Opinión

No más amores

TRIBUNA

Luis Bravo | Lunes 13 de marzo de 2023

Desde su muerte, acudo habitualmente a varios de sus libros para revivir ciertos pasajes de sus novelas y cuentos. Tenía su prosa la capacidad de contravenir los deseos de quien pudiera buscar en las lecturas un mensaje o señal que indicara la mejor posibilidad o solución. Nada más lejos. Igual que los fantasmas, tendían sus frases a esconder lo que de ellas se esperara o reclamase.

Han sido esas reminiscencias que permanecían indecisas, sumadas a las relecturas, las que han motivado estas palabras, refiriéndome a un desengaño privado aunque cualquiera es susceptible de acordarse de uno particular, que en su día no tuve oportunidad de decir. Igual que en la sombra es agradable ponerse a hablar del amor, fuera de ella el sol disiparía con su pureza todo intento de volver a visitar esas viejas sensaciones dolorosas que siempre acaban en pasto de nostalgias. Pero es complicado mantenerse esquivo con esos retazos que tanto nos entretienen como intranquilizan. Nos gustaría llevarnos el índice a los labios, según los vemos acercarse, y hacerles entender que no son necesarios, que ya pertenecen a un tiempo donde pasó mucho, y que pueden acumularse sin que nosotros sintamos mala conciencia por no interceder y acaso salvarlos, pese a la gratitud cuando nos fueron contados un percance, una falta, un malentendido que su lugar ocuparon porque nos era grato escuchar de su voz esos detalles que abrían una confianza distinta, prestada para que fuera sostenida por nuestra compañía y suponer un motivo de alivio.

No envejece más aprisa la posibilidad de enamorarse porque su novedad sea disfrutada y recíproca entre quienes sucede, sino por el acecho, desde que es percibida, de la ausencia que conlleva. Luego vienen la decepción y la amargura. Quien te mantuvo la cara pegada a lo que se estaba desarrollando, como un cristal que atrajese por su encantamiento y zozobra, se desentiende y te aparta. El silencio se empeña en explicarte las evidencias, pero uno permanece impasible hasta asumir que no hay más remedio. No queda un terreno clausurado, si al menos se hubiera dicho no podemos ir hacia donde pensábamos, toca separarse y dar pie a los infinitos pareceres que en un grado u otro esperamos no duren eternamente; no lo hacen. Lo que sí queda es lo que no se ha cumplido. Es lo peor. ¿Cuánta verdad hubo entonces en las promesas y visos de una compasión que crecían en torno a las vidas de cada uno porque era conjuntamente como les tocaba hacerlo? ¿Puede ocurrir que algo se anuncie a pesar de que uno de los dos prefiera rechazarlo? Acaba uno en el ridículo de no concebir la existencia sin su presencia diaria. Es lo peor de todo. Anticipar en el otro, y reconocer en sus gestos, el final. Y es que nadie está capacitado para imaginarlo.