Traducción de Lucía Durin. Edhasa. Barcelona, 2023. 245 páginas. 17,58 €.
Por David Almazán Tomás
Akira Mizubayashi (1952) es japonés de nacimiento y francés de vocación. Escribe en francés y los escenarios franceses son tan importantes como los japoneses en esta novela Alma partida, que acaba de ser traducida en 2023. La fascinación de los japoneses por Francia es bien conocida, pero en el caso de Akira Mizubayashi nos encontramos ante una intensidad máxima, que nos permite hablar de devoción. Desde una perspectiva histórica, los gustos franceses comenzaron a extenderse por Japón entre las clases más altas de la sociedad del moderno estado japonés, que se inició en 1868 con el gobierno del emperador Meiji.
Para tratar de asimilarse desde el primer momento con las potencias occidentales, el nuevo emperador aparecía siempre en público con uniforme de estilo occidental y sus esposas vestían a la última moda parisina. Fueron los tiempos de los últimos samuráis, entonces sustituidos por ejércitos adiestrados y uniformados según el modelo europeo, sobre todo el prusiano. Con este moderno ejército llegaron también a Japón las bandas militares para los desfiles, que fue una vía de introducción de la música occidental a Japón. Estas bandas militares representan, de manera latente, la historia de Japón hasta la Segunda Guerra Mundial. Por una parte, se produjo de manera inmediata la asimilación de la cultura europea. En una sola generación los japoneses eran ya magníficos intérpretes del repertorio de nuestra música clásica.
Incluso comenzaron a fabricar pianos de renombre internacional, como los Yamaha, o a idear eficaces sistemas para aprender a tocar el violín, como el método Suzuki. Pero también este nuevo ejército imperial es el inicio de la militarización de la política japonesa que, con el emperador Meiji, y con sus sucesores, Taisho y Showa (aquí más conocido como Hirohito), supuso la expansión del imperio nipón en el continente asiático, que desembocó en sucesos tan lamentables como la violenta invasión de Corea y China, los cuales derivaron en el terrible lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.
La novela Alma partida combina el presente con el pasado militarista nipón de los años 30. Un ensayo de un cuarteto de cuerda de la obra Rosamunda de Schubert es interrumpido por un grupo de militares. Los músicos son un japonés izquierdista y tres chinos, que son tratados violentamente con el hijo del músico japonés escondido en un armario como único testigo. Durante el interrogatorio el más zafio de los militares rompe el violín del japonés, que era un violín francés hecho por el lutier Nicolas François Vuillaume. Allí se rompe una pieza del violín llamada alma. Allí se rompe también el alma del niño.
Durante el interrogatorio aparece un militar que no ha perdido su humanidad, que se conmueve de la situación comprometida de los sospechosos y que pide al músico que interprete alguna pieza para confirmar que estaban haciendo un ensayo musical y no una reunión clandestina. Toca Gavotte en rondeau de Bach. Es su última interpretación antes de ser conducido al cuartel general y morir torturado. La trama prosigue de una manera emotiva, bien narrada y llena de aciertos literarios. El niño escondido en un armario recupera el violín, es adoptado por un matrimonio francés, se instala en Francia, se convierte en lutier y consigue reparar el violín de su padre. Ama la música… menos las marchas militares.
De una forma casual, logra ponerse en contacto con la nieta del militar que había tratado de salvarlo, que se ha convertido en una afamada violinista. El momento culminante de la novela es cuando la violinista, con el instrumento restaurado, interpreta como vises de un gran concierto Rosamunda de Schubert y Gavotte en rondeau de Bach. Standing ovation. Una obra maestra de Akira Mizubayashi.