Opinión

Secesionismo mutante, complejos y represalias

TRIBUNA

Teresa Freixes | Jueves 13 de abril de 2023

Acabamos de conocer que la enfermera despedida del Hospital del Valle de Herbrón (Barcelona) por hacer público un cortísimo vídeo en el que criticaba la imposición de un alto nivel de lengua catalana para trabajar en la sanidad de esa comunidad autónoma, sufrió un interrogatorio de casi una hora, exclusivamente en catalán, antes de que le comunicaran la no renovación de su contrato temporal en el mencionado hospital.

El secesionismo, pero no sólo él, en su "mutación" actual, está haciendo de la lengua catalana casi su razón de existir. Digo "casi" porque su razón de existir no es la lengua, sino la instauración de su hegemonía en todos los sectores, no sólo políticos sino económicos, sociales y profesionales de Cataluña y, para ello, ha hecho de la lengua catalana su piedra filosofal. Todo está atravesado contingentemente por el uso del catalán, en la escuela, en el trabajo, incluso en la vida privada. Nuestras autoridades están pero que muy preocupadas en cómo hablamos en el comedor de nuestra casa, en el patio del colegio, en las redes sociales, con el portero de la esquina, el tendero, la cajera del super, el repartidor del butano o, incluso, si nos dirigimos a nuestra mascota en catalán o en español. Les resulta una mutación muy útil, pues mientras nos tienen vigilados, al estilo de la RDA de "La vida de los otros", ellos pueden ir pergeñando otras estrategias a imponer en nuestra existencia, entrenada ya con el tema del catalán, dirigida a crearnos complejos si no lo usamos suficientemente, para evitarnos las cada vez menos sutiles represalias que los vigilantes que tienen establecidos por doquier imponen en su acción cotidiana.

Nos escandalizamos cuando leemos lo acaecido con la enfermera despedida y tenemos suficientes razones para hacerlo, pues ello muestra lo enfermiza que puede llegar a ser esa administración acomplejada que se nutre no sólo de secesionistas, sino también de silentes compañeros de viaje, acomplejados ellos, incapaces de defender las libertades ciudadanas y la cooficialidad de las lenguas que está establecida en nuestra Constitución, el Estatuto de Autonomía y los tratados internacionales ratificados por España, como es la Carta Europea de las Lenguas regionales y minoritarias.

A mí, la verdad, que el secesionismo mutante se atragante con la imposición lingüística no me escandaliza. Está en su ADN, no como gen principal, pero sí como accesorio muy útil. Por una parte, ha conseguido que los sedicentes socialistas, acomplejados como el que más, se queden más mudos que la mujer de Lot tras girar la vista atrás y ver como el fuego caía sobre las ciudades pecadoras. Por otra parte, ese mal uso de la lengua, con las represalias laborales, económicas, políticas y sociales que conlleva, va creando un estilo de gobernar frente al cual la ciudadanía poco puede hacer, puesto que los políticos que deberían defenderla frente a tales oprobios, tan acomplejaditos ellos, se rinden con armas y bagajes en todos los foros que deberían servirles para todo lo contrario.

Así ha sucedido, por ejemplo, en el propio Parlamento Europeo. Acudí a la Comisión de Peticiones para intervenir en una sesión informativa sobre la problemática de la lengua en la enseñanza en las comunidades autónomas españolas bilingües y, ¿con qué me encontré? Pues con la ausencia de los parlamentarios socialistas, que no se dignaron ni tan siquiera a una presencia muda, salvo algún representante no español que tuvo curiosidad por ver qué decíamos los "expertos" consultados por la mencionada Comisión. ¿A qué temen nuestros socialistas? ¿Temen que la defensa de la Constitución, de los Estatutos de Autonomía, de las normas internacionales les hagan caer en desgracia ante el secesionismo? ¿Están rendidos ante esa mutación que ahora fija externamente su acción en la lengua sin importarles la situación de los escolares, de los profesores, de los padres. de la ciudadanía a la que se deben y que es ha votado y les paga las nóminas y demás con el esfuerzo de su trabajo y los impuestos que genera? Están demostrando un complejo de inferioridad que les va a originar, no en estos momentos, pero sí a medio plazo, graves inconvenientes.

Cada vez somos más los catalanes que, teniendo el catalán como lengua materna desde generaciones y habiéndolo defendido, con los riesgos entonces existentes, frente las imposiciones que la dictadura tenía establecidas frente a su uso en el sector público, nos avergüenza que quienes entonces estaban con nosotros (pocos, ciertamente, pero los había y eran significativos) ahora se rindan ante el mismo método, impuesto con agravantes por muchos a los que ya nos hubiera gustado tener a nuestro lado en esa época en la que recibían prebendas del régimen y, por tanto, callaban. ¿Se trata de continuar recibiendo prebendas, ahora desde otro régimen? Gráficamente estaríamos ante los mismos perros pero con distintos collares. O con los mismos collares, pero exhibidos por canes diferentes.

Sentencias que no se cumplen, leyes que son orilladas porque "la ley no puede constreñir a la democracia". mesas de negociación que sustituyen a las instituciones. Nunca la política había tenido tanto descrédito en Cataluña, ni en España. Porque si los sedicentes socialistas catalanes no saben cómo sacudirse los complejos, estamos asistiendo a un trasvase de sus problemas psicológicos al resto de socialistas. El Gobierno de España, acomplejado también por sus alianzas con populistas, secesionistas y herederos del terrorismo, permanece también en silencio, fomentando con su inacción voluntaria el desprecio a la democracia que supone el hecho de que, en Cataluña y con el permiso de Laclau, se vayan consolidando dos tipos de ciudadanos: los del régimen, cada vez más encumbrados, y los constitucionalistas, cada vez más amenazados y represaliados. Con la lengua como excusa, la penetración de ese iliberalismo tan a la moda, cercena oportunidades, anula voluntades y, al gramsciano y adulterado modo, invade los espacios que nos estaban garantizando la libertad desde que la acuñamos con la Constitución de 1978.

Los del secesionismo mutante van a intentar, nuevamente, socavar las raíces del sistema. Quizás, después de mayo, dejen de usar tanto la lengua como instrumento de agitprop y se centren en lo que nos acaba de anunciar el Presidente de la Generalitat, Sr. Aragonés: en la negociación de un referéndum, a lo québéquois, con una mal denominada ley de claridad que no resiste el más mínimo análisis ni desde el sistema jurídico español ni desde los criterios que tiene establecidos al respecto la Comisión de Venecia. Nos van a llenar los oídos de consignas que recordarán el "derecho a decidir" o la ley del referéndum de autodeterminación declarada anticonstitucional. Nos dirán que eso es democracia, como si democracia sólo pudiera identificarse con el voto. Cierto es que el voto es necesario en democracia, pero siempre conforme a la ley, no sustituyendo la ley por la voluntad del gobernante. Ellos, populistas todos, nos dirán "del pueblo".

Cercanos al totalitarismo o, al menos, usados estratégicamente a lo largo de la historia por esa praxis que conduce al dominio del "pueblo" sobre la ciudadanía, los populismos buscan la confrontación burda con el oponente, estigmatizándolo conceptualmente e infundiendo temor; no pretenden el debate plural, ni la constatación científica, ni la búsqueda de consensos sobre bases democráticas. Ni tan siquiera el debate en una comisión parlamentaria les motiva. Sólo la fuerza de la calle les "legitima"; sólo ellos poseen una explicación certera y total del curso de la historia y del sentido de la vida, construyendo una narración épica de victoria, de consecución y, también, de venganza. Construyen, de este modo, una visión del mundo ficticia pero lógicamente coherente, y de ella emanan sus directivas de acción cuya legitimidad se fundamenta en esa misma lógica interna. Recordemos, al respecto, al "tsunami democràtic", que vuelve a salir a flote y al que quizás, no sé si desde Suiza, se vuelva a recurrir, denominándolo de modo diferente, para no añadir problemas al "exilio" de ciertos dirigentes de antaño que quizás también hoy y mañana agiten no sólo nuestras calles.

Al mismo tiempo, populismos como el del secesionismo mutante y sus acomplejados aliados, denigran, de un modo u otro lo que puede significar la integración en Europa, abandonando toda crítica constructiva, absolutamente legítima, y sustituyéndola por el acoso y derribo de los valores en los que la UE se sustenta. También coinciden, estas dos vertientes del populismo, en destruir las capacidades políticas de los hombres y, sobre la base del desprecio fáctico de la ley preexistente, destruyen también los grupos e instituciones que entretejen las relaciones privadas de los hombres, enajenándolos del mundo y de su propio yo, llevando a que las personas se transformen en meros componentes, asimilados al grupo, dirigidos por excelsos e incuestionables líderes. Y, asimismo, comparten la querencia por la mentira y la tergiversación, sobre la base de infundios y medias verdades, como ha sido el caso del Brexit, cuya campaña para el referéndum estuvo jalonada de infundios, sin que se explicara a la ciudadanía qué consecuencias se derivarían del mismo. Pues bien, esto es lo que nos espera con la campaña que sufriremos a partir del verano. Intentarán confrontarnos entre dos pretendidos opuestos: legalidad y legitimidad, sin tener en cuenta que una legitimidad de origen precisa de una continuada legitimidad de ejercicio, fundamentada, precisamente, en la legalidad.

Efectivamente, en democracia, la legitimidad de origen tiene que tener su continuidad mediante la legitimidad de ejercicio, es decir, a través de la acción de gobierno y de las políticas implementadas por quienes fueron elegidos. Para ello, partiendo de los clásicos (Aristóteles o Rousseau) y llegando a los modernos (Max Weber o Bobbio) se han establecido doctrinalmente una serie de indicadores, tomando como fundamento la adecuación de la actuación gubernamental a un sistema objetivado de valores (Bobbio o Rawls), entre los cuales destacan la autonomía personal, la seguridad jurídica y la solidaridad, muy entroncados con la libertad y la justicia. La relación entre legalidad y legitimidad resulta, pues, en este contexto, especialmente relevante, pese a lo que se difunda desde el secesionismo mutante o desde sus acomplejados aliados.

No nos confundamos. Estamos inmersos en la batalla por la lengua, y hay que darla. Pero siendo conscientes de su uso político y de las limitaciones sectoriales que esta batalla impone. Los árboles, y el bosque, todo a la vez. Si no somos capaces de enfrentar el reto global que ello supone no sólo perderemos la batalla sino la guerra. Porque eso es, la guerra, lo que el secesionismo mutante y sus acomplejados aliados nos han declarado.