“Los niños dicen muchas mentiras, pero no mienten”, ha llegado a decirse para exonerar a la infancia de sus responsabilidades y hacerlas recaer en la sociedad adulta en general. Esta especie de rusonianismo es del mismo tipo que “el hombre nace bueno, pero la sociedad le corrompe”. Sin embargo, esta afirmación nunca acertó a explicar cuándo, a qué edad, por qué motivo dejamos de ser inocentes parvulitos para convertirnos en adultos miserables que luego inficionamos a los pequeños con nuestra inverecundia. ¿Cuándo se produjo la mutación del cordero en lobo, la licantropía, o el Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde, la novela del británico Robert Luis Stevenson? Recordemos que el Dr Jekyll crea una poción que, bebida por él mismo, le convierte en Edward Hyde, un criminal capaz de cualquier atrocidad: ¿sería ese trastorno de disociación de la personalidad la que ocurriría en algún momento del desarrollo infantil?
Porque si los adultos son mentirosos compulsivos y precisamente por ello se ven obligados a enseñar a mentir a los niños, ello sólo podría deberse a tres posibilidades:
Estas faltas contra la objetividad se producen también en no pocos adultos infantilizados, ya que en todo adulto hay también un niño. Ahora bien, no todos los padres son doctores en psicología, y sus correcciones pueden llegar a ser crueles, en muchas ocasiones también debido a sus propios miedos y a su universo ideatorio proyectivos y al refuerzo de sus educadores y padres: “Como sigas así, vas a terminar siendo un delincuente”, “si sigues así, Dios te va a condenar”, “va a venir el hombre del saco y te llevará”. Puede que sí o puede que no se lo crea en el fondo, la educación es como el juego de cartas de las “siete y media”, o te pasas o no llegas. Pero ahí está la siembra de la cizaña.
Para ser sincero, yo mismo, sin ir más lejos, he tendido a pasarme al respecto como padre en la educación de mi prole, ignorando absolutamente mis errores pedagógicos. En resumen, somos grandes constructores de mentiras y de contramentiras fácticas y eidéticas, tanto niños como adultos, cada uno según el nivel de su desarrollo evolutivo.
El ser humano goza al menos de una cierta libertad para mentir, para desmentir mintiendo más, o para mentir mintiendo menos. La libertad, para ser creíble, ha de ser concreta, y no abstracta; altruismo abstracto sin obras es altruismo muerto. Pero esto nos lleva a otro asunto básico: la razón, en cuanto matriz de la verdad y de la falsedad, es razón cálida. Quien miente no sólo dice sí de forma intelectual a lo que es no, o a la inversa no a lo que es sí, o no dice ni sí ni no, pero sabe que es sí o no, como ocurre en este caso último con la hipocresía.
Y es aquí donde fallaría la tesis de Emmanuel Kant, oso decir. Quien miente, asegura el gran filósofo, lejos de servir de modelo universal para la humanidad entera, debería esconderse por vergüenza bajo la faz de la tierra. Nunca, en consecuencia, por nada del mundo, estaría justificado mentir, ni siquiera aus menschlichen Liebe, por amor a la humanidad en la persona de cada cual. La mentira, pues, sería la gran injusticia, o más aún, como en el Antiguo Testamento, “homicida desde el principio”.
No pocos estamos de acuerdo en la gravedad de la mentira, pero no podemos siempre podemos superarla por miedo pánico a las consecuencias de la verdad, de ahí que mintamos para salvar la vida propia o ajena, o simplemente para querer ser queridos al precio que sea, conculcando de este modo nuestro deseo de servir honestamente a la verdad, o por no querer cargar con la vergüenza que supondría ser juzgados por todos como indecentes en quienes no se puede confiar, llegando incluso a arruinar nuestra conciencia mental y nuestra conciencia moral.
Sólo se me ocurre musitar que la senda de la verdad invita a hacerse como niños adultos, a los niños no hay que reírles demasiado cierta mentiras, porque de ese modo deformamos sus conciencias haciéndoles creer que lo bueno es malo y lo malo bueno porque a él le da la gana. Regañar a la silla cada vez que el niño alocado tropieza por ella es un mal signo en orden a su adultez.
Para mí que la mentira, cuando no hay más remedio y sólo entonces, sólo se mueve como horizonte de posibilidad para la verdad. De lo contrario, como decía el cómico, “cuando era niño, Dios y yo éramos íntimos amigos. Después, poco a poco, le dio por dejar de existir”. Es cosa que sucede.