En las dos guerras mundiales, que los belicosos europeos prendieron en el siglo pasado, los EE.UU. acudieron en ayuda de una de las partes contendientes, con participación tan importante, que se apuntaron la victoria y creyeron llegado el momento de sustituir a la decadente Europa, asumiendo el liderazgo de lo que se ha dado en llamar El Mundo Occidental.
Comprendieron que, para consolidar su imperio, era imprescindible erradicar la cultura europea y sustituirla por la propia, así que nos arrollaron con su sistema político, música, arte, moda, costumbres y…. cine.
Y lo hicieron de forma despótica y grosera. No sumando sus valores a los nuestros sino despreciando estos e imponiendo los suyos, que se han aceptado, quizá porque los intelectuales y artistas europeos han callado, sumisamente, ante esta invasión o se han enrolado en ella.
Nos impusieron su modelo político, hermoso en teoría y viciable en la práctica, como todos los que el ser humano ha ensayado.
Con santones como el sinvergüenza Duchamp y el pillín Warhol, nos trajeron el “Arte Contemporáneo”, criptomoneda para el ahorro en dinero negro, la especulación, la picaresca y vehículo de mensajes de la nueva cultura “progre”.
Nos han traído la “música moderna”, el rock, que junto a “la cultura” de la droga, el desaliño, el tatuaje y el piercing, han dado suelta al “primitivo” que el ser humano lleva dentro y que la educación y la autodisciplina pretenden contener.
Y…el cine, como gran vehículo de adoctrinamiento. Lo hemos vivido desde que, en los años de posguerra, asistíamos a aquellas películas mudas, de episodios, en sepia o verde que, cada domingo, dejaban al “chico” o la “chica” en situaciones de imposible solución que, milagrosamente, encontraban en la siguiente entrega.
Pasados aquellos primitivos tiempos, la pantalla nos fue ofreciendo productos cada vez más sofisticados técnicamente y el cine se convirtió en la gran diversión, en el alimento espiritual y la fuente de patrones, modas y conductas para aquellas generaciones. Es el medio idóneo, que EE.UU. emplea, con gran eficacia, para inculcar sus valores en la construcción de su imperio.
Mientras Europa integraba su cine en su cultura, como una manifestación artística más, EE.UU. lo desarrollaba como una industria nada inocente ya que, además de un voyante negocio, era el reclamo y banderín de enganche para captar voluntades en las naciones en las que ha penetrado.
Y no han sido nada sutiles en la siembra y cultivo de sus valores y “relatos”. Si repasáis las películas americanas, que habéis consumido, os encontrareis que muchas, la mayoría, tienen ese fondo de reclutamiento y adhesión que no desmerece del que recibíamos por parte de la dictadura.
Las infinitas películas “del Oeste” en las que, además del denominador común de la violencia, encontramos el “relato” de la injustificable justificación del exterminio indígena sin la más mínima pretensión, no ya de colonización y mestizaje, sino ni siquiera de integración.
Las del “ala oeste” y compañía, en las que se nos adoctrina sobre sus valores políticos y se nos vende el heroico servicio al pueblo con el triunfo, aunque dificultoso, de los políticos cabales.
Las de su cuartelero servicio de armas, la férrea disciplina y la preparación académica del poderoso arsenal humano y técnico de tierra, mar y aire.
Las de “guerra”, que nos muestran la disciplina, el heroísmo y el compañerismo en sus guerras de conquista que, siempre, pretenden ser de defensa.
Y la violencia, como diversión, que lo impregna todo, cine infantil, videojuegos, del oeste, policías y ladrones, asesinos, bandas mafiosas, superhéroes, extraterrestres, etc.
Si amigos, ya sé que obligados a elegir, en este peligroso mundo que nos han preparado, es menos malo estar dentro que fuera del Imperio Americano; pero es lamentable que, con su triunfo, se nos va el sueño de una Europa independiente, pacífica, integradora, colaboradora y progresista (de progreso, no de lo políticamente correcto), que había empezado a ser.