Opinión

Zhdanov ha regresado

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Lunes 10 de abril de 2023

Se llamaba Andréi Aleksándrovich Zhdánov, había nacido en 1896 en Mariúpol, la ciudad a orillas del Mar Negro hoy destruida por la guerra, y era un tipo peligrosísimo. Había ido ascendiendo en el Partido Comunista de la Unión Soviética aprovechándose de las caídas en desgracia y los asesinatos de compañeros. No le fue mal: su hijo se casó con la hija de Stalin. Zhdánov y Stalin no sólo eran parientes, sino que también eran cómplices. Nuestro hombre era uno de los que aprobaban las listas de condenados a muerte durante la Gran Purga (1937-1938). Llevarse mal con Zhdánov significaba la prisión, la tortura o la muerte. Terminada la II Guerra Mundial, Stalin le encomendó la alta dirección de las tareas de agitación y propaganda y, en 1947, la dirección de la Kominform, es decir, la Oficina de Información de los Partidos Comunistas y Obreros, que serviría a Stalin para controlar las formaciones de los distintos países del bloque soviético (incluyendo, por supuesto el Partido Comunista de España).

En septiembre de 1947, los representantes de los partidos comunistas sometidos a Moscú se reunieron en la localidad polaca de Szklarska Poręba, cerca de la frontera con Checoslovaquia. Aquella reunión fue el acto fundacional de la Kominform y Zhdánov tenía algo que decir. Unos meses antes, en marzo de aquel año, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman (1884-1972), había expuesto ante el Congreso la doctrina política que lleva su nombre. Se inspiraba en los trabajos de un joven diplomático destinado en Moscú llamado George F. Kennan (1904-2005), cuyo estudio acerca de “las fuentes del comportamiento soviético” terminaría publicado bajo pseudónimo en julio de aquel año. Kennan sostenía que la URSS actuaba condicionada por un “sentimiento de inseguridad tradicional e instintivo”, que trataría de desestabilizar “las potencias capitalistas” y que era un régimen expansionista. Frente a esa visión de la URSS, Truman propuso la estrategia de la contención: “[…] casi todas las naciones deben elegir entre modos alternativos de vida […] Uno de dichos modos de vida se basa en la voluntad de la mayoría y se distingue por la existencia de instituciones libres, un gobierno representativo, elecciones limpias, garantías de libertad individual, libertad de expresión y religión, y el derecho a vivir libres de coacción política. El otro se basa en la voluntad de una minoría impuesta por la fuerza a la mayoría. Descansa en el terror y la opresión, en una prensa y radio controladas, en elecciones amañadas y en la supresión de las libertades individuales. Creo que la política de Estados Unidos debe ayudar a los pueblos que luchan contra las minorías armadas o contra las presiones exteriores que intentan sojuzgarlos. Creo que debemos ayudar a los pueblos libres a cumplir su propio destino de la forma que ellos mismos decidan […] Debemos proceder resuelta e inmediatamente”.

Aquellos días de septiembre de 1947, Zhdánov iba a darle una respuesta al presidente de los Estados Unidos. También la URSS creía que el mundo estaba dividido en dos campos: el de las potencias imperialistas y capitalistas y el de los pueblos que luchaban por su liberación o, en sus propias palabras, “el campo imperialista y antidemocrático, de un lado, y el campo antiimperialista y democrático, del otro”. Añadía Zhdánov: “El principal objetivo del campo imperialista es el fortalecimiento del imperialismo; la preparación de una nueva guerra imperialista; la lucha contra el socialismo y la democracia, y el apoyo a los regímenes y movimientos reaccionarios filofascistas del mundo. Para la realización de sus objetivos, el campo imperialista está dispuesto a apoyarse en las fuerzas reaccionarias y antidemocráticas del mundo y a respaldar a sus antiguos enemigos de guerra contra sus propios aliados. Las fuerzas antiimperialistas y antifascistas constituyen el otro campo. La URSS y los nuevos países democráticos son los pilares de este campo. También están incluidos los países que han roto con el imperialismo y han adoptado la vía del desarrollo democrático, como Rumania, Hungría y Finlandia. Indonesia y Vietnam están asociados al campo antiimperialista. India, Egipto y Siria simpatizan con él. El campo antiimperialista es respaldado por el movimiento obrero y democrático y por los Partidos Comunistas hermanos de todos los países, por los luchadores de los movimientos de liberación nacional de los países coloniales y dependientes, y por todas las fuerzas democráticas y progresistas en cada país”.

El mundo quedaba, así, dividido en dos bloques ideológicos que lucharían entre sí durante los primeros años de la Guerra Fría.

La doctrina Zhdánov no ha desaparecido por completo. De alguna forma, sigue respirando en la política exterior de la Federación de Rusia, a la que se está intentando sin éxito aislar internacionalmente. En efecto, el “Concepto de la política exterior de la Federación de Rusia”, aprobado por decreto presidencial el pasado 31 de marzo, propugna el “establecimiento de un orden mundial equitativo y sostenible”. La Federación trabajará por un “sistema de relaciones internacionales que garantice seguridad fiable, la preservación de su identidad cultural y civilizacional e igualdad de oportunidades para el desarrollo de los todos los Estados con independencia de su localización geográfica, el tamaño de su territorio, su demografía, sus recursos o capacidades militares o su estructura política, económica o social”. El “concepto” opta por la multipolaridad y “el rechazo de la hegemonía en los asuntos internacionales”. Incluye como uno de sus principios “la diversidad de culturas, civilizaciones y modelos de organización social, la no imposición a otros países de modelos de desarrollo, ideología y valores y la confianza en una guía espiritual y moral que es común a todas las religiones tradicionales del mundo y los sistemas éticos seculares”. El “concepto” se compromete con las potencias alternativas al poder estadounidense: “mejorar la capacidad y el papel internacional de los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái, la Comunidad de Estados Independientes, la Unión Económica Euroasiática, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, el RIC (Rusia, India, China) y otras asociaciones intergubernamentales y organizaciones internacionales, así como mecanismos con una importante participación rusa”. El trasfondo de esta visión del mundo no se circunscribe, sin embargo, a los aspectos políticos o económicos, sino que se remite a sistemas de valores enfrentados. La Federación de Rusia asume como principio “contrarrestar los intentos de imponer visiones ideológicas pseudo-humanistas o neoliberales, que llevan a la pérdida, por parte de la humanidad, de los valores espirituales, tradicional y morales y de la integridad”.

De nuevo hay dos campos definidos: por un lado, lo que se asocia al orden neoliberal y a la imposición de sus valores; por otro, la defensa de la multipolaridad, reflejo de esa oposición a un orden internacional que pretende imponer, a ojos del Kremlin, un modelo hegemónico estadounidense.

Tal vez por eso, los intentos de aislar a la Federación de Rusia -por ejemplo, mediante la imposición de sanciones- están fracasando más allá de la Unión Europea y los aliados de los Estados Unidos. En Centroamérica, Sudamérica y el Caribe, en África y en Asia, la mayoría de los países siguen sin aprobar sanciones contra la Federación de Rusia y perciben la guerra de Ucrania como un conflicto regional europeo. Recuerdo lo que comentaban unos jóvenes africanos pocas semanas después de que estallase la guerra: “En África hemos tenido guerras así durante años y a nadie le importó en Europa, ¿por qué debería importarnos a nosotros ésta?”. Esa visión del conflicto de Ucrania, que se percibe como una lucha entre Moscú y Washington por el poder en Europa Central y Oriental, hubiera satisfecho a Zhdánov. Mientras Francia va retirándose de África y el Chad expulsa al embajador de Alemania, la influencia rusa es cada vez más intensa en el continente.