Bien decía Oscar Wilde que aquel que no se atreviera a decir una tontería nunca diría nada genial. Es de cajón que esto no aplique a todas las tonterías, pareciendo geniales algunas, sino a las que en casos aislados lo son, aun con apariencia absurda. Esto último suele ocurrir si te llamas Oscar Wilde, naturalmente. La tontería tiene en común con la genialidad que ambas se salen del tiesto, de madre y de la convención. Como lejos de mí lo de parecer un genio, porque, que yo sepa, no he sido capaz de cumplir tres deseos consecutivos a nadie, al menos me tranquiliza pensar, siguiendo a mi humorista favorito, que un minúsculo tanto por ciento de las tonterías que digo y obro a diario resista la sospecha de no serlo. Me vale con que algo juicioso cobije algún disparate de los que preparo. Humildad obliga.
Por ejemplo, partamos de que hay teorías y tonterías, y también tontas teorías. Por economía, podríamos denominar tonteorías a estas últimas. Ejemplo práctico: esta última frase que acaban de leer es una tonteoría, con ese su punto de lógica. A eso me refiero, y ésa es la clase de tonteorías que quiero tratar aquí. No me interesa la tonteoría suprema, esa que es simple dislate, sino la que siembra la duda de no ser tan tonta sino sólo audaz, y muy singularmente aquella a la que el tiempo pueda afirmar o borrar su ton delantero. Pero basta de preludios; como practicante tonteórico, paso a exponer algún ejemplo de este tipo de tesis arriesgadas sin fundamento empírico, pero al que el interlocutor normalmente no opone un «¡Eso es una tontería!», ya que lo parece y a la vez no; por lo que es susceptible de quedarse en tonteoría suspensa, en stand by.
Es lo que me ocurrió hace bastantes años, tomando un café con un amigo en un restaurante del centro, en realidad mucho antes de que llegara a hacerse popular, incluso ley, la retórica de los géneros e identidades sexuales. Seguramente, reaccionábamos con indignación al comentario de algún mediático badulaque respecto a la homosexualidad como trastorno, incluso después de que la OMS retirara esa humillación a nivel global en 1990 (agárrense). Aproveché para parlotear a mi compañero de mesa sobre mi vislumbre de la necesidad de lo homosexual en la especie humana. Empecé diciendo que, a pesar de ser minoría, lo es muy numerosa, por lo que no puede considerarse excepcional, ni mucho menos un error, pues la Naturaleza no generaliza los errores. Por lo que si no es un error, debe ser por fuerza una función, ya que la Naturaleza actúa así. Por esa misma línea lógica, no se me ocurría mejor función ‒dicho en frío‒ que la del equilibrio. Pensemos que los métodos anticonceptivos con cierta garantía de eficacia no tienen tantos años, si hacemos una media con la milenaria historia de nuestra especie. Por lo que barruntaba que en algún momento la Naturaleza habría dado en conjugar la necesidad de la reproducción con la del equilibrio, simple y llanamente como medio de contención de la sobreabundancia demográfica, que no tendría otras derivadas que más hambre o más guerras, con el riesgo de eliminación que conllevan. De modo que tanto la heterosexualidad como la homosexualidad serían igualmente necesarias y complementarias, con predominio de la primera porque en la Naturaleza prima la producción; pero no la sobreproducción, que es dañina. La Naturaleza preserva; necesita por igual la compensación, el equilibrio.
Mi amigo me atendía en silencio. Y como dicen que el que calla otorga, o al menos lo parece, seguí con el asunto. ¿Por qué, salvo en algún caso pintoresco, la Naturaleza no ha obrado lo mismo con otras especies animales? Porque vivimos más (cierto que no somos la única longeva, pero hay que reconocer que la tortuga o el elefante lo tendrían más difícil, y la Naturaleza no va de perder el tiempo), y sobre todo, porque la nuestra es tan puñetera y sofisticada que ha inventado el lenguaje, la medicina, los muros donde resguardarse y los núcleos sociales y familiares dirigidos a la conservación. Por eso, tal vez, la doble especialización «heterosexualidad / homosexualidad» debió cobrar alguna vigencia ya en el Neolítico, cuando el hombre, abandonado el nomadismo, se asienta, regula, erige ciudades estado, se civiliza, dejando muy atrás los tiempos de un probable pansexualismo, igual que fue común el animismo, cuando hasta copulaba ritualmente con la tierra. Otra cosa es que luego adornemos todo esto, creemos mitos o no, se lo persiga o se lo eleve. Pero la Naturaleza, la máquina verde, no se preocupa ni de Ética ni de Derecho, y menos de Prejuicios. Actúa para preservarse. De modo y manera que ‒concluía‒ la homosexualidad es en todo normal y natural.
Mi amigo musitó un «puede ser» sin tono condescendiente, y pasó a otro tema. Pero para mí fue poco menos que un aplauso, ya que tomaba el café con un veterano catedrático de Física. Cierto es que no chocó mi mano con un «¡Upa!», pero tampoco contestó: «ésa es la hipótesis de no sé quién», ni: «eso es una tontería», lo que para mí, que seguramente había desarrollado mi supuesto deambulando por las calles o entre estación y estación de metro, era más que suficiente. Seguramente mi amigo consideraba que no alcanzaba yo la categoría de tonto, pues la tonteoría mostraba trazas de cierta lógica, conociendo un poco las mañas de la Naturaleza. Preventivamente, regaló ese «puede ser» a un hombre de letras con una conjetura tan simple y básica que mostraba hasta qué punto no podía serlo de ciencias. Ni memez ni clarividencia, entonces. Al menos no la despachó diciendo que fuera una teoría como otra cualquiera. Así que sigue en stand by.
A modo de despedida hasta otra sesión, les dejo aquí otro ejemplo, mínimo, por no cansarles; una píldora tonteórica: «Shakespeare hizo hermosa la lengua inglesa», afirmación que es un sí y a la vez un no. ¿Es que no lo es de suyo? De acuerdo; pero es como cuando Gómez de la Serna gregueriza aquello de que el agua de sifón sabe a pie dormido, un aserto que fascinaba a Torrente Ballester en el prólogo a Ramón y las vanguardias, de Umbral. Es un desbarato, pero hemos pensado «es verdad» un segundo antes de reírnos y de que el árbitro racional lo rechace. «Shakespeare hizo hermosa la lengua inglesa», así, como absoluto, ha de rebajarse unos enteros, es lógico; pero todos los que hemos leído al genial bardo lo asumimos a la primera, antes de soltar los perros y los peros. Sobre todo porque Shakespeare embellece incluso cualquier traducción en cualquier lengua, pues bien se sabe que al margen de otros valores, él es un Estilo. Un estilo irrepetible. Por eso no puede haber un segundo Shakespeare, como tampoco un segundo Cervantes, o un nuevo Velázquez, aquel que hasta el aire reproducía. Y es cosa que alguna vez escucho. Y eso sí que me parece una tontería sin ton, ni son.