Opinión

Óscar Díaz salta la hoguera fría sin oxígeno

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Martes 04 de abril de 2023

El poeta gasta barba huida, enmarañada, rizosa, escoltada por un arete pirata en la oreja izquierda y dos ojos zarcos y emborrascados, de un negro militante al fondo, como dos disparos. Los rizos, antes, le emparentaban con el jazz, los braceros de las galeras con fantasma y las sirenas blondas de faz rosada, todas trabajando por quinientos pavos y por horas en algún tugurio con perfume a fritanga y montaditos. Este desalado hombre de aventura pasea por Vallecas un gato atado a una cuerda, que a veces saca del fondo del gabán inmenso, como quien hace lo propio con un matasuegras o navaja cachicuerna, metal nocturno. Oscar Díaz, el poeta, publica amarillo aullido: La exacta fantasía (Siltolá). Puro huracán.

Atrás quedan los días de En el principio era América, incluso borra huellas en sus solapas veraniegas de libros como Rosa hermética o El sentir: poemillas del ahora, que le dieron premios y brindis muy llenos hasta el borde. Oscar Díaz (Langreo, 1997), graduado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, realiza su tesis como investigador y docente predoctoral en el Departamento de Filosofía y Sociedad madrileño. El poeta viaja de sus épocas herméticas, irracionalistas, abstractas a una épica, espléndido mundo antiguo, de pensamiento triturado y bebido a sorbos. Dividido en tres partes, empieza el viaje de La exacta fantasía con un poema dedicado a un pato mandarín de siete colores, donde el amor es símbolo y, al igual que en Solón de Atenas y Safo, el desafío es aprender la canción para morir luego.

Comienza en la segunda parte un largo poema novela, Hacia Utanapishti, pura ontología amorosa a lo Feuerbach, donde somos sujeto y objeto, ser y no ser, cielo y suelo. Abarrotan el poema las referencias bíblicas, antiguas, épicas, como largo monólogo interior debidamente troceado, donde el sexo es tinta líquida y el deseo escribe a vomitonas y paréntesis, con mucho viento en las velas, ella anudada los cabellos como una mujer y al mismo tiempo cubierta de oro como un guerrero. El objeto encontrado, el cuerpo nuevo, la persona esbozada dentro del laberinto va tomando forma a través de una sucesión de tiempos cercana al desnudo: “Ptolomeo creía que una estrella fugaz/ significaba para los mortales/ la apertura del firmamento/ al deseo/Querrás a ese pedrusco como una esposa”. Orfeo disfruta lo suyo en la habitación cerrada de golpe, a portazos. Erik el Rojo derrite Groenlandia.

El poeta va tejiendo fábulas, mentiras del ayer, naufragios del Ocean Wave con destino a Falmouth, Inglaterra, palabras viejas y exaltadas de Shakespeare (“Aún somos jóvenes para la acción”) mientras sigue la novela simbolista de quienes se conocieron en una conferencia extranjera y metieron, de golpe y como un disparo, la voz en el cuerpo ajeno. “Las palabras/ son las demoliciones controladas/ de edificios antiguos”. Vuelve la niñez, vuelve el héroe a salir del agujero ciego como un topo, vuelven Safo y Alfonsina como estallidos de tormenta, vuelve Laocoonte advirtiendo a los troyanos de la locura del caballo de madera en la Eneida, y vuelven los cuerpos líquidos a su fiesta, que es la declaración de amor culta, un poco novísima, épica, lírica y asustada. La querella rimbaudiana (“¿Está ausente la vida o en otra parte?”) son las luces todas de la fiesta.

Siguen Otros poemas fantásticos concebidos como ecuaciones matemáticas, diálogos teatrales, poemas en prosa, besos con el pelo, amor-ficción, la amada bajando sobre el escenario teatral atada a una grúa y él, como Gilgamesh, dibujando al natural ese fantasma inmediato convertido en padre. “Así mi cuerpo sin que te des cuenta/ se abre a tu boca”. La tristeza misma de todas las buenas parejas. La muerte como cosa de otros. El abrazo al padre con un cuenco mendigo entre las manos y los dientes todavía de leche. La casa sin cobijo en el árbol de la vida. La manzana en el hueco del dolor donde solo cabe el río eterno confesional. Óscar Díaz es poeta de iluminaciones, ardientes imágenes, relámpagos domesticados, y ese mosaico todo de hierba con el que va cortando las flores y contando su vida entera imaginaria. Y esa lava recogida a lametadas en la falda del volcán con la que el construye sus casitas para muñecas solitarias. Mapas, teselas, aves ciegas, grabados Flammarion y mucho vidrio para ver el eclipse. Solo el calor tiene la culpa, ese calor frío, apuntalado por la filosofía dentro del iglú zafirino.

Los poetas de Vallecas con el gato al hombro y el lápiz cercano a la bragueta, abren un tajo nuevo en las aburridas líricas españolas. En un poema (“Ser alado”) el poeta siente sus alas crecer (“Junto a las paletillas”), debido a la luna sobre el lago, debido al fuego entre los cuerpos, debido a la suciedad de las demás y debido también a una muda inesperada: “Eres un mulo, yo no quiero un mulo”. Finalmente, descubrimos las protuberancias nuevas en otra óptica abisal: “al desplegar las alas se formaban/ dos hermosos biombos oscuros/ inscritos en letras doradas/ el horror, toma tiempo”. Huye Oscar Díaz, poeta pirata, gato raptado, del horror feo de su tiempo, sí, en un poema cerebral escrito en su mayor parte sobre la hierba recién mojada del rocío. Amanece en la vida de los amantes, y todo en La exacta fantasía conspira para que los dioses incendien a los amantes en su entrega. La carreta de plomo candente viaja inflamada de dos cuerpos que, al unirse, paralizan las estrellas y esa hoguera fría saltada por el poeta, sin escamas ni branquias, es otra obra de arte a la que el arrebatado mar lector abraza como si fuera la única joya bajo la espuma.