Opinión

El maestro ha muerto

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 07 de abril de 2023

La condición humana de Jesús, el Maestro por antonomasia, magisterrimus apud magistros, tras entregar su alma al Padre, Nuestro Padre, ha muerto. Y el mundo se queda oscuro tres días, tres días de calendario romano, triduum, sin la luz educadora del Maestro. Un mundo sin maestros retorna a las tinieblas de la barbarie y la superstición truculenta. Y nadie esperaba la vuelta del Maestro tras su muerte humana. Pero quienes hemos tenido grandes maestros, aunque sean maestros sólo de condición humana, maestros con minúscula, sentimos con sentimiento profundo – sin fondo - que los maestros no mueren mientras vivan sus discípulos, e incluso mientras vivan los hijos de los discípulos a los que se transmitieron las enseñanzas de los maestros. Y también mientras vivan los discípulos de los maestros que fueron, a su vez, maestros de otros discípulos-maestros. En realidad, los maestros no mueren nunca, sus sepulcros están vacíos, si, de verdad, con autenticidad, dedicaron sus vidas a su labor docente. Los maestros no mueren, están vivos en las enseñanzas que con amor nos transmitieron. Y al más grande de los maestros, a Jesús, no hay cruz que le haya podido matar. El gran maestro es siempre un liberador reformista ( “os han enseñado…, pero yo os digo…” ), y sus criterios no nacen de la ortodoxia, sino de la ortopraxis.

En esta noche oscura, de Maestro muerto por ejecución religiosa – “Tantum religio potuit suadere malorum”, nos advertía Lucrecio -, recordamos a todos aquellos maestros que viven en nosotros con una fuerza poderosísima, con una vigencia más viva que la mayor parte de nuestros conocidos vivos. Los maestros auténticos no mueren nunca.

Así, por ejemplo, yo recuerdo con muy vívida imagen a Sor Sagrario, aquella monja del Amor de Dios, que me enseñó a leer, a escribir, la primera geografía, el catecismo, y hasta la tabla de multiplicar y a dividir. Siento aún su cariño protector. También recuerdo con hondo afecto al Padre Ibarreche, claretiano, de prodigiosa memoria, que renunció al obispado por seguir enseñando en el Corazón de María, de Zamora, y cuyo amor a la Historia me lo impregnó para siempre. Al sacerdote Don Manuel de las Heras, hombre bueno y complicado, quien me puso en contacto por vez primera con las lenguas clásicas, con las que me he ganado la vida, y que a pesar de sus errores puntuales será siempre para mí un hombre grande. El hombre se debe calificar por su trayectoria y no por la anécdota, decía Nietzsche. A Doña Carmen Codoñer, catedrática de latín en Salamanca, nacida para el estudio callado y humilde, que me puso en contacto con mi adorado Tácito, y con el epitomátor Granio Liciniano, de quien escribí mi primer ensayo. A Don Antonio López Eire, un gigante de la filología clásica, catedrático de griego de la Universidad de Salamanca, que nos impregnó a todos de la poesía cómica – y profunda – del divino Aristófanes, cuyos chistes, aunque se lean mil veces, te hacen siempre reír. Elegante y sibarita, fue todo un sabio de perfil griego de la “héxis” del Viejo Oligarca. Y cómo no rememorar al maestro en indoeuropeo Don Francisco Villar Liébana, en cuya portentosa erudición confluyen la Filología, la Historia, la Etnografía y la Genética de pueblos. Y siempre vivirá también en nuestro interior mi muy querido Agustín García-Calvo, con quien realicé mi tesis doctoral sobre la Democracia periclea, y que me enseñó a traducir los textos no sólo por lo que dicen, sino también cómo lo dicen, intentando traducir con su brillante técnica la pura belleza formal de la prosodia clásica. Y, finalmente, el gigante Antonio García-Trevijano, verdadero príncipe renacentista – tal como lo definió Julio Anguita -, que amplió mis conocimientos de la Democracia Griega y la República Romana con las aportaciones que a las mismas hicieron los padres fundadores de los EEUU, que quisieron repetir la hazaña de la República Romana: ahí está la ciudad de Cincinnati, fundada en honor del general y austero dictador romano Lucius Quinctus Cincinnatus.

Todos estos maestros están vivos en mí, lo mismo que en los demás discípulos que abrevaron su sed y curiosidad intelectual en su saber intelectual y humano. El saber, emparentado con sabor, sólo puede tener un sentido humanista. El maestro es la quintaesencia de lo humano. Lo humano nace con el maestro, que nos saca de la barbarie y el odio. Todos estos maestros pertenecen al mundo de los vivos, no al de los muertos. Al terminar el relato dramático de la Pasión, nos dice el evangelista San Marcos: “El centurión que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, sentenció: Realmente este hombre era Hijo de Dios”. Este oficial de la tropa romana, que había asistido a la ejecución de uno de tantos condenados a la Pena Capital, supo reconocer en aquel hombre crucificado al gran Maestro, que expiraba en el más humillante abandono, abandonado por sus propios discípulos. Su fin ignominioso habría debido marcar el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Pero no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre muerto, pero cuyo magisterio se eternizaría en sus discípulos. Esta noche revivimos el episodio trágico de un Hombre único en la historia de todos los tiempos, que ha cambiado el mundo no abatiendo a otros, sino dejando que lo mataran clavado en una cruz.

Jesús no es un personaje del pasado. El vive, y como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el Maestro, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida. Gracias a la enseñanza, madre de la humanidad, los discípulos quedamos asociados a una nueva dimensión de la vida en la que estamos ya de algún modo inmersos en el continuum de lo humano. “Viviréis, porque yo sigo viviendo”, dice Jesús en el Evangelio de San Juan (14, 19) a sus discípulos, es decir, a nosotros, que como tales debemos ser fieles en la construcción del Reino de Dios. No comprometernos con tal Reino significaría aceptar la situación actual y tomar parte, sutilmente, por los oligarcas y poderosos de este mundo, y ello sí significaría la muerte de la persona humana del Maestro.