En cada uno de nosotros, en ese interior profundo y a la vez oscuro, existe un tribunal popular, un juicio, una sentencia e incluso un linchamiento si ello fuera necesario. Impartir justicia en razón de la ética, la moral o la conciencia no es tarea fácil, sobre todo porque estos valores han caído en desgracia dando paso a la hipocresía, la mentira y la irreflexión. Con esta clase de desprecios hoy en día se juzga a la vez que se conviene en desahuciar a quienes actúan de por sí guiados por la legalidad y plena honradez de sus actos.
Llegados a este punto defendemos o castigamos de manera parcial la conducta moral sin tener en cuenta que hay tantas morales como culturas, religiones, creencias, costumbres o simples mecanismos humanos o artificiales a tenor de ideologías, sectarismos o meras conductas caprichosas. El bien y el mal de cada cual una vez más al servicio de una especie humana que para unas cosas se envuelve en puritanismo y en otras se convierte en implacable valedor de las progresías sin freno.
Aunque llego algo tarde, entro en materia respecto del caso Ana Obregón. El notable revuelo por su actuación mercantilista traída de una gestación subrogada, ha inundado el mercado popular en donde los escándalos se retroalimentan ora por la propia importancia de lo sucedido, ora por el interés de encubrir cuestiones de mayor calado que afectan por igual a clase alta, media y baja tan fácil de entretener con todo aquello que les ocurra a los demás. Entiendo que la dimensión tiene de extraordinario que la interesada sea un personaje público frente a otros u otras de condición más anónima que han cursado con parecida actuación. También que la susodicha tenga 68 años, cosa que me parece irresponsable para convertirse en madre, pero eso no deja de ser una opinión personal. Aun así no resulta fácil digerir eso de exponer al mundo un desafío personal como es la llegada de un niño a través de una mujer gestante, que a cambio de una contraprestación dineraria vende su condición biológica a una madre de acogida.
No estoy de acuerdo con este tipo de prácticas, sin embargo el rechazar lo sucedido se escapa de mi conexión con la racionalidad de cada implicado, no porque se trate de Ana Obregón o que haya actuado en contra de los criterios de ciertos ilustrados en la materia e incluso de la política progresista que trabaja a la carta y según el menú del día. No es mi intención, digo, al igual que tampoco lo han sido los casos en donde la gestación subrogada participa entre la diversidad de sexos que persiguen su ideal de familia, porque en todo esto se está obviando, a mi entender, la dosis de infinito amor que acompaña a quienes así obran guiados por su conciencia, sus sentimientos y su libertad. Sin embargo, no olvidemos que la parte más delicada de esta práctica no debe ser tomada como algo trivial teniendo en cuenta lo sagrado que es un niño y la inmunidad de todos sus derechos sin excepción alguna.
Si el tema es tratado desde un mercado Persa, la cosa toma la dimensión de caprichoso souvenir como algunas desaliñadas voces han calificado. Ahora bien, si el asunto es tratado desde la libertad individual, sin obviar, insisto, la figura capital del niño, ninguna moral ajena traída desde la polémica tiene derecho a usurpar el amor de nadie. Crueldad, odio o tal vez desahucio de cordura habita en esas mentes, porque entre adultos libres con propensión a dar amor hay que entender que los profundos sentimientos pertenecen en exclusiva a los actores y no a quienes se rasgan las vestiduras según el dictado de hipocresía que convenga. Es el propio Estado quien tira la piedra y luego esconde la mano al definirse progresista para acabar siendo nihilista según precio de mercado. Las escasas de cordura no han tardado en etiquetar el acto como , y son las mismas voces que legitiman el aborto. Así pues, ¿Qué es lo principal, dar vida o quitarla?
Hagamos una síntesis de lo que supone abortar. En las diferentes etapas del bebé en el vientre materno ocurre lo siguiente: “A los 18 días, late su corazón. A los 42 días tiene ondas cerebrales. A los 52 días, le da hipo y bosteza. A las 8 semanas funcionan todos sus órganos. A las 10 semanas, siente dolor. A las 12 semanas puede sonreír”.
Quizás sin amor no se puedan mover montañas, pero hay quienes dan vida a otra vida para conseguir que el mundo de hoy, en particular la especie humana, obtenga la dosis de felicidad que con ahínco persiguen aunque lo sea a través de una gestación subrogada. A lo mejor estas cosas suceden por culpa de nosotros mismos al fomentar un modelo de sociedad aturdida y más entregada al oropel que al deseo irrefrenable de crear proyectos de vida en lugar de destruirla. La especie humana está inmersa en el eufemismo de muchas cosas con una grave ausencia de estímulos que nuestro yo más profundo guarda para situaciones especiales. Quizás ese y no otro sea el argumento que nos aleja de nuestra propia labor terrenal impidiendo que veamos el bosque más allá de los árboles. Quizás, también, convendría hacérnoslo mirar en un ejercicio de simple humildad. A fin de cuentas crear vida es algo que nos define como seres humanos. Lo terrible es prohibir y destruir.