Opinión

Reyes

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 14 de abril de 2023

La asimilación del título de “rey” para Yahvé, que caracteriza al dios sumo del panteón del Antiguo Oriente, se lleva a cabo en Israel muy lentamente. Probablemente, esta lentitud se debe al culto, tan extendido entre los pueblos de Canaán ( La Fenicia o Tierra Roja ), en honor de Molok, que quiere decir “rey” ( Melek en hebreo ), y al que se ofrecían en el tofet sacrificios de los niños primogénitos. Los sacrificios al Molok Baal Hammón en Cartago, muy bien estudiados por Cintias, son los que mejor han representado este filicidio divino.

Indefectiblemente vinculada con él se encuentra la idea de un garante divino que preserva el cosmos de los poderes caóticos. Isaías, en la visión de su llamamiento, menciona a Mélek, el Rey ( 6, 5 ). La perspectiva de este pasaje no es cósmica, sino más bien histórica y, por tanto, escatológica. En este mismo sentido nos lo aclara Ezequiel, 20, 33: “Yo reinaré sobre vosotros con mano fuerte y tenso brazo, con furor desencadenado; os haré salir de entre los pueblos y os reuniré de los países donde fuisteis dispersados”. La titulación de Rey implica aquí claramente una significación de promesa: Yahvé, en cuanto rey, pone su poder al servicio de su intención de alianza, poniendo fin así al caos de la historia. El reinado de Yahvé es interpretado como salvación. Efectivamente el título de rey en los profetas encierra un contenido y se reviste de unos caracteres cada vez más expresamente escatológicos. Un tramo importante del camino hacia el “concepto” de salvación lo recorre la instauración de ritos colectivos de purificación. Entre ellos poseen un interés especial aquellos que señalan un “chivo expiatorio”, animal u hombre. Así como la impotencia general se concentra en un solo individuo, que sirve de pararrayos, así se acumulan también todos los valores de la comunidad en la persona del rey. Sucede también que la función del jefe supremo y la del chivo expiatorio ( “perípsêma” ) llegan a juntarse en el propio Rey. Instintivamente, la comunidad sensibiliza y actualiza con dicho rito el contenido y la idea de lo que la sabiduría romana acuñó con la expresión de “corruptio optimi pessima”. Existe un conocido fragmento en la monumental obra de James George Frazer, La Rama Dorada ( capítulo XXIV, 3 ), y Cóppola mete oportunamente un ejemplar de la misma al final de su “Apocalypsis Now” , en que el rey se automutila hasta la muerte por el bien su pueblo, en un tremebundo rito de perípsêma, perfectamente protocolizado. La salvación y el bienestar del pueblo requieren una sucesión de reyes automartirizados. Recordemos algunas partes de dicho fragmento: “En algunas partes de la India meridional, en la provincia de Quilacare hay un rey (rajá) que reina solamente doce años. Su manera de terminar de vivir y reinar es como sigue: el rey manda hacer una plataforma de madera recubierta de colgaduras de seda; en ese día se baña en un estanque, con grandes ceremonias y acompañado de música, después de lo cual, tras de orar ante un ídolo, sube a la plataforma y allí, ante todo el pueblo, coge unos cuchillos muy afilados y comienza cortándose la nariz y después las orejas, los labios y continúa con todos sus miembros y cuanta carne puede cortar, arrojándolo todo lo más rápidamente posible hasta que la mucha sangre que vierte comienza a desvanecerle y en esos momentos se secciona la garganta. Él hace este sacrificio al pueblo; el que se disponga a reinar otros doce años y bajo el compromiso de martirizarse por amor al pueblo, tiene que estar presente mirando esto, y desde ese lugar es elegido rey.” Desde entonces la sociedad ha evolucionado mucho sin duda. Ahora mueren en el campo de batalla millones de muchachos del pueblo por sus reyes u otros jefes del mismo jaez, sin necesidad de que el rey, occiso a plazo fijo, tenga que degollarse en un tablado ante su pueblo. La historia, qué duda cabe, es puro progreso. Pero si la monarquía – según Frazer – es pura magia homeopática, nos parece una contradicción que el mago no esté obligado a las acciones mágicas que exigiría su naturaleza política.

La aristocrática República Romana nace abominando el concepto de “rex”, que a partir de entonces, e incluso durante el Imperium, tenía el significado de “tirano”. César utiliza en De Bello Gallico con frecuencia el término “regnum”, como estructura de estado primitivo dominado por los “reguli”, y en el comienzo mismo de la obra se da un “quasi perípsêma” en la persona de Orgetorix ( rix=rex ), que se suicida antes de ser ejecutado, acabando por intentar realizar los helvecios su propio proyecto de conquista que César hace fracasar. La devotio de la República Romana, celebrada en momentos de extremo peligro para la “res publica” y llevada a cabo mediante un acto parecido al “sepuko”, también supone una institución cercana al perípsêma. Y es que los reyes son los chivos expiatorios de sus pueblos. Y ésta es su principal función. Y este es el sentido más profundo que tiene el título de rey en Jesús, el Rey por antonomasia, al que amamos sin que los reyes del mundo lo imiten, aunque maten en su nombre.