Opinión

La grandeza del lenguaje

TRIBUNA

José María Méndez | Lunes 10 de abril de 2023

Las glorias del lenguaje han sido ensalzadas con frecuencia y desde muchos puntos de vista: histórico, sociológico, estético, humanístico, etc. Pero pocas veces desde el punto de vista lógico. Esto es lo que intentamos en este artículo.

Una vez formalizada la lógica, lo primero y más importante sobre el lenguaje es que hay palabras materiales y formales. Las materiales denotan algo. Las formales no denotan nada. Son los operadores lógicos. Conectan entre sí las palabras materiales. Y sólo entonces surge el verdadero lenguaje.

Hay 6 operadores lógicos, pero aquí nos basta el primero, el afirmador negador.

En lenguaje ordinario decimos de manera imprecisa y descuidada “el perro ladra”. El sujeto es “perro”. El predicado es “ladra”. Y el afirmador consiste en conjugar el verbo “ladrar” en su presente de indicativo. Pero el operador lógico como tal pasa inadvertido. Y además falta una clara distinción entre lo material y lo formal.

En estricta lógica la frase debería ser escrita de esta manera: “sí (perro, ladrar)”. Dentro del paréntesis están las dos palabras materiales: sujeto, “perro”; predicado, “ladrar”. Y antes del paréntesis está explicitado el afirmador “sí”, que atribuye el predicado al sujeto.

Pero incluso con el lenguaje ordinario, tan ajeno al rigor lógico, se trasmite el pensamiento de una mente a otra. El que oye una frase ordinaria consigue enterarse de lo que dice el que la enuncia. Y si no se entera a la primera, fácilmente se supera el inconveniente. En cambio, con frases bien escritas en lógica no caben siquiera los malentendidos.

El error básico de autores como Chomsky, y con él la generalidad de lingüistas y paleontólogos, consiste en no distinguir de entrada entre palabras materiales, que no bastan para que haya lenguaje, y el verdadero lenguaje, que exige la presencia de palabras formales, empezado por el afirmador-negador, indispensable como hemos visto para formar una simple oración gramatical.

Por ejemplo, el Diccionario de la Lengua Española dice sobre la palabra “sí” : “adverbio afirmativo que se emplea más comúnmente respondiendo a preguntas”. Según eso, no haría falta siempre el afirmador para hacer preguntas. Se ignora que en la pregunta en lenguaje ordinario “¿has hecho ya lo convenido?” está implícito el afirmador ”sí”. Se ignora también que la respuesta completa y bien escrita en lógica sería “sí (lo convenido, hacer ya)”. El “sí” tácito de la pregunta y el “sí” explícito de la respuesta son el mismo operador lógico. El diccionario de la RAE silencia incluso que “sí” es un operador lógico y lo describe como “adverbio de afirmación”.

Nuestros ilustres académicos inciden en el mismo error de “Chomsky y compañía”. Con esta expresión entiendo la ingente e inane montaña de libros que se han escrito sobre el lenguaje, bien desde perspectivas materialistas o evolucionistas, bien desde la simple ignorancia.

En una aplastante mayoría, los que pontifican sobre el lenguaje no caen en la cuenta de que los operadores lógicos son un absoluto. No evolucionan y no pueden siquiera evolucionar. La evolución se da sólo en las palabras materiales, que ciertamente cambian y mucho. Estos autores ignorantes de la lógica tratan el lenguaje como un totum revolutum y sujeto a evolución en su conjunto.

El episodio bíblico de la Torre de Babel describe la larga y lenta transición desde el lenguaje gestual y único de todos los humanos a los múltiples lenguajes fónicos que se usan desde entonces.

Adán y Eva eran dos monos que recibieron el regalo divino de los operadores lógicos. Quizá fueran varias parejas, para evitar la malsana consanguinidad en el sexo entre hermanos. Pero no serían muchas, pues cuanto más arcaicos son los restos humanos descubiertos, más se reduce el área geográfica en que se hallaban. En todo caso, las palabras materiales del “homo sapiens” consistirían sobre todo en gestos, como señalar algo con el dedo que todavía llamamos “índice”. No obstante, los operadores lógicos eran exactamente los mismos que ahora gobiernan nuestros lenguajes fónicos. Ni uno más no uno menos.

Lo más relevante en este relato de la Torre de Babel es que el hombre más primitivo no podría emitir con su garganta más sonidos distintos que los dos o tres que observamos en los monos actuales. Se estima en nada menos que dos millones de años el tiempo transcurrido desde que apareció el “homo sapiens” hasta la dispersión de Babel. En este tiempo se ensancharon los canales hipoglosales, hasta permitir el paso del sistema nervioso necesario para la fonación de los aproximadamente treinta sonidos distintos de nuestros idiomas actuales.

A pesar de todo, con su simple lenguaje gestual los hombres primitivos consiguieron entenderse entre sí. Y también había una rudimentaria escritura en forma de pictogramas.

Por ejemplo, nuestra palabra material castellana de dos fonemas “hombre” era representada por un pequeño círculo como cabeza, una línea vertical breve para el tronco, y cuatros trazos más breves aún para brazos y piernas.

Con gusto dibujaría yo este elemental pictograma, si no supiera que el proceso electrónico que usa el periódico no está programado para reproducirlo correctamente. Pero el amable lector puede reconstruirlo con facilidad. En todo caso, lo esencial es comprender que ese pictograma es una palabra material. Denota algo, pero no afirma ni niega nada. Aún no hay lenguaje, aunque los que ignoran la lógica puedan creer que ya lo hay.

Supongamos ahora que el hombre primitivo añadiese una corta línea, más gruesa que las anteriores, al final del trazo que está por la mano izquierda. Añadiría la palabra material “palo”. Entonces empieza el verdadero lenguaje, y además escrito. Por supuesto, usaría una escritura que no es la nuestra basada en fonemas. Pero se trataría de la genuina oración gramatical “sí (hombre, palo mano izquierda)”.

En cambio, no era posible para el hombre primitivo negar con un pictograma lo encerrado entre paréntesis: “no (hombre, palo mano izquierda)”. No era capaz de pintar el negador lógico, porque no lo percibía como una cosa visible o tangible.

Ahora bien, esa dificultad no impidió nunca el éxito del lenguaje gestual que empleaba el hombre primitivo para comunicarse con los demás. Por fuerza tendría un gesto para “sí” y otro gesto para “no”. Helen Keller cuenta que, antes de encontrarse con Anne Sullivan, movía la cabeza arriba-abajo para “sí”, e izquierda derecha para “no”. Nadie se lo enseñó. Se le ocurrió a ella. Bien pudo suceder que al “homo sapiens” le viniera la misma instintiva idea a la cabeza. En todo caso, logró de alguna manera encontrar algo adecuado para expresar el afirmador-negador en la conversación con los demás. Que además representase el negador en un pictograma, sería pedirle demasiado.

Es obligado enfatizar de nuevo que, si bien los gestos o fonemas que denotan los operadores lógicos han evolucionado, lo que no evoluciona en absoluto es la función que tienen en el lenguaje. Es otra manera de expresar el error básico de Chomsky y compañía.

Anne Sullivan creyó ingenuamente que Helen Keller empezó a poseer el lenguaje cuando ésta puso en relación determinadas impresiones táctiles en su mano con la realidad del agua. Ciertamente esos precisos toques en la mano de Helen empezaron a ser para ella una concreta palabra material, y además en conexión con los fonemas de la lengua inglesa. Pero Anne no reparó en que Helen se comunicaba ya antes con sus padres mediante un lenguaje gestual. Anne no enseñó a Helen los operadores lógicos. Esta los tenía ya en su cabeza y los usaba.

La capacidad de dar nombre a las cosas, va incluida en el regalo divino de los operadores lógicos. De nada servirían éstos sin ese poder anejo de crear palabras materiales, sean gestos, toques en la mano o fonemas. También el error básico de Chomsky y compañía podría exponerse como la confusión entre dar nombre a las cosas y la totalidad del lenguaje. De nuevo queda claro que el garrafal error de partida consiste en el desconocimiento de la prioritaria función que desempeñan los operadores en el pensamiento y su trasmisión a otros mediante el lenguaje.

Así pues, la grandeza del lenguaje, desde el punto de vista lógico, estriba en que Dios nos ha creado “a su imagen y semejanza”. Nos ha regalado una chispa de su misma divinidad en cuanto “Ipsa Veritas”. Quien reflexiona sobre la envergadura que supone el regalo de los operadores lógicos, y el poder anejo de dar nombre a las cosas, comprende que el lenguaje equivale a tener una experiencia directa de Dios. No en cuanto “Ipsum Esse” sino en cuanto “Ipsa Veritas”. A Dios nadie lo ha visto en cuando ser. Pero todos tenemos la oportunidad de verlo todos los días cuando hablamos con los demás, o comprendemos lo que nos dicen. “Vemos y tocamos” los operadores lógicos, por así decir. Tenemos que rendirnos como el duro Santo Tomás.

Si reflexionamos en este tema hasta el fondo, sobran todos los argumentos para probar la existencia de Dios. En varias ocasiones he defendido que la lógica formalizada moderna ha rehabilitado el viejo argumento de San Anselmo. Pero en rigor se puede ir más allá, como ahora hago en este artículo. No podemos dudar sobre la existencia de Dios más de lo que podemos dudar sobre la existencia del lenguaje.

El que se profesa ateo está obligado a decirlo, para que los demás nos enteremos de que es ateo. Y si lo dice, nos enteramos. Palpamos el absoluto de los operadores lógicos en acción. ¿Qué mayor gloria cabe atribuir al lenguaje?