Opinión

Cuando España echó a andar

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Jueves 30 de marzo de 2023

Pedro Insua gasta barba escasa de bucanero, ojeras de lagarto sin horas de sol, cabellera escasa y dedos acostumbrados al gatillo. Gustavo Bueno le enseñó cómo pensar es siempre contra otros, la vehemencia en la tesis, la afirmación sin fisuras ni rotos, sin vacíos ni lagunas. Con su primer libro 1492: España contra sus fantasmas (Ariel) Pedrojota Ramírez lo fichó para su boletín, embrujado por una prosa no meramente informativa: histórica, historicista y lírica. El orbe a sus pies (Ariel) lo consolidó como el máximo filósofo en español del reino. Ahora publica Cuando España echó a andar (Ariel): Alfonso X el Sabio en la cúspide de la nación española, mundo adelante.

Rastrea Pedro Insua el nacimiento del rey sabio en Toledo (1221) y se centra en el fallecimiento de su propio padre Fernando III (1252), por el que Alfonso X se convierte en rey de Castilla y León pero no solo eso: “El monarca vivirá una expansión sin precedentes de las fronteras de los reinos hispanos hacia el sur, que incluso alcanzará el otro lado del Estrecho”. Gustavo Bueno dedicó una primera obra (España frente a Europa) a afianzar su tesis de Imperio español, que acabó en conferencia casi póstuma, por la cual España tendría mucho más sentido unida a Hispanoamérica como fue en un pasado que en el Sur de una Europa que nos ve como tercermundistas, pobres, parias. La idea de Imperio, unida o trenzada con la puesta en claro de nuestra Leyenda negra, lleva a una serie de intelectuales contemporáneos (Roca Barea, Insua, Iván Vélez) a seguir las tesis de Bueno en libros apasionantes.

Asistimos a la génesis de la estricta Nación española, sin titubeos ni parálisis: “Es aquí, en esta tierra fronteriza constantemente rebasada por el empuje cristiano, donde se constituirá una organización del Estado cuya acción tendrá como resultado la nación española, que aglutinará frente al islam a una población muy variada procedente de todas partes de la Península. Gallegos, vascos, castellanos, aragoneses o catalanes, entre otros, se fundirán por la doble vía del reparto territorial y del enlace genealógico (del patrimonio y del matrimonio), y todos ellos adquirirán la condición de españoles. A partir del siglo XIII España se transformará en una nación clave de la historia cuya influencia alcanzará escala global”.

Destripa Insua –tritura, diría Bueno- el fantasma del nacionalismo fragmentario, “el viejo topo” que dijo Marx, al mismo tiempo que se enfrenta a la existencia medieval de España negada por mil y una obras divulgativas. Insua señala el mal con su dedito travieso: “Con las competencia educativas traspasadas a las comunidades autónomas, esta versión de la historia de España se ha convertido en la versión oficial”. Destroza el mito de la nación fragmentaria (vasca, catalana, gallega) y la sitúa en ese marco anterior a la formación de España, siempre algo fantástico o delirante. La monstruosidad histórica de la España parcelada en comunidades que, tras el paréntesis castellanista, pugnan por recuperar su identidad nacional. Sitúa el hecho diferencial lingüístico anterior a la Edad Media, donde no cabe tal hecho.

Las hogueras arden sin calma alguna: “El conjunto formado por las sociedades gentilicias prerromanas no se pueden identificar políticamente con España (ni con ninguna sociedad política, porque no existe como tal unidad). Mucho menos se podrán identificar algunos de estos pueblos con las que, una vez constituida España, serán partes suyas”; “Aquellos que creen que la nación española nace en Cádiz reducen unívocamente el concepto de nación a la nación política, ignorando el concepto de nación histórica o envolvente que lo antecede, como si en Cádiz hubieran encendido un interruptor constitucional y la nación española echase a andar de repente, aglutinando a pueblos de ambos hemisferios por obra y gracia del constitucionalismo doceañista (cual doctor Frankstein formando a su criatura con un chorro galvánico)”. Los apaños constitucionales al natural, siempre llenos de vendas.

Sigue la flecha a la diana de los Reyes Católicos y la Reconquista: “Otros, también de modo unívoco, fijan el origen de la nación española a partir de los Reyes Católicos, con el pistoletazo de salida en el matrimonio de Isabel y Fernando en Valladolid en 1469; estos reducen la nación, de nuevo unívocamente –es lo más habitual en la literatura historiográfica-, al concepto de nación envolvente (histórica), y muchas veces lo confunden con el de la nación política incurriendo en flagrante anacronismo, porque creen ver surgir en el siglo XV un concepto, el que identifica nación con soberanía, que es decimonónico. El embrollo es total”; “Otros contemplan la Reconquista como una especie de proceso de liberación nacional que tiene su líder carismático en Pelayo, asimilado a la figura del caudillo libertador decimonónico. Trasladan esquemas del siglo XIX al siglo VIII, viendo en la conquista islámica una suerte de invasión napoleónica pero resulta incoherente como mito fundacional de la nación española, porque esta tendría que preexistir a la conquista islámica”. Otros caso similar sería el de Toledo, que sería godo y no lo contado.

Aquí llegaría la gran tesis de Cuando España echó a andar: “España no surge como una nación étnica sino como un imperio (es decir, como entidad política, más bien metapolítica). Y solo en el seno de este imperio, como resultado del torbellino de relaciones sociales, económicas, culturales que pone en funcionamiento su acción secular, surge España como nación histórica o envolvente, involucrando a gallegos, vascos, asturianos, cántabros, castellanos y al resto de naciones integradas peninsulares. Es más, estas quedarán definidas a través de España, como partes suyas, pero ya disueltas como naciones étnicas, en el conjunto formado por los españoles, como las aguas de un río se mezclan en el cauce principal con las aguas procedentes de sus afluentes”. Insua remata a cuerpo gentil: “El Imperio hispano medieval (Alfonso III, Alfonso VI, los emperadores) es la nueva identidad política en la que se transforman las sociedades cristianas peninsulares –reinos, condados, etc- en lucha indefinida contra el islam. Esta nueva identidad se va consolidando en su avance hacia el sur y tiene en la ciudad de Oviedo –fundada por Alfonso II como la “nueva Toledo”, que a su vez se fundó como la “nueva Roma” su primer centro imperialista de expansión”. Insua aclara la identidad española medieval contra la Transición, donde se desdibujó el concepto por medio de las autonomías: “Cuando borramos el término “imperio”, España pierde su sentido unitario, pues la identidad imperial es la que da unidad. A pesar de su origen medieval, se consumará con el descubrimiento de América. “No es Castilla la que hace a España, según decía Ortega y Gasset, sino América”. Y de aquí, al salto oceánico, sin perder pértiga.