Opinión

"Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos"

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Sábado 22 de abril de 2023

Voy a expresar aquí una serie de dudas o, quizás mejor, de perplejidades. Lo haré con toda la ingenuidad de la que soy capaz, que, a estas alturas, no es mucha. Lo haré, sin embargo, sin retórica y con la menor dosis posible de ironía.

Acabo de leer que el invasor ruso de Ucrania ha desplegado una interminable barrera defensiva. Me pregunto qué tipo de atacante avanza extendiendo defensas y recuerdo un viejo pasaje de Ernest Mandel: “los casos de agresión imperialista más violentos y criminales son expresiones de relativa debilidad, más que de fuerza”. Los poderosos avanzan de otro modo: inversiones de capital, acuerdos preferenciales de comercio, regulaciones monetarias y hegemonía política.

Me recuerda tantas situaciones en las que la agresión directa es síntoma de impotencia, mientras pasa desapercibida la ofensa cotidiana y silenciosa. El atacante hace ostentación de fuerza, pero a través en sus notorios gestos se delata su debilidad. Acaso la vemos y de ahí la franca oposición que le manifestamos. Reconocerán que es una duda pertinente.

Puedo expresar alguna duda más. Recuerdo el viejo debate entre Victoria Kent y Clara Campoamor sobre el sufragio femenino. Kent argumentaba – y los inmediatos resultados electorales parecieron darle la razón – que el voto femenino conduciría a la victoria de las derechas porque las mujeres no habían pasado por la escuela y estarían cautivas de sus maridos y confesores. He dedicado mi vida a la educación, digamos a la escuela, y hoy me asalta la duda – ante las próximas elecciones – de si habré orientado bien o mal el voto de mis alumnos y, especialmente, de mis alumnas. Ante las nuevas leyes educativas (duran tan poco que todas podrían considerarse nuevas, en el mismo momento en que caducan) mi duda se aclara, porque cada vez es más visible hacia donde se orienta el voto. Si alguien lo ignora, yo se lo digo: hacia el centroizquierdaderecha. Ya saben, hacia el horizonte veinte-treinta por cualquier medio: fascidemobolchevismo. El final al que se nos conduce ha sido expresado, aunque no queramos oírlo: no tendrás nada, pero serás feliz.

Yo, que me declaro distributivista en el viejo sentido chestertoniano, me oriento por una máxima de signo contrario: tendrás algo, aunque no seas feliz. Aprendí, al fin y al cabo, que “los hombres no buscan la felicidad – como dice Nietzsche – sólo los ingleses hacen eso”. Me planteo la duda, sin embargo, de si seré o no seré yo inglés, pero a la luz de esas expresiones queda claro que la dichosa agenda está escrita – como todo hoy – en inglés.

Como ven soy un náufrago en un mar de dudas. La que de momento añado me tiene perplejo. Si la consigna del mundo libre garantiza nuestra felicidad a costa de nuestra propiedad: ¿no serán los agresores a la defensiva un baluarte de la propiedad a pesar de la felicidad? Los rusos parecieron siempre destinados al sacrificio – dice Dostoievski – más que a la felicidad.

Por otra parte, vista la obsesión por la felicidad, en las sociedades de este occidente de mis tribulaciones, dudo de que el programa al que apunta la consigna esté realizándose. ¿Es posible que, para concluir, no tengamos nada y, además, no seamos felices? Tengo otras dudas inexpresables porque tienen que ver con la pandemia, la medicina y el gran ídolo de La Ciencia: con singular absoluto y mayúscula hipostática. A este respecto, envuelvo mi duda en un espeso manto de silencio.

En cualquier caso, ms dudas más graves, las que lastran mis días y me abruman, son las que todos juzgarán minúsculas o llamarán personales. Tienen que ver con el sentido de mis actos, que mis hijos tienen a la vista, y con el espacio cada vez más reducido en que puede ampararse nuestra esperanza. Esas dudas son destructivas porque afectan al lugar de donde nace toda firmeza. Justamente ahí arraiga, pese a todo, la fe mínima, pero suficiente, capaz de desbordar todas mis dudas.