Opinión

Sergi Bellver o el arte de vivir con lo puesto

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Martes 18 de abril de 2023

Emerge Sergi Bellver de su holocausto precario como un tsunami, canto entero al oficio de la palabra, martirologio de la letra por la vida, ludibrio de la verba libre y juguetona, manantial entero gramático, el arte por el arte sin más dogal: Blanco móvil (Aguilar). Tras un sinfín de trabajos precarios (camarero, teleoperador, crítico literario, reseñista, profesor en talleres literarios) decide que el máximo se va siempre en la vivienda y, por tanto, va a vivir sin techo, puro nómada, entregado por entero a su única pasión: escribir. Así amigos, conocidos, desconocidos, saludados y anónimos le cederán diversos espacios donde juntar palabras.

Blanco móvil es un incendio y derrocha fuerza y pocas lágrimas. Llega a la escritura con todas las heridas lamidas, con todas las lágrimas fuera, con todo el alcohol orinado, con la vida limpia de los fuertes y los decididos: escribir, solo escribir. La voz nómada y a saltos son unos prismáticos, otra óptica al lector, donde un sueño levanta un mundo y todo es tan simple como sencillo: “Dejé de tener domicilio fijo por un desahucio y, tras otros dos años de odisea existencial, comencé de veras con mi peculiar forma de vida”. El personal cede camas, techos, pide que cuide de mascotas o pode árboles, presta vehículos, el teclado no se para y los dedos veloces juntan palabras que jamás estuvieron juntas. Todo conspira para la escritura.

La vocación es una rotunda, explosiva e incendiaria forma de vida: el texto no va a acabar sepultado por la vida sino al revés, enaltecido y renacido por ella. No hay bohemia, tampoco bares, en ocasiones solo gasta 250 pavos al mes en supermercados, en otras pasa Nochebuenas con solo una manzana y agua, no hay drogas ni pleonasmos ni reputación de ombligo (esa orla toda de falsa solapa o cacharrería dialéctica de amigos y conocidos). Hay solo la distancia mínima entre un hombre todavía joven y su sueño. La distancia mínima entre lo que un tipo sueña –lo que quiere hacer realmente con su vida- y lo que los demás esperan de él. Empezó a escribir hace 15 años, lleva una década como nómada y solo le mueve la insatisfacción permanente como mejora del texto.

Habita cabañas en el bosque, chabolas a la vera de mi dorada Valencia de Don Juan, caserones en la cuenca minera asturiana, colmenas vacías en urbanizaciones fantasmales del sur, incluso alguna buharda o dúplex por el Lavapiés o Retiro madrileño. Blanco móvil es una alcándara para el canto, una isla desierta, una poética entera de Quentin Tarantino (“Hay que exponerse al escribir hasta sentir cierto pudor”), escribir por fin sin mochila de prejuicios ni reparos, como total aventura, fuera del mundo y dentro de la vida, ni nómada digital ni migrante forzado, viajero literario y malabarista de la prosa en el borde preciso del precipicio. Sergi Bellver cruza países (México, Alemania, Francia), malvende bibliotecas y posesiones, se propone vivir con lo puesto bajo una sonrisa y, sepa o no dónde va a dormir dentro de cuatro horas, o si va a poder hacer la compra o pagar el teléfono: escribe, escribe, escribe. Pocas mujeres están dispuestas a vida nómada, pero malos momentos y días oscuros no evitan el camino. Tocar fondo es volver a subir.

Sergi Bellver (Variaciones sobre Budapest, Gavia, Agua dura, Del silencio, Blanco móvil) separa lo urgente de lo importante, apaga el runrún mediático de las novedades editoriales fules, se impregna de clásicos, renuncia a dar vueltas en la rueda como un hámster (curro precario, vida precaria, casa precaria) para ser vuelo y pájaro libre. Una apuesta radical por la vocación literaria y la vida nómada. Voy a escribir, solo escribir, y vivir donde cuadre y pinte, punto final. El autor solo pasa factura de sus propias lentitudes, inseguridades, insatisfacciones, con respecto al folio sudado. Vivir fuera del “mundillo literario” (sin buscar su medro en él) es otra primavera: “De modo que, para no traicionarme a mí mismo, preferí pagar el precio que conlleva la vida nómada –la del acróbata sin red- y, de casa en casa prestada, dedicar todo el tiempo que hiciera falta a escribir algunos libros por los que mereciese la pena haber elegido el camino más largo”. Olé tus huevos morenos y barba pirata, campeón, olé y olé.

Cita a Bradbury en Zen en el arte de escribir y todo el libro explota como una bomba humeante: “Si uno escribe sin garra, sin entusiasmo, sin divertirse, únicamente es escritor a medias. Significa que tiene un ojo tan ocupado en el mercado comercial, o una oreja tan puesta en los círculos de vanguardia, que no está siendo uno mismo. Ni siquiera se conoce”. Solo un tajo sobre la piel dura: el de conciliar el oficio con la vocación, el deseo con el trabajo y la ambición literaria con las necesidades básicas más perentorias. No se arruga Bellver (“Soy implacable con lo que no me satisface de mis otros libros”) y la foto en el DNI no puede ser más clara: “Si Van Gogh no dejó de pintar por ser un completo desconocido en vida para los demás, no creo que nadie, ni un escritor, ni un artista, ni cualquier otra persona que crea en lo que hace deba poner en la atención del prójimo la medida de su ambición y su deseo”. Bellver, ajeno al rodillo de la industria, cita al Arthur Cravan de 27 años, poeta dadaísta: “En la calle pronto no se verán más que artistas y tendremos todas las dificultades del mundo para encontrar un hombre”. Blanco móvil: la obra de un héroe. El escritor es un arquero: el arco es su oficio y la flecha su voluntad. No hay más vida que la literaria. Acción y a la mierda la habitación propia.