se reducen a lo que son en realidad, a una sucesión de paisajes, de figuras y de ambientes, tienen una calidad única, insuperable, magnífica. Cuesta, sin embargo, eliminar de estos libros lo que tienen de tripa inútil, de intriga ficticia, de truco añadido, de peluquería novelística”. Quiere un Baroja, sí, igualito a él: sin adiposidades, ajeno a novelas tontas.

Calendario sin fechas es un chubesqui, fuego de leña natural, lección entera de periodismo, sol verdadero.