Silex. Madrid, 2022. 454 páginas. 25 €. José Manuel Azcona, catedrático universitario de Historia Contemporánea, coordina una excelente obra, donde especialistas de reconocida solvencia abordan distintos aspectos del discurrir de la banda terrorista etarra. Indispensable. Por Teresa Sánchez González
En El discurso de ETA, la internacionalización del terror y la ficción audiovisual, el profesor José Manuel Azcona, quien recientemente nos ofreció también El asesinato social y el relato de las víctimas de ETA, coordina una obra coral que despertará, sin duda, el interés tanto de los especialistas en el estudio del fenómeno del terrorismo, como de los lectores que quieran indagar y conocer más profundamente la historia de ETA desde diferentes perspectivas. Los autores que participan, procedentes de diversas disciplinas como la Historia, las Ciencias Políticas, las organizaciones de víctimas o los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, elaboran un mosaico temático donde prima el objetivo de seguir explicando qué fue ETA, qué relaciones mantuvo con otras organizaciones terroristas, cómo construyó su relato o cómo ha sido mostrada en la ficción audiovisual.
Si bien es cierto que uno de los elementos discursivos más habituales ha sido comparar la historia, trayectoria y final de ETA con el movimiento Irish Republican Army (IRA), no se debe pasar por alto, ni mucho menos menospreciar, las relaciones que la banda terrorista mantuvo con diferentes movimientos terroristas, no solo europeos, sino también latinoamericanos. Estos grupos, pertenecientes a la Tercera Oleada, según la clasificación canónica del catedrático emérito de Ciencia Política de la Universidad de California, David Rapoport, establecieron sus relaciones con ETA teniendo en común la necesidad de alcanzar sus fines políticos por medios violentos y fijando sus contactos a través del encuentro en los campos de entrenamiento que se extendían por África y por Oriente Medio.
Del mismo modo, dicha red de contactos también se extendió por América Latina, especialmente cuando el conocido como “Santuario francés” dejó de ser lugar seguro para los terroristas, y miraron a América Latina, intentando escapar de la presión policial. Se aprovecharon entonces de las colonias vascas que funcionaban como redes de solidaridad o, en otras ocasiones, de los contactos directos que establecieron con los propios gobiernos, como fue el caso de la Nicaragua sandinista o la Venezuela chavista.
Aún así, en el empeño de ETA siempre ha estado comparar su trayectoria y actividad, como decíamos anteriormente, con el IRA y, si bien, existen similitudes entre ambas organizaciones, también las diferencias son notables, como esta obra relata y pone de manifiesto, a la vez que repasa el conflicto norirlandés y lo actualiza.
Decía García Márquez, en su famosa novela Cien años de soledad, que (en Macondo) “el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. La importancia del lenguaje no solo reside en nombrar sino que define y da significado. ETA siempre usó la manipulación, la tergiversación del lenguaje, el uso descarado de los eufemismos al servicio de su “causa”, intentando crear un relato incierto y falso. Como apuntan los profesores Raquel Pinillas y Fernando Vilches Vivancos, “las palabras son poderosas, tanto o más que las armas, ya que pueden invisibilizar, herir, acosar e, incluso, pueden llegar a matar. Por eso, es tan importante educar a las presentes y a las futuras generaciones en la prevención del terrorismo y la radicalización” (pág. 158).
De igual modo, la revisión del papel del cine, más allá de su función de entretenimiento, participa también de la creación de la “memoria colectiva” por lo que su función es primordial para deslegitimar el relato terrorista. Si bien es cierto que, como se narra con profusión en esta obra, el papel de las víctimas quedó relegado durante mucho tiempo a un mero rol secundario, el tiempo ha ido recolocándolo en un primer plano desde el que narrar y contar la experiencia de las verdaderas protagonistas. En este mismo sentido, el lugar de las víctimas femeninas también ha ganado peso en la ficción audiovisual, como ejemplos recientes lo demuestran. Como recuerda el profesor Santiago de Pablo, “los protagonistas eran siempre los terroristas y las víctimas apenas aparecían. Con el paso del tiempo, el cine adoptó una visión ética más comprometida contra la violencia y cercana a las víctimas” (pág. 263).
El papel de ETA en la universidad durante el franquismo, la financiación de atentados, secuestros y extorsiones, el fortalecimiento de ETA ante el ocaso de otras organizaciones terroristas, la socialización del sufrimiento o los atentados sin esclarecer son otros de los temas que explora este libro.
Sin duda, una lectura para seguir profundizando de la mano de expertos de reconocida solvencia y que ayudan y participan a crear un relato fiel de la historia de ETA a la vez que dignifican a las víctimas con la verdad y el recuerdo.