“No volveré a estar sola”, ha pronunciado – solemne – Ana Obregón en el momento de recoger la criatura que le pertenece por contrato, pero que ha gestado otra mujer. El terror atroz a la soledad es perfectamente comprensible: la soledad es la peor de las amenazas contra la persona humana. Las personas somos realidades radicalmente comunitarias, hasta el punto de que cada uno lleva en sí una infinita potencia de comunicación que le permite hablar consigo de sí mismo, en el inaudible claustro de una conciencia comunicativa. Pero la frase de Ana Obregón está precedida – lo pronuncie o no – del pronombre de nuestro tiempo: “Yo no volveré a estar sola” y es ese “Yo” el que, a su pesar, declara su condena a la soledad. Dostoievski llama a la modernidad la “era del aislamiento mutuo”, es el signo de un tiempo en el que cada uno gira en torno así, ajeno enteramente al prójimo.
Es fácil comprender el dolor inconsolable por una herida que nada puede restañar, aunque la actual barbarie psiquiátrica patologice el duelo. Entiendo perfectamente que el sufrimiento pueda cegarnos y conducirnos a la desesperación. Podemos desoír toda objeción y buscar el consuelo más inmediato. La cuestión es, sin embargo, otra. La acusación está infinitamente alejada de mi intención y desearía que de la decisión tomada se concluyera un bien común. Un bien universalmente compartido por todos los afectados, que somos todos. Esto es, sin embargo, lo que queda oscurecido por la anteposición absoluta del pronombre personal de primera y única persona. Aquí somos todos los afectados y, me temo, el efecto no nos reportará ningún bien.
Algunos claman por la “violencia contra la mujer” que produciría la llamada gestación subrogada, olvidando y despreciando – como en el caso de la prostitución – la decisión de la mujer que se alquila. Sin duda condicionada por unas u otras circunstancias, como cualquier acto humano. Por otra parte: ¿la libertad de abortar no es compatible con la libertad de parir para otros?
El que nada decide y está enteramente al albur de decisiones ajenas es el recién nacido o, para el caso, la recién nacida. Nada decide no ya en relación a su género o a su familia, sino a su propia existencia. Ahí está: producida para paliar la soledad de otro, que ha decidido no estar solo a cualquier precio, incluso cuando el precio haya de ser la misma soledad de ese recién nacido. Está ahí – en efecto – como una persona que ha de realizarse a través de la comunicación con terceros, cuando resulta que esos terceros o están desaparecidos o están desapareciendo. Todos lo estamos, porque nuestra condición es mortal, pero lo hacemos a ese determinado ritmo que la biología y la antropología conocen bien. Una es la edad de los abuelos, otra es la edad de los padres. Y para el caso ya son demasiadas las ausencias.
La cuestión que habría que plantearse es la de si esa realidad que somos, esa poderosa y frágil realidad comunicativa, es mero resultado de nuestra voluntad individual. Ya sea de una decisión movida por el desconsuelo o el resultado de un programa que define perfectamente el proceso de constitución del hombre nuevo.
En cualquier caso, una cosa es evidente: el grado del sufrimiento que asola las sociedades contemporáneas es enorme, pero es nueva – sobre todo – su naturaleza. El presente está bien caracterizado por la herida masiva de la depresión y por la dolorosa realidad del suicidio que se extiende – hoy dirían transversalmente – como un igualitario marasmo de destrucción. Y son ya muchas las voces que atienden el secreto a voces de que la depresión no está dentro de nuestras cabezas, sino en los problemas de una vida que está cayendo a velocidad creciente por el abismo de la soledad.
Soledad es el nombre de luto del egoísmo, hegemónico en nuestras vidas cuando nos reconocemos individualistas. Palpita bajo todas las ideologías ultramodernas que afirman la soberanía absoluta de un yo incontestable, que puede hacer con su cuerpo y, por lo visto, con el de otros lo que le dé la gana, con la única condición de que pueda pagárselo.
Creo, sin embargo, que empieza a declinar en el mundo el dominio de esa egolatría. A la orgullosa felicidad sin alegría del gran desfile ultramoderno le sigue hoy la oscura sombra de la soledad. Hay que aprender de nuevo a salir de sí y comprender que nos debemos unos a otros, y que no hay otra fuente de alegría que una auténtica generosidad. Por cierto, un término unido, etimológicamente al menos, al acto de dar a luz (genesis/gignesthai) y a la naturaleza de las mujeres (gyne).