AL AIRE LIBRE

SANGRA EL HIJO DE DIOS VIVO

Luis María ANSON | Jueves 06 de abril de 2023
Si la Cruz tiene un madero vertical, el de la verdad de los principios dogmáticos...

Si la Cruz tiene un madero vertical, el de la verdad de los principios dogmáticos, también tiene otro madero horizontal, el de los brazos abiertos, símbolo de la liberalidad y de la generosa comprensión. En el olvido de este doble mensaje esperanzador radica, tal vez, la causa principal de esa crisis que hace crujir las vértebras del mundo actual desde el hemisferio oriental hasta el occidental. Juan XXIII, atento a la inquieta zozobra de los tiempos que vivimos, insistió en la necesidad de salvar la verdad del torrente de peligroso confusionismo que todo lo anega. Pero extendió a la vez sus generosos brazos papales invitando a todos los hombres y a todas las Iglesias a que se aferren al tronco de la Verdad permanente. Es cierto, quizá, que aquellos que consideran, como Cristo, la verdad más importante que la acción, y la justicia más fundamental que la fuerza, llevan todas las de perder. Por lo menos a corto plazo. Porque a la larga, sin verdad y sin justicia no hay estabilidad ni permanencia posibles. El problema, además, no es del tiempo actual, aunque hoy se haya agudizado. En todas las épocas los hombres han sacrificado al interés la verdad y la justicia. Pero, aunque se las niegue, la verdad y la justicia siguen existiendo. Y de pronto surge una conciencia honesta capaz de defenderlas contra todo, contra todos. Es el momento en que el espacio vence al tiempo. Es la derrota de Pilatos. Por eso, al cabo de dos mil años, la generosa verdad de la Cruz sigue derramándose por el mundo con deslumbramiento de luz cenital.

Las revelaciones de Ana Catalina Emmerick, la gran vidente del siglo pasado, sólo poseen autoridad humana. Aquella monja alemana tuvo la gracia de ver y vivir la pasión de Jesucristo, varios pasajes del antiguo y del nuevo Testamento y gran cantidad de hechos históricos.

No hace falta, sin embargo, acudir a las angustiadas visiones de una monja admirable para vivir otra vez el gran drama del Calvario. Como decía Kazantzakis, Cristo ha sido otra vez crucificado. Desgraciadamente, al gran escritor griego se le enredan en sus obras torpes afirmaciones heterodoxas. Pero su imagen de Cristo crucificado por el mundo moderno posee perfecta validez. Sangra de nuevo el Hijo de Dios vivo. Gota a gota se está consumando otra vez el gran sacrificio ante la impasibilidad de millones de cristianos. Vivimos la época de las increíbles abdicaciones. Toda una civilización se derrumba ante nuestros ojos con aceleraciones de vértigo. La Cruz ha sido sustituida en medio orbe por la relatividad.

En muchos sectores del mundo cristiano predomina hoy la idea de que es necesario aceptar la convivencia de los principios católicos y los populistas. Se considera la expansión laica como inevitable, como algo contra lo que resulta inútil luchar. Pero precisamente para enseñarnos cómo debe luchar la luz contra la oscuridad y el bien contra el mal, la palabra, el Verbo, se hizo carne y habitó entre nosotros. Cristo no vaciló en el momento de elegir. Y tomó la Cruz que habría de llevar, cargada con mil siglos de tristezas, hasta la cumbre del Calvario. No existen pactos posibles entre el bien y el mal. La concesión resignada es un error. Progresistas y “católicos de izquierdas” pueden esforzarse en trasvasar al odre cristiano el vino rojo de populistas y marxistas. Pero el odre secará el turbio líquido o éste reventará a aquél. Los Evangelios no son complemento ni continuación del Talmud, del Avesta o de El Capital.

Un gran filósofo moderno ha escrito que la Historia Universal es el tribunal del mundo. Duro será el juicio para la inmensa mayoría de los gobernantes de nuestra época. La responsabilidad, sin embargo, no recae sólo sobre los dirigentes. Cada cristiano tiene su propia responsabilidad personal. La culpa no es sólo de los de arriba. También los de abajo, con sus complicidades y sus concesiones interiores, contribuyen decisivamente al resquebrajamiento general. Son muchos los cristianos que no abominan hoy de Jezabel. Acuden a verla en el cine y las redes sociales o se van con ella al campo a pasar el fin de semana. Inútil resulta el intento de cubrir de insignificancia estas cuestiones. Porque si las sociedades occidentales estuvieran moralmente sanas, la enfermedad del relativismo podría vencerse con facilidad.

Viene ahora como anillo al dedo la gran consigna de San Pío X de restaurar todas las cosas en Cristo. El hombre debe entrar otra vez en las catedrales góticas para buscar a Dios en las alturas del bosque, entre las ramas y la espesura que lo ocultan. Y es necesario emprender esta búsqueda con urgencias de enamorado.