Montse Fernández Crespo | Viernes 17 de octubre de 2008
Pues no me ha quedado otra que escribir sobre la CRISIS. Voy a hablar de ella tratando de mostrar algunos detalles diferentes de los lanzados en los mensajes rígidos e institucionales con que estos días nos atiborran en las portadas de periódicos, en las noticias de la mañana, del mediodía y de la noche, en las cadenas de radio y hasta en las tertulias con los amigos.
A la salida del pueblo de Meco, en la carretera que une esta población con su vecina Camarma de Esteruelas, te topas con una docena de chalets que hace más de un año aguardan quien les adquiera. Es una triste estampa que se agrava con la sensación de soledad y abandono que desprenden porque entre ellos y el núcleo urbano se extiende una profunda área de campo lisa y vacía que recuerda la nada. Los promotores seguían esta estrategia en los buenos tiempos: construir inicialmente las viviendas peor situadas y así, aprovechando la desbordada demanda, vender las peores piezas y guardarse las de primera línea para el final, momento en el que además incrementarían su precio. Pero ahora, esos chalets no los comprará nadie porque nadie está dispuesto a gastar un dinero que no tiene en una casa cimentada en un erial desierto.
Unos 500 metros más allá, te encuentras con un burro, dos perros y un pastor pastoreando a cerca de 200 ovejas.
Si en el mimo día conduces por la M-112 que va desde Alcalá de Henares a Daganzo te darás cuenta de que el número de prostitutas apostadas en viejos sillones al lado de la carretera se ha multiplicado aunque se ofrezcan a plena luz del día. Hacía tiempo que no ocupaban en cantidad estos lugares, por lo que o no lo necesitaban por disponer de otra fuente de ingresos o trabajaban en zonas destinadas a ello que ahora bien han podido ser ocupadas por otras o ser las mismas con pluriempleo.
Y también aquí, unos 500 metros más allá, te encontrarás con un burro, dos perros y un pastor pastoreando a cerca de 200 ovejas.
A través de estas pinceladas del paisaje observadas en una mañana al volante, se han manifestado tres de los aspectos fundamentales de lo que ya todos conocemos y sufrimos como crisis: la especulación y la avaricia, las repercusiones del desempleo y falta de oportunidades, y la persistencia en el tiempo de una actividad económica razonable y ecuánime.
La denominan crisis financiera pero más valdría llamarla crisis especulativa porque ha sido provocada por la avaricia de unos tantos que gustaban del bien vivir con poco esfuerzo, de enriquecerse fantaseando con valores inexistentes. Que lo que se manejaba no eran productos ni dinero, que sólo era aire. ¿Cómo hemos permitido que el trabajo de un directivo de una entidad cualquiera se valorara lo mismo o más que el desempeñado por 100.000 personas en cualquier parte del mundo subdesarrollado? ¿Cómo hemos permitido que mover acciones y créditos de un lado a otro generase tantos beneficios en pocos minutos como los que a algunos países les supondría, con suerte, un año entero?
La avaricia ha descompuesto el modelo económico que parecía imbatible. El modelo de los G7 y los G4. Quizás haya llegado el momento de que otros lleven la iniciativa, de un intercambio de papeles entre desarrollados y subdesarrollados, o al menos de un equilibrio más justo: “… ya que las economías avanzadas apenas crecerán el próximo año mientras que el mundo se expandirá un 3% gracias a las naciones en desarrollo.” (Palabras del director gerente del Fondo Monetario Internacional, publicadas el viernes 10 de octubre en la edición papel del diario Público).
Nosotros, los de a pie, no podíamos adivinarlo aunque debiéramos haber vigilado a los que gobiernan y dirigen, no depositar tan extrema confianza. Para el momento actual puede que estas intenciones lleguen tarde. Como Marc Vidal ya nos avanzaba en el mes de junio al hablar de la crisis que se avecinaba en su post Las siete plagas: “De momento sólo nos resta el flagelo, la cruz y el calvario mientras esperamos la llegada del Apocalipsis”. (http://www.marcvidal.cat/espanol/2008/06/las-siete-plaga.html).
PD. Después de esto, vi abrirse en el cielo el Templo, el tabernáculo del Testimonio. De él salieron los siete Ángeles que tenían las siete plagas, y estaban vestidos de lino puro y resplandeciente, y ceñidos con cinturones de oro. (Apocalipsis)
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