Opinión

Ángel Borreguero, retratista postmoderno

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Martes 11 de abril de 2023

Cuando Picasso saltó del avión del arte de su época llevando como paracaídas la fórmula cubista de Les demoiselles d’Avignon, no tenía claro que al tirar de la anilla el mecanismo acabase funcionando. Actuaba en cierto modo como un kamikaze, teniendo no pocas dificultades para aterrizar en firme y sin rasguños. Tuvo que ser Apollinaire uno de los árboles sobre los que cayese, librándose de una muerte artística casi segura. El autor de Alcools veía al español —en palabras de Justin Beplate— como “un monstruo sagrado distante, dispuesto a sacrificar cualquier cosa en aras de su arte sagrado”, mientras que el pintor describía con sus trazos al poeta como un ser compuesto —como toda caricatura— de formas elementales, ojos pequeñitos y cabeza en forma de pera —como las famosas composiciones coetáneas de Satie—.

Es difícil atacar el modo de ver de la época en que se vive sin arriesgar de alguna manera la integridad. Obsesionado con descomponer la realidad hasta volverla casi irreconocible, la realidad pictórica de Picasso no era sino la representación de su tiempo: mutable, poliédrica y dinámica. Así, las formas picassianas de retratar las cosas se asemejaban a rompecabezas que debían ser armados por el espectador. Del mismo modo, la poesía de su colega Apollinaire era fragmentada, semejante a un puzle por ordenar. Una mirada creativa que ha ido a su vez metamorfoseándose, cada vez más libre y rompedora, con el paso de las décadas. En ocasiones retornará en su imagen original, recordándonos en una especie de “renacimiento” el origen de su desarrollo, pero siempre desde la perspectiva actual, cada vez más desesperanzada y apocalíptica, espejo de una sociedad desorientada y cainita.

Uno de los ejemplos más representativos de esta herencia hermosa y desafiante de la modernidad vanguardista es Putitos, libro de Ángel Borreguero publicado por El sastre de Apollinaire. Mágicamente, el nombre de la editorial parece darnos una primera pista, al igual que el Retrato cubista del pintor Raúl Romero Altares que figura de portada. Como un Picasso-Ave Fénix renacido en su retratística cubista, esta imagen sirve de antesala para un contenido literario sorprendente y, claro está —a su manera—, también cubista. Ni novela ni poemario, tal vez una hibridación de ambos necesitada de neologismo —“povela” o “noemario”—, la obra de Borreguero se encuentra compuesta de una suerte de rostros —uno por página— a través de los cuales vamos conociendo a las personas que han pasado por su vida y que le han marcado. Afinidades electivas donde la desbordante creatividad sinestésica en las descripciones nos evoca auténticos rostros plásticos únicos, a camino entre la ternura, lo escatológico, el humor y la tristeza. Éstos no sólo e indudablemente nos recordarán a los perfilados por Picasso, sino también a otras efigies como las ideadas por el propio Apollinaire, Alfred Jarry o Ramón Gómez de la Serna —en sus dobles facetas de dibujantes-escritores—, pasando por las máscaras postexpresionistas de Otto Dix y George Grosz, los rayajos marginales de Jean Dubuffet o los graffiteados por Jean-Michel Basquiat. También, por qué no, las faces troceadas y gaudianas de Julian Schnabel, las caras underground y clasicistas de la movida madrileña de Ceesepé y Guillermo Pérez Villalta e, incluso, las de apariencia de cómic de Miguel Brieva, Carlos Areces, Joaquín Reyes o Ricardo Cavolo. Todas parecen caber en el libro ideado por este joven extremeño nacido en 1996, que sin haber pisado la treintena parece haberse empapado del mundo a través de sus componentes estéticos y experienciales fundamentales.

Las referencias resultan claras y apabullantes, recorriendo la tradición y llegando a la actualidad, transitando ambos límites con la naturalidad que le otorga el conocimiento, base fundamental para la construcción de su propio mundo. Con absoluto desparpajo, los autores son citados en fragmentos inesperados: “La belleza futura será calva (D’ANNUNZIO)”, o “TENÍAN LA CABEZA TREMENDAMENTE HINCHADA, como calabazas de Halloween pintadas de verde (TRUMAN CAPOTE)” e, incluso “Me salen ideas como me podrían salir granos en la cara (GALDÓS)”. La prosa poética de Borreguero es firme y segura, como jugador del lenguaje. Así lo atestiguan los garantes de calidad que firman el prólogo —Luis Antonio de Villena y los epílogos —Mario Martín Gijón y Elvira Navarro—: “Ángel es de veras culto y ello es desdichadamente extraño en estos días sombríos. Pero también ama lo raro, lo diferente” dice Villena, y añade: “Al sobradamente letraherido Ángel Borreguero le gusta la vida de noche, y los mundos de la crápula y del vicio, en los que se puede ser partícipe o espectador, pero donde siempre se aprende”. En este “pórtico a tres voces”, Martín Gijón alude a los personajes que pueblan el libro como “estampas” de “ragazza di vita contemporáneos, que comen doritos y tienen cabeza de mermelada o rostro de gelatina, y van conformando un mundo paradójicamente exagerado y realista, pues Ángel, como un mago irónico, hace a la vez grotescos y simpáticos a todos estos putitos.” Por su parte, Navarro los describe como “microrretratos que actúan tal que microrrelatos: la acción que podemos suponerles está ausente, implícita; en lo no dicho reside una fuerza que, por condensación de sentido, remite a la poesía”.

Los “putitos” que pueblan este volumen, denominados así cariñosamente, parecen encontrarse envueltos por un aura de dulzura espiritual, pero también se ofrecen embadurnados de la realidad postmoderna, siempre crítica y caricaturizante con la tradición. Una visión en cierto modo descreída y parodiable, como puttis que han caído de su pedestal sagrado. Angelitos regordetes y pícaros a camino entre “luzbeles” y “ángeles caídos”, asaeteados por el deseo, nos miran divinos y terrenales, en ocasiones con actitud extasiada como San Sebastián: “REDONDO COMO UNA PELOTA, color pavo, la cara como una bola de pasta o un mal refresco de naranja: grasas del rostro, granos como floraciones extrañas, interioridades con densidad de crema de menta o licor de manzana azul”. En ocasiones, se mezclan referencias, citas cultas, anglicismos, lenguaje actual y directo sin florituras, humor y evocación: “EL OLOR AGAIN: verdiamarillo, las pintitas rosa claro; un bulto en la frente, donde el pelo huele a gominolas extrañas. Vive en un paisaje (amarillo) de José María de Areilza, el verdor, la casa guapita y perversa, el labio remolón, los castillos de Languedoc, los lagos de Europa, los limoneros en flor, el culo radiante en agosto”.

Todo parece confluir en la cartografía de Borreguero, demostrando que el mundo es un pañuelo y que todos los caminos llegan a Roma, si se sabe dónde empezar. Como en un laberinto mágico, todos podemos encontrarnos, cruzarnos en nuestros respectivos recorridos: los muertos, los vivos, las cosas y los recuerdos. Celebro haber encontrado a Ángel en el mío y que él me haya encontrado.