Opinión

Hierbas en la tapia de cal

TRIBUNA

Luis Bravo | Lunes 24 de abril de 2023

Eran los recuerdos del castillo, y su patio tenía un limonero que nada pedía a las miradas ajenas. Se bastaba con su hermosura. El cansancio de las cuestas que desde el pueblo llevaban hasta él hizo que abrieran una terraza en la que aliviar a los visitantes y curiosos. No parecía muy frecuentada, pero las mesas alrededor del árbol cumplían sus funciones y socorrían los frutos que se descolgaban. La luz de la tarde parecía jalea, y uno pensaba que era la única conveniente que debía posarse en las murallas y galería superior que permitía pasear por las almenaras. Era la que revelaba mejor todas las edades que se habían acumulado sobre tanto desgaste. Algunas placas señalizaban las rutas y pasarelas al interior, otras unos versos de un poeta desconocido y nombres en latín de árboles, todos a la sombra del imponente limonero.

Elvás gozaba de esa suntuosidad que las numerosas ideas preconcebidas que tenemos de los pueblos portugueses hacen traer a la mente, por suerte, rincones idénticos a los reales cuando se los visita. El día anterior, todavía se notaban los restos de alguna fiesta local por las calles, en los vasos por recoger entre las rejillas de las ventanas y las serpentinas y confetis que habían nevado el empedrado y las escaleras hacia barrios de arriba o abajo. Las gentes, como el lugar: contemplativos, pausados, ocupados en divertirse y en desaparecer cuando tocase retirada. Ninguna arrogancia, ningún detalle de más. Lo que quedase del día se dejaría intocado hasta la siguiente mañana, sin preocupación alguna acerca de qué podría deparar. Será lo mismo y ellos los de siempre.

Su mirador, dominando la localidad y los campos que desde ella se extendían, estaba situado en el cementerio de los ingleses. Era donde uno debía perder todas las horas de las que dispusiera, y nunca se tienen suficientes. Hube de escribir un poema para compensar todo el tiempo que me gustaría haber empleado allí. Hace tres años de esta visita, pero no se ha consumido entre otras que pudieran juzgarse mejores. Vuelvo a lo mismo: es su educada impasibilidad la que le ayuda a permanecer. Una encina y un par de bancos, junto a las tumbas, las garitas y las verjas que lindaban con muros de casas, eran el selecto inventario en el que debía reparar quien entrase. Las hierbas y flores crecían a los pies de la tapia de cal en la que restallaba el sol. Las piedras ardían con el secreto que se oculta en todo lo antiguo, sugestionado por la promesa que pudieran contener. Lo dicen con acierto unos versos de Félix Moyano: ‘la promesa/ hecha fruto, delante de nosotros,/ pero nunca sabremos lo que dentro se esconde,/ pues alegres algún día la veremos,/ pero ninguno entrará jamás en ella.’

Por el cielo, el viento se llevaba un ala delta. Por el suelo, correteaba un gato de un solo ojo aguamarina, víctima de sus noches bravas. Por nosotros, las sonajas de la encina y los riegos a manguera entre los adoquines.