Con su ambigüedad calculada, China se ha convertido en actor principal en la guerra de Ucrania. Putin agasaja a Xi Jinping en el Kremlin y los dirigentes europeos, Macron, Von der Leyen y Sánchez, peregrinan a Pekín a pedirle, al menos, la neutralidad del gigante asiático. Con un punto de ingenuidad, la presidenta de la Comisión Europea ha subrayado que la posición de China sobre el conflicto es “crucial” y espera que el país asiático promueva la paz "desde el apoyo a la soberanía y la integridad territorial de Ucrania".
Es mucho pedir. Estratégicamente, en su carrera por superar a Estados Unidos como el imperio del mundo, en convertirse en el país más poderoso del planeta, a Pekín le interesa debilitar a los países occidentales y cuartear la UE. Pero, al tiempo, su “capitalismo comunista” se alimenta de esos mercados para ensanchar su poderío económico. Una evidente ayuda militar de Pekin a Moscú podría costarle cara por el rechazo, incluso el boicot, de Estados Unidos y Europa.
La ayuda occidental, sin duda, contribuye al fracaso de la estrategia militar rusa. El Ejército del Kremlin no avanza, pero tampoco pierde posiciones esenciales. Y, a día de hoy, nadie sabe cuándo acabará el conflicto. Solo un cambio radical podría inclinar la balanza. La OTAN con Estados Unidos a la cabeza, la UE y las democracias occidentales tienen que afrontar esta crisis. Porque, si China interviene en el conflicto militar, entonces sí, la invasión rusa podría suponer el principio de esa temida III Guerra Mundial. Tiene razón Von der Layen: el papel de Pekín es “crucial”.