Opinión

Con la Iglesia, Sancho

Aurora Nacarino-Brabo | Sábado 18 de octubre de 2008
No pretendo ser depositaria de dogmas ni verdades absolutas. No persigo adoctrinar con mis palabras, procurarme adeptos. La mayoría de las veces, confieso, me reconforta más la provocación que la argumentación desapasionada. No ocultaré, pues, que me imbuye cierto sentimiento anticlerical, que alguno calificará de rancio, pero que yo prefiero considerar la consecuencia lógica, el resultado inevitable de un sano ejercicio de librepensamiento.

Y estos días, los descreídos estamos de suerte. Me divierte ver la indignación en los ojos de los bienintencionados. “¡Qué barbaridad!, ¡qué vergonzosa postura la de la Conferencia Episcopal respecto a la selección de embriones con fines terapéuticos!”. Yo, sin embargo, respiro aliviada. La Iglesia nunca me defrauda. Es más, me ayuda a reafirmarme en mi anticlericalismo cada vez que sermonea a través de los medios, que, por otro lado, es con bastante frecuencia. ¿Imaginan lo difícil que sería para alguien como yo levantarse un día y descubrir a Rouco en la televisión glorificando el amor libre? Tendría unos problemas de conciencia espantosos. Pero, como digo, la Iglesia nunca me falla. Así, para mi reconforte existencial, los obispos siempre están al pie del cañón, diciendo en cada momento lo que espero de ellos. Si de combatir el sida se trata, ahí están ellos para demonizar el preservativo. En materia política se han mostrado históricamente muy versátiles: lo mismo les da ensalzar a Franco que instruir y encubrir etarras. Todo sea por mantener el ánimo de los blasfemos.

Ahora, una vez más, la Iglesia ha dado la talla cuando se le ha requerido: mientras la sociedad celebra el progreso de la ciencia, que ha hecho posible el nacimiento de un niño sano que salvará la vida de su hermano, los de los alzacuellos han interpretado su papel a la perfección, saliendo en defensa de unos embriones inviables a los que ellos consideran personas con plena dignidad y derechos. A veces me pregunto qué le echarán al vino de la misa.

En definitiva, hoy, que todos recuerdan apesadumbrados la máxima cervantina: “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”, yo sonrío de medio lado y doy gracias a Rouco, que a dios nunca he sabido.

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