Opinión

Economía virtual

Alicia Huerta | Miércoles 15 de octubre de 2008
Vaya semanita que llevamos. Me he puesto a escribir y se me acumulan los temas que me han llamado la atención y que creo que pueden interesarles. Más bien se mezclan en una amalgama imposible en la que no soy capaz de poner un mínimo de orden lógico, con saturación, cómo no, de los cambiantes datos que van llegando de la crisis de los dineros. Debo estar ya delirando, empachada de noticias que cambian a la velocidad de la luz, porque veo a Fernando Alonso subido al cajón más alto del podio, pero los que le aplauden no son sus mecánicos ni sus más fieles seguidores. No. Son unos tipos sudorosos, ataviados con traje y corbata, con aire de banqueros estresados, que jalean al resucitado vencedor al son de la campana que anuncia el cierre de la Bolsa. Ya está, me digo, me he vuelto loca.

A lo mejor, no del todo, me consuelo. Pensándolo bien, nada hay que se parezca más a las curvas de un circuito de Fórmula 1 que las subidas y bajadas de los mercados financieros de todo el mundo estas últimas semanas. Es tanto el vaivén y el mareo que ya ni los analistas se atreven a opinar y, con el edificio de la Plaza de la Lealtad de fondo, se limitan a explicar que esto; es decir, lo que acaba de ocurrir en ese preciso instante y que seguro que va a cambiar diez minutos después, puede ser el final o el principio de lo que nos ha tocado vivir en esta época en la que nos creíamos inmunes a todo, especialmente a los virus que pudieran atacar nuestro maravilloso sistema capitalista. La verdad es que me pregunto qué se dirá de esta crisis en los países en los que no hay Bolsas, en los que la gente usa el dinero, cuando lo tiene, para comprar lo necesario. Claro, que primero habría que explicarles lo que es la Bolsa y que no estamos hablando de un chisme con asas para llevar las habichuelas dentro.

Es fácil de explicar, ¿no? Se trata sencillamente de un mercado, una lonja donde se compran y se venden “cosas” que no se pueden tocar y en la que uno de los valores esenciales con los que se comercia, la confianza, es tan intangible que no hay forma de atinar con la aguja a la hora de inyectarle la deseada vacuna. Una confianza que, de tanto exponerse a las corrientes más arriesgadas, ha acabado por pillar un contagioso virus que ni las transfusiones masivas de dinero habían conseguido atajar. Se nos ha muerto la confianza y ya nadie se fía de nada. Ha tenido que venir papá Estado para dar garantías y que los bancos vuelvan a “fiarse” entre ellos. Hemos visto que el dinero sin garantías continuaba escurriéndose por las negras fauces de una bestia que engullía todo lo que se le echaba, igual que un pozo sin fondo.

Dicen que una crisis como ésta sólo puede conducir a un cambio radical en el sistema capitalista al que nos habíamos acostumbrado. Personalmente, dudo de que estemos sociológica y psicológicamente preparados. Me quedo con lo que ha dicho el Presidente Lula da Silva a su paso esta semana por Madrid y que me parece muy sensato: “No podemos permitir que la economía virtual pueda superar a la economía real”.

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