Opinión

Viaje al sur (y II). El agua oscura de Córdoba

TRIBUNA

Luis Bravo | Lunes 27 de marzo de 2023

La tarde nos recibió con visos primaverales. Entre el río y la sierra, el sol doraba plácidamente las fábricas periféricas hasta lo que iba entendiéndose como meollo cosmopolita. Pero en Córdoba eso no significa arrogancia arquitectónica. Es más sobria. Es una nobleza precavida la de sus edificios antiguos. Y uno, con la guardia baja, no pudo sino acordarse de lo no debido, impidiéndome disfrutar los primeros detalles que han de recogerse cuando se pisa suelo inhóspito. De unas soledades a otras, qué remedio, pero el tiempo justo y en el momento preciso para que no anegasen el resto de jornadas.

Lo que parecía un descuido transformado en gracia natural eran los cercos de naranjas que se formaban alrededor de los árboles, hablando de otros detalles que tampoco se recogían. En los jardines de Vallellano rebosaban. Las palomas picoteaban las que tenían alguna raja, y las patadas ocasionadas por el aburrimiento de los transeúntes hacían que llegaran metros más delante de sus parcelas de césped en las que yacer. Allí tampoco había florecido el azahar. Uno estaba empeñado en seguir su aroma, pero me era negado todavía. Como en el poema de Villena, estaba tentado de dejar mis señas, por si volviera.

Las murallas, y sus varias puertas con nombres de reyes árabes, protegían el encanto de la judería y demás casas blancas de las que habían sucumbido al progreso al otro lado. O lo mismo, al revés: protegían a los vecinos que hacían tranquilos sus vidas de barrio del bullicio temático en el que se convierte toda ciudad turística. En cualquier caso, las piedras conservaban su dominio, pero sin juicio alguno en su apariencia, salvo el que imagine quien las mire desde fuera. En el interior del casco histórico, la Mezquita era quien atraía todo y a todos. Una vez más, la contemplación de su impactante galería de arcos se vio mermada por las obras de restauración, por los preparativos de Pascua y porque somos demasiados siempre en los lugares que requieren un esfuerzo mayor de quietud y silencio. La lluvia nos quitaba de en medio, nos llevaba por callejuelas y pendientes. Con la excusa de no calarnos, pudimos entrar en un dédalo de patios que ofrecían la música oscura del agua. El agua sin sueño. Sí, las licencias líricas están al alcance si se tercia el asunto, pero en uno de aquellos patios resultaba posible la sensación de ser transportado a cuando se escribían encendidos poemas que imitaban el olor de los dompedros, que allí escalaban un magnolio, el de los limoncillos mojados, el tono de la cal en las paredes y el soniquete de las macetas desbordándose.

Paseaba buscándote. Aun sabiendo de este ridículo, me esforzaba inconscientemente en toparme contigo a la vuelta de cualquier esquina. Para esos desamores, lo adecuado es acogerse a los amigos, también los que se encuentran porque la casualidad de estar de paso por su lugar obliga a celebrar dicho momento. Juan Antonio Bernier me llevó a la plaza de los Abades, más selecta y apartada, en cuyo bar estuvimos charlando animadamente y las farolas tardaron en iluminar lo vespertino del sitio. Todo fue cobrando un tono garzo hasta que prendieron esas flores blancas. Al día siguiente, Raúl Alonso tuvo la gentileza de invitarme a comer en las Bodegas Campos, que es territorio Baena. Hacía dos años que no nos veíamos, pero él mantenía esa prestancia de quien se sabe en su elemento. Me enseñó las enormes salas y patios que conformaban las bodegas. Uno tenía cerca tanta historia, ya fuese por los barriles dedicados que algo se les había puesto de epitafio, como por las fotografías enmarcadas de tantísimos actos, celebraciones, vida granuja y elegante, y ni un solo mantel, silla o copa fuera de su sitio, que no me atrevía a revolver en aquel legado, no quería hallar la rama crujiente y débil que afeara la ostentosidad de esos comedores. Tenían un aspecto lampedusiano. Quizá fueran los carteles taurinos o la frescura de los ramos.

No me fijé hasta el final en los álamos del río, entre los puentes, pegados a la altura de las aceras con sus brotes polvorientos empezando a notarse. Córdoba se mostraba inconsciente de sí y soleada una vez que el coche se adentró en la autopista y quedaba la ciudad atrás. Fue, cuando ya no pude responder, el instante en que supe de su finura. Me llegaría con un poso más lento. En la radio comenzó a sonar una canción de El Nido, y llevaba razón su estribillo. Uno debe pedir que lo suelten para que de luces sean llenados otros rincones. Se necesitará tiempo para comprender que no hay nada de vano en imaginarse un presente sin las compañías esperadas. Vendrán otras, minuciosas en lo eterno.