Ramón Tamames, a punto de cumplir 90 años, ha escrito más de veinte libros. Pedro Sánchez, a sus 50, ninguno como único autor. Tamames será el candidato de una moción de censura contra Sánchez. Para derrotarlo necesitará votos, no libros. En una de sus obras, Buscando a Dios en el Universo, el que fuera diputado en las Cortes constituyentes de 1977 por el Partido Comunista, confiesa intuir y buscar a Dios aunque todavía no lo ha visto, esperando verlo algún día. Tamames dice que su madre, a quien perdió siendo muy pequeño y de la que guarda un grato recuerdo, era cristiana practicante, mientras que su padre era todo lo contrario, no creía en nada, aunque al final de su vida tuvo un cambio de orientación. El mismo, cuando era quinceañero, dejó de lado la religión y empezó a leer a Freud, Marx, Darwin... Pero nunca dejó totalmente de creer porque lo aprendió de su madre.Y porque, como dice, “cuando dejas de creer en Dios puedes creer en cualquier cosa”.
La de la creencia, es otra de las muchas diferencias entre Tamames y Sánchez. La formación intelectual de ambos también es muy distinta. Sólida y rigurosa en el veterano. Inconsistente y maleable en Sánchez. Próximamente, la diferencia más relevante entre ellos será la forma de entender la política. Tamames, a base de ideas y convicciones, frente a las mentiras como puños y peregrinas ocurrencias presidenciales. La visión sobre un acontecimiento como la Transición también será diametralmente opuesta. Tamames lo vivió como protagonista. Sánchez como lector de hecho histórico. Consciente del deseo de los españoles de no repetir una experiencia trágica como la de 1936, Tamames siempre miró hacia adelante buscando alcanzar el entendimiento con el discrepante, sabedor de que aquél proyecto reconciliador debía entretejerse con los sacrificios de unos pocos y con la esperanza de muchos en un tiempo de concordia y moderación. Sánchez, empeñado en volver su mirada guerracivilista atrás, arremete contra el espíritu y la obra de la Transición, incapaz de soportar que la actual monarquía parlamentaria fuera alumbrada por un rey designado por Franco y un falangista camisa nueva, que tuvieron el coraje de legalizar el partido comunista, demostrando ser más demócratas y generosos que él, tan sectario hoy con sus adversarios políticos.
Sánchez representa a una izquierda saturada de ideología y resentimiento, ayuna, tanto de educación, como de conocimientos, antidemocrática, cainita y demagógica que con sus torcidas inclinaciones solo persigue dinamitar consensos, demonizar al que no piensa como ella e inyectar odio entre los ciudadanos, y que en su torpe gestión de la cosa pública se dedica a crear problemas, nunca a solucionarlos. El dirigente socialista jamás entenderá aquél espíritu constructivo de concertación y avenencia al servicio del bien común plasmado, por ejemplo, en el modo como fueron aprobados los presupuestos de 1980 por el Gobierno de Suárez: gracias a la ausencia de varios diputados socialistas, a quien Felipe González indicó en un papel “vete y calla”. Ojala, Sanchez se vaya para no volver jamás.