Para quien no oyó hablar de Manuel Álvarez Junco (Zamora, 1948) dispone de inmejorables noticias suyas en El espejo y el martillo, obra que desarrolla conceptos fundamentales del arte en los siglos XX-XXI. Diseñador gráfico de renombre mundial (además de en Triunfo, Interviú y El País su trabajo ha sido apreciado por los lectores de Saturday Review-World, NYC) es también autor de Una imagen para el Quijote (2015) y El humor gráfico y su mecanismo transgresor (2016), así como de estudios en revistas académicas.
Este Catedrático Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (donde ha sido Vicedecano de Relaciones Internacionales, Director de Diseño y Artes de la Imagen y Vicerrector de Cultura) nos regala uno de esos libros que, como me refería en el anterior trabajo sobre Pereza, siendo de reducida extensión ofrecen un amplio saber sin sobrar ni faltar en ellos una sola palabra.
Para ser símbolo visual de la experiencia de la vida y erigirse en aquello que nos permita afrontar sus retos al arte, hoy, se le exige convertirse en un martillo que golpee la mente con su poder transgresor proporcionando una sacudida emocional a ese sistema formal (tan cuidadosamente establecido para nuestra tranquilidad y seguridad). El arte, así, abre resquicios impensables que contienen algo sorprendente para los sentimientos. Si no logra tal apertura es una actividad obsoleta, por no decir inane, para los tiempos presentes.
Y es que considerar como Kant que la finalidad única del arte esté en el propio arte (o con «l’art pour l’art», a finales del XIX, en aquellos anhelos de belleza formal tan queridos por Pater) prolonga la pasiva defensa clásica del arte como espejo. Reflejar lo que vemos resulta ya insuficiente para la búsqueda de ese complejo y sugerente orden vital que ofrezca significado ante los demás, ayudando con sus acciones a conseguir un mundo más claro y coherente.
A pesar de las sublimes mímesis ofrecidas por tanta representación analógica, que producen en el espectador el inmediato reconocimiento y su aprecio de lo común, el arte exige algo más que una mera translación o traducción de lo visto o sentido. Hablamos ahora de transmitir conocimiento, de lanzarse sobre la propuesta propia, nueva, concreta, única; nos referimos a esa originalidad que requiere no ser controlada ni vigilada, que necesita una libertad alejada de lo sometido, de ataduras: nunca subordinada a lo previsible.
«El verdadero arte entra en el territorio emocional de los demás a través de la sorprendente liberación que da su originalidad».
La creación aprovecha la confluencia de dos conceptos no relacionados hasta ese momento, lo que se llama «una coincidencia interesante». Y el arte debe dar con ese algo realmente significativo donde un contenido y una forma se encuentren. La «normalidad», esa combinación ya sabida, no motiva al artista porque al cerebro del hombre actual solo llega lo sorprendente y rompedor: la novedad quiebra las reglas habituales. La provocación y la profanación han llegado, para quedarse, como una revisión radical del modo de pensar.
Para el mordaz crítico literario británico Anthony Julius «las transgresiones son atropellos capaces de liberar». El padre del dadaísmo, Hugo Ball, ya avisó cómo el arte con su transgresión y desvirtuación de las tramas formales desvela su artificiosidad y obtiene el botín de la sorpresa con la superación de lo esperado. Por su parte Marcel Duchamp dejó sentado que considerar la representación como una base nuclear del arte era un error, ya que ella tiene una misión exclusivamente instrumental.
Cualquier artista serio es consciente de cómo el arte es puro artificio, de que una técnica eficaz es importante para conseguir comunicar algo, mientras el tema no lo será sino en cuanto permita la expresión de un juego cómplice.
Ni la figura, ni el tema, ni la idea ni el contenido propuestos; es la novedad del discurso artístico lo que provoca el efecto emocional en su espectador, quien, desde su participación, se convierte en cómplice –esa idea tan cortazariana del juego, donde la búsqueda de lo insólito lleva a la diversión–. Incide Duchamp también en cómo para aquellos genios del siglo XX, contradictorios y paradójicos, sus creaciones no podían surgir desde ningún tipo de imposición.
El discurso es definitivamente el centro del arte, el lugar donde estructura y contenido obtienen su comunión, donde la idea es impensable sin su forma, donde se establece el pensamiento.
«El centro del arte no está en la materialización de una propuesta sino en su conceptualización».
Schiller (finales del siglo XVIII): «El arte es aquello que establece su propia regla. Una obra es un auténtico logro en sí, donde ella misma ha descubierto la clave que la hace sentirse cómoda en el camino. Su propio discurso se dirige a lo antes nunca precedido, es decir, eso que llamamos Arte».
El espejo y el martillo, en palabras del propio Álvarez Junco, es «una reflexión sobre el arte como comunicación y como expresión de lo visual». Con los dibujos de este libro las acciones de ver y leer se entremezclan facilitando la percepción del conocimiento a través de un humor transgresor que muestra lo artificial de nuestras verdades desvelando los intersticios de nuestro discutible «orden», o, dicho de otro modo, cómo la «normalidad cultural» es sobrepasada por una contradicción que exige la comprensión y aceptación de la fantasía por parte del receptor. En sus páginas, dibujos y textos topográficos nadan en un mismo espacio buscando que el desarrollo narrativo destaque la realidad de sus propias formas, al margen de la representación. Un libro este necesario como pocos para develar la neoclásica mediocridad artística imperante.