Jueves 16 de octubre de 2008
El nacimiento en España del primer bebé concebido genéticamente para curar a su hermano ha despertado una considerable expectación. Javier, que así se llama el niño, más que venir con un pan debajo del brazo, lo ha hecho con un medicamento que curará a su hermano. Ello ha sido posible gracias al llamado “diagnóstico preimplantacional con fines terapéuticos para terceros”, que al parecer va a extenderse a otros ochos casos próximamente. Esta técnica tan avanzada es viable en España desde la aprobación de la Ley de Reproducción Asistida en mayo de 2006. El texto legislativo en cuestión restringe el uso de esta técnica, reservándola únicamente para casos extremos; es decir, cuando no haya otra vía posible para salvar la vida de un hermano enfermo.
Todo avance científico que redunde en beneficio de la humanidad ha de ser celebrado. Dicho lo cual, hay quien tiene ciertos reparos de índole moral cuando se habla de manipulación genética. Desde ciertos sectores se alerta del riesgo de “jugar a ser Dios”, poniendo el acento en el abismo que se abre ante la posibilidad de poder fabricar seres humanos “a la carta”. Dejando a un lado consideraciones éticas, religiosas o de otra índole, lo cierto es que determinados progresos traen implícita una cierta dosis de peligro, en caso de mal uso. Pero no por ello han de demonizarse. Sin ir más lejos, la electricidad generada por energía nuclear ilumina hospitales donde nacen niños y, al mismo tiempo, la liberación de esa misma energía como explosivo acabó con la vida de millares de niños japoneses en la II Guerra. Y lo mismo se podría decir de la electricidad que nos ilumina y calienta frente a la que alimenta una silla eléctrica para que cumpla su sinistro cometido. ¿Hay por ello que demonizar a la energía nuclear o la luz eléctrica? En absoluto. Es más, si lo centramos este caso concreto, los padres de Javier han optado por traer al mundo a un hijo sano, de cuyo nacimiento –del cordón umbilical, más concretamente- provendría la cura para su otro hijo. ¿O es que hay acaso algún padre en el mundo que no desee que sus hijos crezcan sanos?
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