En el manual para los visitantes al estadio de Anfield debería rezar 'aguantar el arreón inicial', en el primer capítulo. Si no se cumple este mandato, las cosas se complican en ritmo endiablado. Y el Real Madrid suspendió en este apartado, en una noche en la que Carlo Ancelotti, además, decidió quitar seguridad a su centro del campo de cuatro piezas -el de los partidos importantes- para alinear a tres peones en el eje, granjeándose filo en ataque y problemas de equilibrio. En consecuencia, al refrendar el Liverpool de Jürgen Klopp su identidad volcánica, presionando a toda cancha con un ardor casi suicida, se vio en este templo del fútbol un duelo espectacular. Jugado al ataque. Con ritmo disparado -echaron mucho de menos los españoles a Toni Kroos, el único capaz de bajar el suflé-, goles y una intensidad que llenó cada reclamo que pudiera hacer un aficionado a este deporte.
Tardaron los merengues en aterrizar. "El Liverpool no deja respirar; estamos preparados", aseguró el técnico italiano en la previa. Y en el minuto 15 ya iban 2-0 perdiendo. Esta debacle inicial se explica desde varios vectores: Mohammed Salah torturó a un David Alaba desasistido por sus compañeros, Trent Alexander-Arnold -el mejor lateral diestro ofensivo del mundo- rompió a la descoordinada y flácida presión madridista, los errores en el achique del defensor del título se acumularon y el estratega germano colocó a Jordan Henderson muy arriba, generando dudas en el cierre rival. En el minuto 4, Salah asistió, ante la falta de contundencia en el marcaje, para el precioso gol de tacón anotado por Darwin Núñez; y en el 15, el egipcio apretó a Thibaut Courtois, el meta belga falló en el control y le regaló la diana -para empatar con Didier Drogba como el africano con más tantos en la historia de esta competición-.
Los 'Reds' están viviendo la peor temporada desde el advenimiento de Klopp. Viajan a 19 puntos del líder de la Premier League, han sufrido ya seis derrotas más que las padecidas en el curso pasado y si no triunfan en el torneo continental, cerrarán el telón con la Community Shield como único entorchado. Sin embargo, confiarse con ellos no es aconsejable. Pero, claro, tampoco parece la mejor actitud si se enfrenta al 14 veces campeón de Europa, un bloque que hace meses se sublimó como el propietario de la remontada como forma de vida. Y en este desafío que se le planteó en Merseyside, que pudo ser peor si Salah no manda fuera por poco la finalización de otro slalom eléctrico, se lo recordó al planeta entero. Con su víctima de la pasada final de la Champions como sujeto pasivo. Otra vez, para desgracia de la apasionada tribuna que les acompaña con una convicción religiosa.
Entró a las primeras de cambio el Madrid en modo supervivencia dentro de la eliminatoria. Caer en los octavos de final se asomó, de repente, como un horizonte plausible. Ahí se demostró la categoría de Vinicius junior. A la espera de la mejor versión de Karim Benzema, que todavía no llega, el brasileño pasó de suponer una solución de urgencia, pelotazo mediante, a representar una amenaza temible para los locales. No le había llegado el juego a los merengues todavía cuando el vigente Balón de Oro trazó una pared con el carioca, que controló y chutó a velocidad supersónica, desde el pico del área. El lanzamiento se coló pegado al segundo palo, como una flecha -minuto 21-. El flotador para los manotazos del ahogado. Ya llovía menos. Y desaparecieron las nubes cuando 'Vini' presionó a Joe Gómez. El central cedió para el despeje de Alisson, quien repelió un balón que rebotó, con veneno, en el protagonista madridista -que lleva cinco goles en cuatro enfrentamientos con los 'Reds'-. Los riesgos que conlleva seguir la ola del tiqui-taca. Minuto 36 y tablas.
Con empate, y con Alaba en el banquillo por una lesión sobrevenida -Nacho le suplió, fundamenntal, y pidió a gritos la renovación con su solidez-, la mística de la camiseta de Chamartín acabó por copar cada centímetro del césped. Camavinga lució como heredero de Casemiro -y del ausente Tchouaméni-, sanando las dudas de sus compañeros con cruces atinados y providenciales, y Ancelotti corrigió: ordenó defender más atrás, con Rodrygo como cuarto centrocampista. Ajustó, en resumen. No lo hizo Klopp, a pesar de que sus futbolistas no amenazarían a Courtois más allá de un par de centros laterales. En ese renovado ajedrez, Modric y Fede Valverde dispusieron de tiempo y espacio para combinar. Demasiada comodidad. Los cánticos que bajaban de las gradas se irían apagando a medida que su escuadrón no llegaba a dañar ni a cerrar. Y el silencio estalló en una reanudación que empezó de forma estruendosa.
La mentalidad de un colectivo no es poca cosa en el balompié. Se demostró en la segunda mitad de esta actuación legendaria del Real Madrid, porque el marcador convulsionó antes del minuto 70, quedando en un 2-5 descriptivo. El peligro fue visitante, a excepción de algún centro de Alexander-Arnold. En la espalda de este lateral británico, Ancelotti le devolvió a Klopp el excepcional prólogo de Salah ante Alaba. Por ese perfil, el de Vinicius, se desinfló por completo el club inglés más laureado en el Viejo Continente. Modric despertó y, al espacio, resolvió el envite con su jerarquía eterna. En el minuto 48, tras una falta sobre 'Vini', el croata sacó una falta con picardía y Militao cabeceó a placer, sin marcaje; en el 55, Rodrygo conectó con Benzema para el remate del francés que se coló después del desvío de Joe Gomez; y en el minuto 66, Modric robó y lanzó una contra, nutrida por una galopada impropia de su edad, a la que Karim le puso la guinda. Controló en la frontal, sentó a Alisson y, con hielo en las venas, marcó superando la oposición de los dos centrales (su 18º gol, no había anotado todavía en esta Liga de Campeones).
Si de competir se trata (de saber competir, más concretamente), la delegación española subrayó su preeminencia en esta fecha. No le bastó a los isleños recuperar a última hora a piezas nucleares como Virgil Van Dijk, Fabinho, Roberto Firmino o Diogo Jota. Nunca cambian su estilo y propusieron un intercambio de golpes al maestro en esa disciplina, recogiendo una derrota contundente. No cupo, siquiera, la reseñable personalidad del titular Stefan Bajcetic. Con 18 años, nacido en Vigo de padre serbio y madre gallega, se ha establecido en la medular del subcampeón europeo. Es la opción preferida ante la baja de Thiago Alcántara. Pero fue desbordado, como el resto de su dibujo. Esta lección de contragolpe -y de dureza en el mentón- de los merengues pasará a los anales. Una vez más. La 'bestia negra' del Liverpool -dos finales perdidas muy recientes, en 2018 y 2022- hizo honor a ese apelativo.