Vivimos en un mundo en que el dinero y los medios de comunicación tienen tanto poder, que son capaces de alcanzar el sueño de Goebbles: convertir la mentira en realidad y la realidad en falsedad.
Un ejemplo bien a mano lo tenemos con la Segunda República 1931-39. Fue el periodo más calamitoso de toda la historia de España. Alfonso Ussía ha publicado en El Debate, y día por día, el relato de los asesinatos políticos y los constantes atropellos y disturbios en la calle. Ni un solo día faltó algún desastre público. Basta repasar la hemerotecas para ver que efectivamente fue así. “En los 73 meses y 4 días que duró la Segunda República hubo nada menos que 18 gobiernos, 21 estados deexcepción, 23 estados de alarma y 18 estados de guerra” (Fernando Suárez, Cuadernos de Encuentro , nº 151, pag.7).
Y sin embargo a los niños se les engaña ahora enseñándoles que se trató de un verdadero paraíso terrenal. Y cuando llegan a mayores no ven otra cosa en las televisiones y en la prensa que ditirámbicas alabanzas de aquella idílica época feliz. Se ha conseguido “lavarles el cerebro”. El sueño de Goebbels se ha cumplido. La gruesa mentira de que aquello fue la más gloriosa época de nuestra historia se ha trasformado en una verdad indiscutible para los ignorantes de la historia, que son la inmensa mayoría de quienes salen hoy día de nuestros centros de enseñanza.
Es sólo un ejemplo entre muchos donde elegir. Lo que queremos enfatizar es que hoy día, sólo los que tienen mucha independencia de criterio, y estudian por su cuenta la historia, pueden escapar a la implacable apisonadora del pensamiento único y obligatorio al dictado de los poderosos de turno.
Por eso es mentalmente muy saludable hacerse la pregunta ¿cuánto dinero hace falta, cuántas horas de televisión son necesarias, para conseguir que dos y dos dejen de ser cuatro? Inmediatamente se nos escapa un suspiro de alivio. Jamás lo conseguirán, por mucho dinero y por mucho poder que tengan.
De hecho, la frase “esto es así como dos y dos son cuatro” aparece en todos los idiomas del mundo como si fuera el paradigma de la verdad para el hombre sencillo. Una verdad que éste estima como absoluta y se nos impone desde lo alto como elcielo estrellado. Está demasiado por encima de las fuerzas humanas. Nada podemos hacer contra esa verdad incuestionable. No podemos modificarla.
Sin embargo, “dos y dos son cuatro” no es una verdad absoluta. Es ciertamente una verdad indestructible. Los hombres desde luego nunca podremos anularla, ni siquiera alterarla en lo más mínimo. Pero una verdad absoluta es algo más serio y potente que “dos y dos son cuatro”. Esta frase es sólo una verdad relativa o condicionada. Para que “dos y dos son cuatro” sea verdadera, hace falta que exista un mundo con al menos cuatro cosas.
Imaginemos un mundo que consistiera en tres ángeles y nada más. A uno de ellos se le ocurre decir en voz alta “dos y dos son cuatro”. Inmediatamente los otros dos ángeles objetarían. “¿Qué bobada es ésa que se te ha ocurrido. ¿Qué significa esa palabra que te has inventado, “cuatro? ¿Cuál es el correlato real de cuatro?”.
En efecto, en ese mundo de sólo tres ángeles la frase no sería ni verdadera ni falsa. “dos y dos son cuatro no era verdadera antes del Big Bang. Es verdadera después, porque en nuestro mundo existen al menos cuatro cosas.
En ese mundo de sólo tres ángeles no sería siquiera una frase. No diría nada. Estaría en la misma situación que el ejemplo que ponía Bertrand Russell: “el actual Rey de Francia es calvo”, dicha en el año 2023. Si no existe el sujeto, no tiene sentido atribuirle el adjetivo “calvo”. A un gramático le puede parecer que las siete palabras del ejemplo de Russell componen una frase. Los gramáticos no suelen saber mucha lógica. Pero un lógico se da cuenta inmediatamente de ni siquiera es una frase. No hay lenguaje que trasmita el pensamiento, porque ni siquiera hay pensamiento.
Así pues, la frase “dos y dos son cuatro” no es el paradigma de la verdad para quien sepa lógica. Ciertamente no podemos alterarla y está por encima de las fuerzas humanas el intentarlo. Pero eso no basta. La verdad absoluta hay que exponerla con un ejemplo mejor. Una verdad absoluta no puede estar condicionada por nada. O puede depender de que exista un mundo que la cumpla.
Busquemos un ejemplo mejor.
Hoy día todas las personas cultas admiten que nuestro cosmos empezó con el Big Bang. Después del descubrimiento de la radiación de fondo no hay científico que dude de ello. Hagámonos, pues, esta pregunta ¿existía algo antes de Big Bang?
Inmediatamente hay que aclarar que la palabra “antes” no tiene aquí sentido temporal sino lógico. El tiempo comienza con el Big Bang. Nos referimos al sentido lógico de la palabra “antes”. Pensemos en una habitación sin ventanas y con sólo iluminación eléctrica. Si se corta la corriente, la habitación queda a oscuras. El corte de la corriente y la súbita oscuridad son hechos simultáneos. Nuestros relojes son incapaces de detectar una precedencia temporal. Pero a nadie se le ocurre decir que la corriente se cortó porque se produjo la oscuridad. Todos pensamos al revés. El corte de la corriente es la causa, y precede al efecto, que es la oscuridad. De esta prioridad lógica estamos hablando.
Por tanto, busquemos una verdad, no sólo indestructible, sino absolutamente absoluta, si se permite la redundancia. Este es el ejemplo que proponemos: “antes del Big Bang existía la posibilidad de que nuestro cosmos accediera al ser actual”. Si algo no puede existir, no existe. Luego si existe de hecho, es que podía existir. Antes del Big Bang ya existía “lo posible”. Lo formalizamos como ser → poder-ser.
Quien dedica un momento a pensar con estricto rigor, inmediatamente se dará cuenta de que, si existe “lo posible”, también existen “lo necesario “ y lo imposible”. Topará con estas ocho igualdades, que son tan absolutas como ser → poder-ser.
A.- dos con el negador delante: “no imposible = posible” y “no posible = imposible”,
B.- dos con el negador detrás: “imposible no existe = necesario existe” y “necesario no existe = imposible que exista”.
C.- Cuatro con el negador delante y detrás: “posible = no necesario no”, “necesario = no posible no”, “no posible = necesario no”, y “posible no = no necesario”.
Estas ocho igualdades saltan a la vista dibujando un triángulo cuyos vértices sean “necesario”, “posible” e “imposible”. De buena gana yo mismo lo dibujaría, sino supiera que el programa que usa el periódico no lo reproducirá correctamente. Pero el amable lector puede dibujar sin dificultad ese triángulo y comprobar esas ocho igualdades.
El lenguaje ordinario no dispone de una palabra simple en lugar de la compuesta ”imposible”, o sea, “no-posible”. Y “posible” es ya un vértice del triángulo conceptual del que hablamos. Si usásemos el neologismo latino “nullitas” en lugar de “imposible”, escribiremos “no nullitas = posible”, sin pasar por la doble negación “no no posible = posible”. Igualmente escribiríamos “nullitas no = necesario”.
Así pues, antes del Big Bang existían los tres conceptos “necesario”, “posible” y “nullitas”, y existían las ocho igualdades entre ellos. Existía mucha lógica. Existían verdades absolutas que son, no sólo indestructibles como “dos y dos son cuatro”, sino que son además la piedra angular sobre la que se asienta el inmenso edificio del pensamiento humano y del lenguaje con que lo trasmitimos.
No hace falta que exista nuestro mundo para que sean verdaderas esas “valideces lógicas”, como se las llama. Son “verdaderas en todo mundo posible”, como decía Leibniz. Basta con que antes del Big Bang existiese el poder-ser de nuestro cosmos. Y de esa posibilidad no cabe dudar, si estamos vivos precisamente en nuestro cosmos. Si aceptamos la validez ser → poder-ser, no tenemos más remedio que aceptar también esos tres conceptos, y las ocho igualdades entre ellos. También son valideces lógicas. O con palabras más familiares, antes del Big Bang ya existían Dios y su poder creador aún no estrenado.
Dios es a la vez el Ser necesario o “Ipsum Esse” y la Verdad suprema o “Ipsa Veritas”. Pero tratamos de enfatizar aquí el aspecto lógico, Dios como “Ipsa Veritas”. Estamos ante el fundamento de cualquier otra verdad, que luego nos parezca indestructible como “dos y dos son cuatro”. El hombre sencillo la estima erróneamente como paradigma de la verdad absoluta. Con mayor razón debiera estimar como absolutamente verdadera cualquier validez lógica.
Ciertamente nadie a visto a Dios como “Ipsum Esse” o Ser necesario. Nadie tiene acceso a Dios en cuanto ser. Pero ver a Dios en cuanto verdad, como “Ipsa Veritas”, eso está al alcance de cualquiera que sea intelectualmente honrado y se moleste en estudiar un mínimo de lógica formalizada moderna.