Opinión

Judit y Holofernes

José María Herrera | Sábado 18 de octubre de 2008
Don Mariano Rajoy ha dicho que los desfiles son un coñazo y que vaya plan. Lo ha dicho con la boca chica, pero alto y fuerte, y tiene toda la razón. La única pega es que él no puede decir eso. Ahora tendrá que explicar a sus votantes por qué toca la trompeta cuando le gustaría tocar la balalaica y persuadir al resto de que, pese a su imprudencia, es el actor consumado que todo político debe ser.

Mala suerte. El nudo se afloja y la máscara cae dejando ver más de la cuenta. Lo que ahora se ha visto es que don Mariano finge, que va a los desfiles como quien va a un funeral, que le gustaría tener un doble que se levantara de la silla cada vez que pasa la bandera, en definitiva, que es un hombre de la época en que vivimos. Peccata minuta e incluso algo estupendo si no fuera porque don Mariano insiste en la absoluta primacía de la verdad. ¡Ay, la política!

Yo no suelo celebrar los errores de nadie, pero confieso que me froté las manos con este. Tenía curiosidad por ver la reacción de la competencia. Y no me defraudó. Al aparecer en pantalla la señora Pajín, enroscada en el atril como una sierpe que tiene bien sujeta a la presa que va a devorar, supe que pasaría un buen rato.

Parecía nerviosa y le costó arrancar. Tras una breve y fingida vacilación, profirió varias palabras entrecortadas. Algo oprimía su pecho. Tuvo que tomar aire. Era preciso para no atragantarse con su propia hiel. Cuando recuperó el aliento, los ojos le brillaron con un matiz impúdico, un brillo opaco que hacía pensar en la obsidiana de los cuchillos rituales. Inesperadamente, sin embargo, adoptó un tono conciliador, un tono susurrante que hubiera resultado perfecto si la barbarie feminista no hubiera devastado el jardín de la feminidad mucho antes de que ella fuera mujer. En un gesto desconocido, aflojó la cuerda en vez de apretarla. Ella entiende a don Mariano. Don Mariano no es mal tipo. Su error ha sido dedicarse a la política. La política le fastidia. No le deja hacer su vida. Está cansado. Natural. Dirigir las fuerzas de la reacción no es como servir a los ideales para los que ella trabaja. La salud del ciudadano, la liberación gay, la emancipación de la mujer, la alianza de civilizaciones o la educación para la ciudadanía son empresas que no fatigan. Uno renuncia con gusto a su vida personal cuando hace suyos estos sueños. En cambio, don Mariano ...

Pajín no tiene que seducir a Holofernes porque Holofernes viene ya seducido de casa. A quien debe seducir es a la audiencia y lo está haciendo de maravilla. Hasta los espectadores de gran hermano comprenden a estas alturas que si ahora ella no corta la cabeza a Holofernes es porque ha resultado un pichafloja (tengo que usar este lenguaje porque Pajín conoce a Castiglione tan bien como don Mariano a Gracián) y no vale la pena manchar de sangre la hoja de la espada sólo por un viento favorable. Es suficiente con ponerlo en la picota y levantarle el faldón. Otro poquito de evidencia ayudará a don Mariano a encontrarse a sí mismo. ¿Por qué ensañarse con él?, ¿acaso no ha confesado que el deber le pesa?, ¿y qué significa eso sino que no es la persona idónea para velar día y noche por el bien común? Al fin y al cabo, ahora sabemos que su lado oscuro es también el más humano y que debajo de la careta no hay un estadista, sino un hombre en calzoncillos. Nadie puede exigirle más de lo que da. Si el cumplimiento del deber le resulta un mal plan es sólo porque preferiría hacer otras cosas. Don Mariano no tiene en realidad ideales, tiene intereses.

Pajín sonríe. No ha tenido que propinar el golpe final a Holofernes. Bastaba con sugerir que podía hacerlo. Las alforjas donde pensaba envolver la cabeza sangrante de la víctima se las ha dejado puestas encima mientras ella dirige al pueblo los típicos cantos de alabanza. Cuando él recobre la locuacidad, sus balbuceos sonarán a pantomima. Está contenta. Ha bordado su actuación. Es la primera vez que usa el talante como un arma de precisión y no como un arma arrojadiza y siente que ha dado un gran salto. Y lo ha dado. ¡Bravo!

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