Lunes 04 de febrero de 2008
La semana pasada asistimos a un curioso "duelo de fotos". Era cuestión de ver quién salía con quién, y en qué clave se interpretaba. Por un lado, Rajoy con Merkel y Sarkozy. Por otro, Zapatero con un joven militante de estética punk. No perdió tiempo Ferraz para paliar el efecto visual (las comparaciones son odiosas siempre). La consigna, procurar lanzar a los cuatro vientos la instantánea de Merkel y ZP el jueves durante la mini cumbre celebrada en Mallorca. Aquello de que una imagen vale más que mil palabras en política se multiplica por diez. Sirva como muestra el episodio de "El Arca de Zoé" y el rescate Sarkozy. Estos días volveremos a ver circular de nuevo la famosa instantánea de las Azores. De hecho, forma parte ya de la iconografía "mitinera" de la izquierda española. Las referencias a Bush, Aznar y la guerra de Irak irán de la mano.
Pero no se trata sólo de una cuestión interna. No son los trastos de unos arrojados contra los otros, es la imagen externa que proyectamos o, mejor dicho, la que no proyectamos, la que debería preocuparnos. Y es que aquel anuncio de Zapatero en su día de que el eje de su política exterior se centraría en la vuelta al "corazón de Europa", en contraste a la posición pro Bush de Aznar, parece haberse quedado en agua de borrajas. La pasada semana, Zapatero no fue convocado a la reunión en Londres, entre Sarkozy, Merkel, Brown y Prodi, pero resulta preocupante comprobar que no sólo se nos ningunea en Europa, sino que nuestros aliados más estrechos son, por ejemplo, Turquía, país que, a decir verdad, no despierta demasiadas simpatías en el seno del viejo continente.
Que el mayor hito de la diplomacia española haya sido la comentada Alianza de Civilizaciones, proyecto tan bienintencionado como inocuo a efectos prácticos, es el ejemplo más claro de una política exterior ingenua, más preocupada por los flashes que por los hechos. Quizá no estaría de más profundizar un poco más en el trasfondo de cada imagen. Por sí mismas valiosas, bien, pero no nos quedemos en eso. A lo mejor deberíamos obviar por unos días las fotos y leer sólo textos, los programas y las propuestas. Iríamos mejor. Todos.
LOS GOYA Y EL CINE ESPAÑOL
Gala de los Premios Goya. Ángeles González-Sinde, citando al maestro Fernán Gómez, reivindica las virtudes del cine español. De paso, justifica los resultados de taquilla aduciendo que el cine no es sólo eso. Bien. Pero no tanto. De hecho, la recaudación de las salas se produce porque la gente acude a ver lo que en ellas se exhibe. Sin entrar a valorar los galardones de cada una de las obras y actores premiados, bien pudiera decirse aquello de "esta película ya la he visto". Mención aparte: Alfredo Landa, enorme actor que tiene bien merecido todo reconocimiento que se le haga. Dicho lo cual, volvamos a la realidad actual de nuestro cine.
Las cifras cantan. A la vista está el número de espectadores que acuden a ver cine español. No es una estadística nueva, ya que si echamos la vista atrás, vemos que la sangría se incrementa cada año. Y sin embargo, lo español gusta. Tenemos una materia prima excelente. Abrió la lata Garci, y a él siguieron Trueba, Almodóvar y Amenábar. El manchego, en concreto, se ha convertido en una especie de director de culto fuera de nuestras fronteras. Banderas y Bardem brillan con luz propia en el celulouide americano. También, Paz Vega y Penélope Cruz. Y nuestros cortometrajes. Por tener, tenemos hasta un Oscar en eso tan denostado por algunos puristas como son los efectos especiales.
Sí, los ríos de lava de "El Señor de los Anillos", "300" y muchas otras han sido producidos por una empresa madrileña, Next Limit. Pero no es solamente lo enteramente español; también de fuera se sienten atraídos. Nicole Kidman rodó con Amenábar, Viggo Mortensen fue el Capitán Alatrsite, Guillermo del Toro y "El laberinto del fauno". Y podríamos seguir. ¿No será entonces que algo falla? ¿Porqué, si hay tanto y tan interesante, la gente no va a ver cine español? Es innegable que a todos nos embarga un cierto hartazgo político, y qué mejor para desconectar que el séptimo arte. Ocurre que, en este nuestro entorno cinematográfico, eso no siempre es posible. Flota en el ambiente cierto resquemor político que sería saludable arrinconar. Por el bien de nuestro cine.
ÁFRICA ES MÁS QUE UNA NOTICIA
En la última semana, el Chad ha vuelto a la actualidad informativa. El pasado lunes, guerrilleros rebeldes iniciaron una ofensiva desde el este del país con el objeto de derrocar al actual presidente, Idriss Deby, en el poder desde 1990. El sábado, las milicias rebeldes llegaron al palacio presidencial, escenario a lo largo del fin de semana de una encarnizada batalla en la que ha muerto el jefe del Estado Mayor y ha desaparecido Deby, que acusa al vecino Sudán de estar detrás de la revuelta.
Esta revuelta es una nota más en la tónica constante de muchos países africanos, como Zaire o Congo, que se desangran en guerras civiles y tribales auspiciadas por líderes irresponsables, continuas e intermitentes. Tan intermitentes como su aparición en las portadas. Se recurre a esta actualidad día tras día y de repente desaparece. La agenda de los medios de comunicación es una amante infiel y caprichosa que tan pronto colma de todas las atenciones imaginables a su amado como le obsequia con el más completo olvido.
Así como el futuro de los 40 niños implicados en el caso del Arca de Zoé dejó de importar cuando un asunto nuevo llegó a las portadas de los medios, la crisis actual del Chad o el conflicto algo anterior pero aún muy reciente en Kenia, dejarán de ser noticia en un par de días. Sin embargo, no podemos olvidar que la realidad es una novela que se escribe a capítulo diario, la leamos o no.
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