El pintor Javier Reguera (1955-2023) se fue en un silencio dominical, silencio sabio, silencio lírico francés, silencio de racionalista bajo el siglo íntimo de todas las luces. Escribía Javier Barón, uno de los jefazos del Museo del Prado, faro bajo todas las galernas en 1992: “Muy poco dado a exponer su obra, Javier Reguera es uno de los más personales entre los artistas de su generación. Licenciado en 1980 en la Escuela de Bellas Artes de Bilbao, comenzó en los últimos años de su carrera a realizar collages y frottages luego trabajados con lápices y tinta. En 1982, tras una estancia en Málaga, comenzó a recrear en sus dibujos, pasteles y pinturas arquitecturas de terrazas, típicamente mediterráneas. Presentó sus pinturas por primera vez en 1984. Eran obras dedicadas al cine negro y al cómic, con una estética desenfadada, ocurrente e irónica, que utilizaba recursos entonces en boga en cierta neofiguración andaluza y madrileña”.
Las gafitas metálicas, la melena de calvo, la delgadez en ocasiones extrema, hacían de Javier Reguera el mayor personaje del silencio, los ojos abiertos, las manos lentas, la risa en los ojos, un mensaje secreto en cada cuadro, un complot de supervivencia. Sigue Barón: “Alguna de estas obras, Autorretrato con lápices que por entonces expuso, mostraban una meditación subjetiva y profunda sobre la difícil condición de pintor. En otras recreaba a la figura en un escenario doméstico, repleto de objetos de uso cotidiano, como teléfonos, aparatos de radio y televisión, lámparas, en un mundo alegre y colorista, con iconografías no lejanas a las de David Hockney”.
Javier Reguera tenía algo de místico pop, canto vivo de Pound y mordisco de Eliot, Breton despeinado frente al espejo roto. Un pintor sin ruido, entre vasos vacíos (ni fumaba ni bebía) en un lenguaje humanista clásico, místico de la herida, cosmopolita de la huida, donde siempre amar a una mujer imaginaria nos salva, la ninfa ecuación, la amada incógnita. Sigue Barón: “Posteriormente el artista se sumió en un largo silencio en el que solo esporádicos trabajos (alguna ilustración, algún cartel) mostraba que seguía pintando. Desde 1985 inventó otra manera de trabajar. Utilizaba la acuarela con tonos vivos y alegres, sobre pequeños cartones blancos. Los motivos eran personajes de la fantasía del pintor: príncipes, sirenas y marineros; mariposas y caracoles; árboles y flores; aeroplanos y barcos en el mar. Los componía luego, sobre una tabla, con orden inspirado por un azar feliz”. El pintor, poeta de lo mínimo, vivía para brujo desde la alucinación simple, trapecista sin red, creador sin público.
Sigue el maestro Javier Barón, mago del idioma, sabio luminoso: “En obras posteriores, expuestas como éstas en su individual de 1991 en la galería Benedet, se reducía el número de motivos y aparecía el color en los fondos. La acuarela era ahora más desleída, creando una atmósfera como de ensueño. El recuerdo de una infancia maravillada aparecía en tales modernas imágenes como en un libro de estampas. Todo ello sin sombra de melancolía, de un modo optimista y alegre”. Reguera fue una sonrisa sin cara en La Bobia madrileña, una guitarra de cartón con la que imitaba al Pescaílla, pintaba negro y en el lenguaje de los cisnes, pintaba amarillo y en la lengua de los locos, pintaba azul en el idioma de los soñadores. Javier Reguera, mundo vegetal por arborescente, abstracto de lo concreto y figurativo de lo diáfano, la nube como suelo, matemático del imposible, amigo de los formatos menores baratos.
Sigue Barón: “La obra reciente del artista es muy coherente con este último ciclo y supone también una evolución. Ahora utiliza el acrílico para los fondos y, sobre ellos, compone los collages trabajados a la acuarela. Los motivos son parecidos. Cada uno de ellos está tratado individualmente, pero el conjunto preserva siempre la claridad de la composición y establece un orden que evita superposiciones. A menudo el pintor juega, como en los libros de cuentos, con las proporciones cambiadas, extrayendo de ello una subversión de la realidad que enlaza con alguna vertiente del surrealismo mágico llena de humor. La obra aparece tanto más valiosa cuanto que falta de cualquier vanidad artística”. Javier Reguera buscó la magia del tiempo mínimo (“El hecho de pintar se integra cotidianamente en el mundo privado del artista”) y ello fue siempre un refugio.
Se fue Javier Reguera (1955-2023) sin grandes éxitos, sin galería, sin exposiciones últimas, en zapatillas y voz baja, solo algún cuadro importante en el Museo de Bellas Artes de Asturias. El silencio largo fue un velo del mérito, defensa contra las ofensas de la vida, rito privado, fuente de agua clara y pura para uno mismo. Los ojos negrísimos estaban llenos de colores. Jamás fue un alterado y subió todas las escaleras del sacrificio artístico sin encontrar más que lluvia con la que llenar los bolsillos y unicornios para viajar de una nube fugaz a otra. Tuvo un sostén importante para no caerse en el poeta Pelayo Fueyo, peto y espaldar durante su larga enfermedad, además de todos los personajes interiores que poblaban su bosque animado y que con él iban. Surrealismo interior, infancia eterna, mundo mágico, hogar y lápices, refugio y colores, vida secreta siempre a salvo. La de un duende maravilloso que, en el trance último y ajeno a su definitivo anonimato, decidió subirse a un caballito de mar para cruzar el arcoíris.