Opinión

Aquel sofocante verano

TRIBUNA

Luis Bravo | Lunes 03 de abril de 2023

Envenena los sueños. Es una estación odiosa. Siempre conlleva los regresos a donde tiempo atrás uno intentó decirse nunca más volveré a pisar este lugar. También los que se celebran con una pereza que impide salir de esa tradición con la que no acabamos de estar satisfechos, pero tampoco nos convence la alternativa. Meses de agosto. Son la decadencia estival, una trampa de oportunidades. Lo que no ha ocurrido a lo largo de los anteriores, cuando la plenitud nos ha alcanzado, se intentará desarrollar de forma atropellada, haciendo más pobre lo que se prometía vistoso.

De esas leñas de árboles caídos se aprovecha la novela Lodo, de Julen Azcona, y de las vueltas a las escenas juveniles que ya creíamos evitadas. Ahí están los escenarios que no han perdido ápice en su capacidad de mortificarnos, desde la distancia o nuevamente encontrados, si bien la edad podría ejercer de escudo, podemos pensar con dudoso optimismo. Es la situación de su protagonista, Endika, recién acabada la carrera universitaria y entrando a trabajar en el periódico de su pequeña ciudad natal. Pero no son la muerte en extrañas circunstancias de la chica a quien sustituye en la redacción, el manuscrito encontrado, la sucesión de afrentas y personajes turbulentos, los que importan. Juegan sus papeles de elementos de suspense en una historia que acaba destacando más por el drama intrínseco que viven sus gentes, en la ficticia Ariza-Lenea; por lo sofocante que puede ser un verano en la provincia, cuando se vuelve negra y comprendemos que pueblo pequeño, infierno grande, como dice el refrán.

En la provincia está todo, el resumen de las alegrías y las sombras, según Álvaro Pombo. En ella todo el mundo se conoce, cuando en realidad lo que se conocen son las miserias reales o ficticias del prójimo, y los habitantes se comportan como si no las conocieran, pero son el motivo más glorioso y recurrente de conversación, según Miguel Sánchez-Ostiz. Lodo, a través de la voz de Endika, va enseñando esa red de intereses que tiene como venero la casa propia, Tabarnea, en medio de la localidad, y desde donde se ata y desata la voluntad de muchos. Allí se regresa, involuntariamente o no, porque es lo que nos queda. Porque uno se sabe atrapado en la dinámica enfermiza de la familia, de los amigos a los que se les demandaría perdón o lo entonaríamos por las faltas que cometimos, ya sin explicación posible. Todo ello aguantando como una madera al fuego que se resistiera a dejar vencer por algo tan evidente, aun siendo el final inevitable.

‘Noto las cuatro paredes cerrarse, las paredes de esta casa que están hinchadas por la podredumbre (¿ves las grietas?, ¿notas cómo supuran sangre?), y el agujero en el pecho que ya está abierto en canal. El aire está viciado por la corrupción, ¿es por eso que no puedo respirar? ¿O es porque me he pasado el verano luchando por una causa perdida contra esta casa, este jardín, las flores, los putos aspersores que no paran de encontrar la forma de volver a bombear? Ya no tiene sentido. Tampoco una pintada en la fachada de un periódico tiene sentido. A nadie le importa, ¿te has dado cuenta? […] La verdad no importa, el hedor a podrido es el mismo y este pueblo es un infierno igualmente, la sequía no es una sequía, la tormenta de arena no venía del sur y este verano no va a acabarse nunca’.

Sirviendo de muestra este párrafo de las páginas últimas, escribe Azcona del ardor que recorre la novela, hablando de la juventud que se hiere y sobrevive, de las amistades e incomodidades que nos encienden, de las brasas que hacen y esfuman nuestro desasosiego.