Opinión

Montevideo (VIII)

PÁLIDA CONDENA

Miguel Ángel Gómez | Martes 28 de febrero de 2023

Uno. Vuelvo al trabajo que me ocupa componer las últimas 10000 palabras de Rol de abstracción sin revisiones que impidan poner el “Finis” al libro. Rescato, como un trabajador que se palpa la barba, Montevideo de Enrique Vila Matas. Lo puedo rescatar, meticuloso, actualmente se encuentra arrugadísimo y con las esquinas dobladas; vagas huellas de mis dedos, quizá.

Dos. Uno relee a Vila-Matas “obnubilado” por la idea de detenerse en la esquina y volver a pasear de un lado a otro. Me siento como un espía, me contemplo los zapatos y las mangas de la chaqueta. Es decir, Montevideo me permite escribir con el mismo vigor de antes sin comienzos temblorosos ni furtivo susurrar.

Tres. Montevideo de Vila-Matas ayuda a trabajar duro, a leer y escribir como si estuviéramos en una sólida y auténtica morada. Montevideo trata, absolutamente, sin ser distante ni precavido, sobre eso.

Cuatro. Descansé estando delgado y blanco, mucho más blanco que mi cara. Me encontré un Vila-Matas tras otro. Como el otro, cuando entornando los ojos, afirma, sin resbalar ni escapar: «Pensar en ese cruce entre lo real y lo ficticio cada vez que me ocupaba un mayor espacio mental, quizás porque me sentía a las puertas de una probable experiencia única, aunque no descartaba lo contrario, pero prefería pensar que me aguardaba lo primero». Los libros de Vila-Matas son admirados por su talento, imaginación y encanto, pues, aunque no sucede lo mismo con algunos de mis otros escritores, Vila-Matas no se acaba nunca. Es decir: descansé bien, así que espero que esta sea una gran semana gracias a la cabeza de Vila-Matas.

Cinco. Montevideo arranca en Francia, habla de la literatura y de la alegoría que representa. Vila-Matas podría ser Elvis. Podría ser Dylan, podría ser un cantante de folk, su cuerpo al describir es como un organismo coordinado, capaz de descifrar su propia aritmética. Con los camaleones sucede esto: si no los observas al mudar, no tienes conciencia de ellos mismos. Y luego tienen que contar más. Lo extraordinario radica en su marco metamórfico. Así, en lo suyo y por lo suyo, Vila-Matas es mucho más que un camaleón y sus disfraces los encarna con fantasía y una reconcentrada soledad, recordando a una figura de Hopper.

Seis. En esta novela eres alguien de fiar, errante y directo. Alguien que va durante dos años a París y delira con Breton y Duchamp, sueñas con una mente tranquila. Has estado elucubrando sobre el Gran Lector, subiéndote por las paredes, todos podrán asumir que en literatura es mejor que te dejen suelto, pues todo es engaño, un truco de prestidigitador. De día calculas voluntad y genio. De noche te vas a escribir sobre lo que le pasa a un escritor cuando no escribe. Y allí donde vas hay párrafos avanzando directamente hacia ti. Estás en el limbo. Cierras los ojos, te vuelves hacia un lado, intentas dormir; sin éxito.

Siete. Cada día otra dosis de una suite. Una habitación de hotel sin querer volver a casa, eso te exiges. El corazón no te pide reposo. Nadie te va agobiar con ademán de perplejidad desesperada. Lees y referencias. Has llegado a un punto en que la novela avanza como esas reliquias imperecederas.

Ocho. Estás sentado escapando de una tormenta de fuego.

Nueve. Una buena mañana. Cavas con la pala y la zapa. La literatura es una carrera con altibajos. Te identificas con el niño de Los cuatrocientos golpes. El mar de fondo es como seguir un sendero tranquilo que lleva hacia la línea del horizonte. Tu corazón un poco irritado quiere escribir, no quieres dar gato por liebre, quieres escribir, gustándote la idea de no llegar a ninguna parte. Gustándote la idea del juego por el juego mismo. Cavilando sobre los fragmentos de cualquier conversación. Manos firmes que cambian otra vez de planes. Eso da buen resultado, la velocidad que bate todos los récords.

Diez. Tiras de los hilos para llegar a «La puerta condenada», para quizá leer el tarot o encontrar lo mágico. No muerdes la mano que te da de comer.

Once. No te pares, así los amables espíritus que te rodeen no serán enemigos disfrazados. Nadie te la jugará si sigues así. Un mensajero te enviará sueños paradisíacos. Vamos, siempre adelante. Hay que pillar velocidad por el largo y vacío camino. Puedes ser domador de caballos, golpea las farolas con el bastón. Niégate a que te amarren. La gente con la que te rodeas tiene boquita de pájaro. Estás en racha. ¿Estás preparado? Espero que sí. Suena la canción mexicana “Ojitos negros”. Donde el león se recuesta con el cordero, tienes que salvar la vida.