Volvió este miércoles el Manchester City a la Liga de Campeones. Y el planeta entero no tardó mucho en enterarse, porque ha regresado con la versión más ortodoxa del libreto de su entrenador. Pep Guardiola aspira, en todos los clubes por los que ha pasado, a controlarlo todo. Desde la alimentación y horas de sueño de sus futbolistas, hasta la altura exacta de cada hierba que compone el césped de su campo de entrenamiento. En ese rango gigantesco de jurisdicción, el técnico catalán incluye un estilo de juego que le ha construido un palmarés histórico y se ha convertido en tendencia total y absoluta. Y si ese libreto se aplica tan a la perfección como en esta ida de los octavos de final del máximo torneo continental, se genera un espectáculo que coquetea con el aburrimiento. Diametralmente opuesto a lo visto ayer en Anfield.
Ordenó el estratega catalán ejecutar un gobierno dictatorial del juego. El plan se limitó a apagar la electricidad del Leipzig, un equipo que daña en transición, por medio del dominio extremo de la pelota. Controlar por encima de cualquier otro objetivo. Incluso del de atacar con intención o buscar a Erling Haaland. El noruego no tocó el cuero en un primer acto en el que su delegación llegó a copar el 79% de posesión. Se olvidó su entrenador de las invenciones que llegaron a asentar a Bernardo Silva como lateral izquierdo y colocó al luso en el eje, para crear. Él se encargaría de maquillar la baja de Kevin De Bruyne -cada vez más fundamental-, engrasando un intercambio de posiciones continuado con el resto de miembros de la mediapunta inglesa. En una maniobra con el que trataron de engañar al cierre alemán pero no lo lograron, a pesar de las diagonales de los regateadores exteriores -que ejemplificó Jack Grealish con un derechazo desviado por poco-. Y se marcharon a vestuarios con sólo dos remates a portería.
No alcanzaron los germanos a presionar ni a salir jugando tras robo. El City le negó todas las rutas y cuando consiguieron desahogo les faltó claridad. Sufrieron la contaminación de la anestesia estilística de Guardiola. Se cansaron tanto de perseguir a la circulación horizontal visitante que les costó demasiado activarse en contragolpe. Emil Forsberg, su faro, quedó descontextualizado. De igual modo ocurrió con el rematador Andre Silva, el preciso Szoboszlai y con un Timo Werner que sintetizaría el exceso de precauciones con el que el técnico Marco Rose afrontó el desafío. El atacante local no amenazó con los desmarques con los que complicó al Real Madrid en fase de grupos, sino que mantuvo su posición en el centro del campo. Por si acaso Kyle Walker y Ryad Mahrez avanzaban. Como ocurriría, por otro lado. Suyo fue el solitario remate de su bloque en el primer acto, un lanzamiento blando que desperezó de milagro a Ederson.
Todo lo demás transitó en torno al perpetuo intercambio de pases británico, creado y perfeccionado en el laboratorio de Pep. Y, cosas del deporte, el peligro para el arco defendido por Blaswich llegó casi siempre a través de errores alemanes en el pase. Hecho que loa, además, a la efectividad de la presión 'Citizen'. Rodri chutó arriba tras una recuperación de Mahrez -minuto 18- y el argelino abriría el marcador con un latigazo de zurda precedido por el robo de Grealish -con toque sutil de Gundogan mediante, minuto 27-. Llegó a disponer Haaland de la opción para el 0-2 -minuto 30-, pero no llegó a embocar un córner cabeceado por Rodri. Parecería que al noruego también le afecta la anestesia pautada desde su banquillo. Con todo, fue suficiente para que el pensador del favorito a conquistar esta Champions League diera su aprobado a lo visto.
Le había faltado al Leipzig valentía y convicción para mantener su filosofía atrevida en este reto. Y con la exageración en el respeto a los galones del visitante no recogió más que una derrota dañina en las sensaciones, pero escueta en el marcador. Este último matiz, el 0-1 abonado por la obsesión controladora de un City que excluyó de su fórmula el afán goleador, le regaló a Rose la oportunidad de recuperar una esencia que ha colocado a su escuadrón a sólo cuatro puntos del liderato de la Bundesliga. Un inicio tenebroso de curso le costó el puesto al técnico Domenico Tedesco -a comienzos de septiembre- y desde entonces ha crecido el renacer de los 'Toros Rojos'. En base a la tendencia ofensiva. Así que volvieron a su 'abc', al sentirse contra las cuerdas pero no muy lejos del empate. Y su aumento de ambición acabó con el tedio británico.
No salió a la reanudación Klostermann y le suplió Benjamin Henrichs, el carrilero que dinamitó la dinámica. Por su perfil, el diestro, sufriría Nathan Aké para parar un fogonazo que multiplicó el trabajo de Ederson. El portero brasileño negó las tablas a Andre Silva -el portugués sentó a Akanji pero marró la vaselina en el cara a cara con el arquero, minuto 63- y vio salir muy cerca dos intentos del mencionado Hendrichs. Primero, en un testarazo alto a centro del otro lateral, Halstenberg -minuto 53-; y en segundo término, en un disparo cruzado que lamió la madera -minuto 55-. Más aún, pues en el 69 el mejorado Szoboszlai engatilló un trueno que despejó Ederson con dificultades. Y en el 70 no resistió más el internacional con la 'Canarinha'. Halstenberg lanzó de esquina y Gvardiol cabeceó a la red -en posible falta sobre Ruben Dias-.
El resurgir de la energía de los germanos -y la asunción de riesgos que le es característica, con sus carrileros arriba-, pilló desprevenidos a los ingleses. Intentaron aguantar aplicando de nuevo anestesia, mas no llegaron a la orilla. La presión de los hambrientos locales tocó techo y rebasó a la pizarra rival. Entraron entonces los isleños en un dilema: incidir en la posesión para defenderse u optar por la verticalidad, ante los espacios ofrecidos por el empuje local. Con la tremenda calidad de su arsenal, en ese debate interno localizarían un intento de Mahrez que taponó Schalger sobre la línea de gol -minuto 50- y Gundogan remató ajustado para la sensacional reacción de Blaswich, el portero suplente del lesionado Péter Gulácsi -minuto 74-. Y es que el Leipzig también disfruta de una identidad definida, que funciona con independencia de las bajas coyunturales -como Dani Olmo o Christopher Nkunku, recién recuperado-. Aunque, a diferencia de sus contrincantes de esta noche, la portería ajena es el centro de su idea.
No les valió a los 'Citizen' este envite para esquivar la incosistencia que han arrastrado a domicilio en esta temporada. Se les volvió en contra el ridículo dominio construido en el arranque de la eliminatoria. Bajaron las revoluciones y a punto estuvieron de encajar una remontada. Siguen en la segunda plaza de la Premier League, sobre todo, debido a las lagunas de rendimiento defensivo que les acechan. Se saben tan superiores en el manejo de la posesión, de la iniciativa, que se dejan ir hacia apagones muy costosos. A pesar de que Haaland acumule 32 goles -en 31 partidos-, su equipo no va a sentenciar los triunfos con la vehemencia que le gustaría. Erling hoy chutó una solitaria vez. Y Pep no hizo ni un cambio. Por esa grieta se escapan puntos y resultados. Tal y como ha comprobado en esta noche finalmente festiva para el RB Arena. El Etihad decidirá.