Opinión

Enrique Pinín bajo el cielo azul despejado

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Miércoles 26 de abril de 2023

Las ciudades norteñas acogen unos pasos en la noche blanca, en el demonio exacto del mediodía, que solo pueden obedecer a unas botas de caña hasta la rodilla, chalecos de piel, barba negra por culpa del vino negro, mirada alta, sombrero discreto y manos musicales. Enrique Pinín, el Hechizado, pinta como quien ama, dibuja como quien reza, no distingue vida y obra, durmió en los bancos duros de Raúl del Pozo al raso y lleva dentro todos los campos moribundos de Van Gogh, donde el amarillo es el color de los locos, como quiso Josep Pla, la boina muy calada y el nardo duro por el tabaco de picadura y la verba suelta.

Enrique Pinín viene de la raza de los hiperrealistas que no lo son, de la estirpe donde la realidad es la base pero la ensoñación es el vuelo, donde un retrato suyo vale un buen fajo y ha procurado siempre, sí, hacer el sueño de todo galerista comercial, lo mismo, siempre lo mismo, de modo diferente. Acostumbrar el ojo del cliente a una marca y a un modo entero de vida. Jamás Pinín ha visto la línea del horizonte torcida, como tantos, y en su realismo poético, en su retratismo rocoso, en su destreza de óleo, lápiz, cera o lo que toque, nunca hay faena de aliño sino al natural. Coleta de indio, arrugas como chirlos por la cara donde crece el pan candeal, pulso firme, barba de bucanero, colgantes de artesano, viene Enrique Pinín de todos los triunfos en la Fundación José María de Jaime, Villanueva de los Infantes, con su exposición Paisajes y paisanajes, pueblo y vida.

Las ciudades norteñas (León, Oviedo, Bilbao, Santiago, Barna) tienen ya quien le trae lo mejor del sur: así en la manchega Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) expone Pinín sus aguadas, sus grafitos y ese mundo poético del gran artista donde la aventura de lo cercano es siempre el mayor desafío. Su licenciatura en Bellas Artes por Valencia (1983) no es nada respecto a su vida entera de bohemio y brújula radical donde su Méjico fue el de Valle-Inclán y su Castilla la de todo el 98. Quien copia de la naturaleza en plan fotocopia se rebaja pero, ay amigo, el ensoñado es otro cantar, desde Antonio López a Pinín, desde Hopper a Andrew Wyeth, desde Amalia Avia a Thomas Eakins o George Wesley. La realidad ensoñada no es real: a ver si nos enteramos. Los pintores del pueblo siguen abrevando en la taberna McSorley`s Bar de John French Sloan, andan entre las nieves de Robert Henri (Snow in Nueva York) o junto al muelle sucio humeante de Glackens (East River Park). Pintura en estado de rapto, golpe rotundo de vida, vida tuerta a bocados y al galope.

Enrique Pinín come sus menús obreros en tabernas, pinta sin continuidad, y la misma dignidad da a una servilleta que a un lienzo de ocho metros. Por ahí empieza una poética, la de somos lo que hacemos, la de vivimos sin máscara, la del suelo abajo y el cielo arriba, la de la vida en llamas por una vocación que supera toda profesión. Su figuración musical, dueño del gesto y las miradas duras, experto en tipos y secuelas, es toda una reguero o venero de biografía interior. Cuando Schiller conoció a Goethe dijo: “No se adscribe a nada. No hay por dónde agarrarle”. Luego Ortega y Gasset, primera inteligencia europea, remata la faena al ver en Schiller, al contrario que en Goethe: “su perfil afilado, espolón de nave guerrera, hiende la vida espumosa y se hinca sin titubear en su destino”. El riesgo, siempre el riesgo, desde ese Weimar a hoy día.

Enrique Pinín es el pintor sin bandazos, no se mueve de donde siempre estuvo, sabe cómo la única y real supervivencia es inmediata: la educación del ojo, la educación del público; el coleccionista (lo diga o no) siempre quiere lo mismo, y todavía más, sí, grita por reconocerlo a veinte metros, rodeado de afines. Su “realidad poética radical” es trance, biografía entendida como diario de vida, oficio y ese toque mágico, ese mundo mago que lleva dentro y embrida el conjunto. Qué risa con todos aquellos que apuntaban la muerte de lo figurativo, la superación del realismo. La pasta cruda, la pasta al natural, sigue debatiéndose entre abstracto y figurativo, no hay más, y el rico con posibles quiere algo para colgarlo del salón y verlo mientras organiza una borrachera en el comedor o viene de cagar. No hay más. El rico- rico, digo, quiere una óptica firme, una firma estable, la misma manera de ver el mundo por otros ojos, y no experimentos ni gaseosa, y así va coleccionando dichos cromos como el niño hace con su álbum de futbolistas.

Enrique Pinín, nómada sin maletas, lírico con libretas, poeta de la figura humana y el paisaje, riega su mirada húmeda con el presente abrasador. La espita es la actualidad, el tiempo aquí y ahora, al modo impresionista, donde solo cabe meter la cuchara y probar el flan. Muy lejos anda de laboratorios torpes y experimentos ridículos: calle y botas hasta el pico de la barbilla son lo mismo. Jamás tuvo prisa por acabar un cuadro o empezar otro. Ese regodeo/merodeo suyo incansable es primera espuma de su gigante ola y originalidad. El pintor trabaja bajo las galernas y los cielos despejados y azules de hoy, cuando una buena fundación paga por adelantado y ofrece techos y paredes. El creador vive inmune al llanto y a la euforia: es la hormiga diaria, con horas de asueto y vino negro, quien no suelta el morral duro de vacuno y va tachando cruces en lo que toca hacer por día activo del mes. Su realidad es un mordisco: así otros abren los ojos frente a su obra.