En la calle Langostino de Punta Umbría vive la poeta de los gatos, la luz entera del sur en el folio negro, la lejanía de lo pequeño y la cercanía de lo lejano, lo invisible a los ojos y la letra pequeña de los dedos veloces. El poemario Placebo (Renacimiento) se cuela entre la lista de los libros más vendidos (El Cultural al frente de la misma, luego siguen todos los demás) y un río silente y sedoso parte el tiempo en todos los hemisferios al pasar una página y otra. Placebo es novedad de temporada, lo nuevo y lo bueno, siempre insólito.
La poeta arrastra sus cadenas en la noche callada, siguiendo a Álvaro Carrillo, colecciona gatos que se mueven mucho como caprichos y dolores más o menos tranquilos: “Es tu gato el que te lame/ el capricho infinito/ de no ser más que tú”. Bárbara Grande Gil (Huelva, 1992) colecciona graduados en Filología Hispánica y en Estudios Ingleses, solo la conocemos por un mordisco anterior (Vértigo, 2016) y define sus nuevas letras en completo incendio o bostezo sin ruido y con la boca cerrada: “Placebo es una exploración de la propia identidad y una afirmación de libertad desde el margen: el relato de una vida articulado entre la lucidez de lo cotidiano y el hermetismo de los sueños”. El mar, en la calle Langostino, ruge.
La poeta –poetisa queda en demasiado umbraliano, y luego me pegan- acorrala el aire con sabor a pájaro, el barco del tiempo interno, los náufragos de todos los horizontes a su edad y en este espacio paupérrimo, columnas de humo, flores amarillas, biberones amargos y fiestas a las que ni ella misma fue invitada. El locurón de la calle Langostino, digo, es oxígeno y piedra, José Luis Piquero y Bárbara Grande a orillas del mismo fuego líquido y bajo, todos los teclados en el sótano sin luz y gobernado por las estrellas. Una poeta de labios azules, peligrosa como la droga, que hila a base de conceptos inmediatos (edredón, café, abrazos, ojos) y todo queda en pijama eterno y otra piel, y todo queda en balas de agua y pasotes.
Dividido en cuatro partes (La grieta, Dreamers, Concierto privado, Decido y mando) el viaje transcurre del presente a la familia, del yo al cuerpo, del sueño a la brida, del placer al bosque. No tiene piedad de sí misma y maneja otra risa, cara, por las boutiques de las mejores inteligencias (por ejemplo, que luego me pegan si no explico, en el poema llamado Valium, empieza la discoteca así: Me dieron el secreto de la vida demasiado pronto). Todos los secretos del mundo –lo sabemos- son una farmacia. Bárbara Grande Gil busca a sus amores/amantes por Google y en su bar de flamenco, Dylan y Nick Cave, saludan borrachos.
“Se metía los dedos en su boca/ como un bebé hambriento”. Lo sabemos: el amor es canibalismo. Lo sabemos: Bárbara Grande Gil emerge, como iceberg, de una noche de humo y pastillas, neones azules, estrellas de plástico fluorescente pegadas al techo, el perfume de los aeropuertos, las almohadas congeladas, la carne cruda y el recuerdo de las naranjas. “Tú me viste nacer de nuevo/ lombriz de tierra”. Placebo es un llamamiento al juego y a la locura de las palabras, la poeta de la calle Langostino q uema la casa para apagarla con un libro como quien se abanica en los toros, niña de barro, tango de Gardel, ojos que brillan en la orilla. “¡Mozo, sírvame la copa rota!” (Andrés Calamaro). Clap, clap, clap, clap, clap.
Bárbara Grande Gil llora para respirar el movimiento de las moscas, lo sabe todo de la ambigüedad y sus trucos, los cuartos prohibidos, el amor y el engaño, los insectos sonámbulos y el clásico y eterno harakiri adolescente que sigue luego. Florece en el jardín el cadáver enterrado el año pasado, siguiendo a Eliot, la dentadura de whisky de José Luis Piquero, clásico vivo de nuestras letras, las patitas de la cigüeña serradas por el cuchillo adolescente: “¿A quién mataste,/ bebé silencioso?/ Descansa tu vida/ como un huesito de aceituna”. Placebo es una piscina de noche para un monstruo perfecto, los pasos en la hierba y los destellos del agua: “Busca el placebo,/ latente en nuestros ojos,/ muerto de remordimientos”. Un mordisco frágil. Ñam. Ñam.
Sube el tono al ponerse trágica y elegíaca (“Tengo las manos rojas de quererte”) y triunfa el poliamor en el caminito que viene del bosque: “Ella es la araña, yo la hormiga./ Tú siempre la roca”. La pintura al fresco nos traga como el mejor desagüe: “Yo soy alguien que duerme abajo frente al póster de Bowie./ Somos uno yo y el póster,/ el póster y yo/ y nadie más”. Bárbara Grande Gil es la jaula sin el jilguero dentro que no deja de cantar. Sabe hacer lujo de las ruinas como Borges (“Y tú flotando muerto entre tus ruinas”, Piedad Bonett) que no consiste en describirlas sino en eso mismo, fabricarlas. Tiempo herido, silencio triste, pero también todo el lujo mismo de hacer aventura de tanta cochambre. Resisten los cuerpos entre las lobas, sí, a base de trenzas en el pelo y cosquillas por la espalda. Un gato líquido baja la escalera.
Placebo, entre Julien Baker y Mitski, suena a otra paz de bisturí, plena canción de fuego, donde una voz rota no está dispuesta al saldo: “El jabalí es mi cama./ La costilla es mi cama./ Me mezo y me columpio en el colchón:/ se abre la veda”. Calle Langostino: “Todo huele a muerto:/ mi precioso pelo largo/ está lleno de nudos”. Libro salvaje y de éxito. “Tiene sentido el miedo si lo encuentras”.