Opinión

Luces de bohemia, luminosidad para la ópera española

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Jueves 27 de abril de 2023

Cuando parece que el panorama cultural sólo puede mostrar los restos del derribo de su andamiaje —solar umbrío, desierto de ruinas—, surge la esperanza de su posible renacimiento. Son destellos que van arrojando algo de luz a tanta oscuridad y desolación, pero a fuerza de haces radiantes, resurgirá el nuevo edificio humanista. Quien escribe estas líneas está plenamente convencido de ello. Un claro ejemplo de ello es la presentación de la ópera Luces de bohemia, que viene a revitalizar el árido paisaje y paisanaje de la lírica —concretamente española—. Poco que decir de los intentos polémicos de resucitarla, con zarzuelas como la reciente de Policías y ladrones. Creemos que la música atonal está más que superada pues, si bien en su momento resultó innovadora, condujo finalmente a un callejón sin salida. En mal momento vino a definirse este largo periodo que abarcó todo el siglo XX como música “contemporánea”. ¿Qué es “contemporáneo”? Contemporáneo es, según la definición que ofrece la RAE, lo “perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive”, y, según la descripción de este tipo de música, lo que acaeció hace cien años. No puede definirse con un concepto que refiere a lo actual (“música contemporánea”) un periodo que se encuentra muerto; aplicado a la música “académica” o “docta” creada después de 1945 y con antecedentes tres décadas antes en compositores tan diversos como Stravinsky, Arnold Schoenberg, Anton Webern o Alban Berg, debido a los cambios radicales sobre la armonía, la melodía y el ritmo que plantearon. Actualmente se habla incluso de “música clásica contemporánea”, pero lo cierto es que su denominación popular mantiene esa expresión con la que fue descrita durante tanto tiempo. No cabe duda de que muchos de sus recursos prevalecerán como hallazgos estéticos y técnicos, pero no la integridad de su fórmula como canon a seguir, por resultar tan difícil para el público —que es finalmente hacia quien debe responder—. A lo sumo, la impresión desazonadora, inquietante o enigmática que suscita la audición de estas partituras podrá servir —y así lo han corroborado films como 2001 de Kubrick— como excelente acompañamiento atmosférico en forma de bandas sonoras psicológicas evocadoras de suspense, misterio e incluso terror.

Como decíamos, Luces de bohemia representa ese amanecer tan esperado, pues posee una doble virtud: la capacidad de devolver la dignidad al teatro lírico español —tan maltratado y con tantos ejemplos modélicos (no en vano España puede presumir de haber creado un género musical único como es la zarzuela)— y de hacerlo con sus mejores mimbres. Esto es: respetando la tradición y el lenguaje moderno. Un maridaje imprescindible para progresar sin traicionar aquellos elementos que han ido jalonando la historia de la música. Esto es, enriquecer el presente desde el pasado y mirando hacia el futuro. Sin duda será la receta que perdure, siempre dirigiendo su objetivo hacia el espíritu humano, donde prevalece la armonía y la belleza por encima de propuestas teóricas cuya aplicación escapa al disfrute de lo sonoro. Todo lo demás será artificioso o carente de verdad.

En este sentido, el buen hacer de Juan Durán ha hecho posible dicha esperanza. Su partitura viene precedida de su amplia trayectoria como compositor, incursionando en distintos géneros y estilos pero manteniéndose fiel a su personalidad como autor. Él mismo se ha definido como “compositor actual, no contemporáneo”, lo que da perfecta cuenta de la música por la que apuesta, a modo de retorno de lo que nunca debió ser abandonado.

La presentación del proyecto lírico musical Luces de bohemia tuvo lugar el pasado martes 25 de abril en el tercer piso del Ateneo madrileño. Quien asistió como público pudo conocer la génesis y desarrollo del proyecto hasta su apariencia final. El proyecto supuso todo un desafío, por lo que representó tratar de llevar la obra escénica cumbre de Ramón María del Valle-Inclán al ámbito musical. Principalmente, porque el propio universo teatral del escritor gallego resulta ya de por sí difícil de representar. No en vano, se conocen hasta doce intentos de adaptar al teatro lírico la vertiente escénica del creador del esperpento. De estos proyectos, siete llegaron a ser estrenados, siendo tal vez el que gozó de mayor fortuna el llevado a cabo para celebrar el quincuagésimo aniversario del fallecimiento del dramaturgo: la ópera en dos actos Divinas palabras (1997), con partitura de Antón García Abril y libreto adaptado por Francisco Nieva, interpretada en escena por Plácido Domingo bajo la batuta de Antoni Ros-Marbá y la dirección escénica de José Carlos Plaza. Todo cabezas de cartel para un estreno por todo lo grande en el Teatro Real, que volvía a abrir sus puertas sirviendo para su función original tras décadas cerrado.

De ello sabe, y mucho, José Luis Méndez Romeu, gran erudito que se ha encargado del libreto de Luces de bohemia y que previamente con su Tesis Doctoral Valle-Inclán y la ópera. Problemas de traducción intersemiótica había estudiado las transposiciones de obras de Valle-Inclán al ámbito operístico. Quién mejor que él para acometer tan ardua tarea. Entre las piezas dramáticas de Valle traducidas al lenguaje musical, figuran La cabeza de dragón —única pieza para público infantil, aunque su contenido no fuera precisamente para niños—, Ligazón, La rosa de papel, La cabeza del Bautista, Sonata de primavera, La marquesa Rosalinda, Voces de Gesta o Cuento de abril.

Además de las dificultades referidas por adaptar al ámbito musical lo que ya resulta complicado al propio ámbito escénico, para Méndez Romeu resultó necesario modificar la diégesis —la historia narrada—, condensar la intriga o reducir el casi medio centenar de personajes que poblaban la historia. Además, había que contar con que la palabra cantada ocupa siempre más tiempo que la recitada. Una versión musicalizada del texto íntegro podía llegar a durar unas cuatro horas, incurriendo además en la repetición de las tesituras vocales. Como último problema añadido, debían añadirse arias y coros —como exigen las convenciones de la ópera—, no existiendo apenas ocasiones de este tipo en la obra de teatro original. Había por tanto que generar texto nuevo para dar pie a una belleza lírica que cambiaba la visión de Valle en personajes como “Séptimo Miau”. Además, las frases breves y el ritmo intenso empleado por el escritor del 98 dificultaba su adaptación musical. Como aprendizaje, Méndez Romeu contaba con las enseñanzas que los proyectos previos de traslación operística habían generado, buscando así evitar algunos de los problemas presentes en dichas óperas. “Todo lo que figura en el texto está absolutamente en la obra. Ha habido condensación y reducción de algunas escenas, consiguiendo una ópera de duración convencional sin que se produzca merma alguna”, afirmó durante la presentación, añadiendo: “En el teatro lírico la música no es incidental, debe ser soporte de emociones y el texto supeditarse a las necesidades del compositor”.

Por su parte, Duran prefirió definir la obra, más que como ópera o zarzuela, como “esperpento lírico”. Dicha denominación quedaba fundada en que buena parte de los compositores españoles nunca denominaban como “zarzuela” sus obras, sino que los acompañaban de subtítulos bien creativos: “Sorozábal jamás subtituló sus obras como zarzuelas: así, La tabernera del puerto era un “romance marinero”, La del manojo de rosas se llamó “sainete lírico”, Adiós a la bohemia se calificó de “ópera chica” o Katiuska como “opereta”. Tal vez el caso más llamativo fue el de Federico Chueca con La Gran Vía, que recibió la denominación de “revista lírico-cómica, fantástico-callejera”. Para Durán fue muy significativo esta obra del género chico en la conformación de su “esperpento lírico”: “Fijémonos en el esquema que sigue La Gran Vía, por cuanto puede ser aplicable en estructura a Luces de bohemia. Ambas poseen una constitución cuatripartita: expositiva —donde un personaje guía a otro—, episódica —por su variedad, lírica, carácter coreográfico—, resolutiva —que enlaza con la expositiva— y conclusiva. O la división por escenas, breves y diversas”. Durán citó a Ramón Barce en su visión de la citada “revista” creada por Chueca: “La revista es una modalidad del género chico que ha tenido una larga descendencia. Procede de las 'revistas del año' y de los Bufos; pero incluye también rasgos del sainete. De las revistas del año toma la yuxtaposición de escenas y la sátira política de actualidad; de los Bufos, la espectacularidad y el atractivo erótico de las bailarinas; del sainete, sobre todo la materia musical misma: ritmos de los bailes de moda y folklore urbano y regional”. Así, Durán aclara: “De forma didáctica, entendemos por “zarzuela” un género amplio que abarca muchos subgéneros, como el vodevil o la revista. De ahí que lo tituláramos como 'esperpento lírico'”. Y concluyó citando a Alonso Zamora Vicente: “Es indudable que a una lectura rápida de Luces de bohemia nos brota un impreciso regusto de sainete, de zarzuela con tonillo de plebe madrileña”.

En la presentación de la obra, Durán resaltó lo complicado que le resultaba “hablar de música utilizando la palabra”. Al respecto, recordaba las palabras de Stanley Kubrick durante una entrevista en torno a la anteriormente referida 2001, donde el cineasta quiso que la película fuera “una experiencia intensamente subjetiva que alcanzara al espectador a un nivel interno de conciencia como lo hace la música”: “'explicar' una sinfonía de Beethoven sería castrarla levantando una barrera artificial entre la concepción y la apreciación. Eres libre de especular como quieras acerca del significado filosófico y alegórico del film”.

Debido a la dificultad de esta tarea, Durán recurrió a los elementos más técnicos a la hora de describir la gestación de la obra: “Había que extraer la música que subyace en el fondo del texto, encontrar el ritmo de habanera en los paseos callejeros, la forma de la rumba en el personaje de Enriqueta en la taberna, el schottis seductor de “La Lunares”; la jota, incluso, cuando Dorio de Gades explica a Galdós “con bravatas de valiente”, o la cantinela con el Ministro en la Calle del Recuerdo”. Recuperar ese —en palabras del mencionado Zamora Vicente— “submundo nocherniego de cafés, buñolerías, mucho aguardiente y poco dinero”.

Respecto al rol a asignar dependiendo de la tesitura de los cantantes, Durán explicaba que, “por la edad de Max Estrella, la figura del barítono lírico era perfecta”. Don Latino, sin embargo, encajaba con la de bajo. Había además que reducir el elenco a un número mínimo indispensable de siete solistas cantantes. “Prima la música, que se expresa en su propio lenguaje. Hay que hacer con ella un teatro para ser cantado, ayudar a la vocalización para que el texto resulte inteligible. No poner todo el acento en el acompañamiento orquestal, pues la partitura debe servir al canto. He hecho, por tanto, una música que posee un lenguaje moderno pero anclado en la tradición, vocalidad y respeto hacia los cantantes, buscando lo ecléctico o poliestilista valiéndome de muchos recursos. Hay que ver en las danzas que aparecen en la partitura una estilización, una parodia. En definitiva: escucharlas con el espejo cóncavo musical deformado”.

Luces de bohemia verá la luz en el madrileño Teatro de la Zarzuela. Estamos seguros, como decíamos anteriormente, de que el evento supondrá el renacer del género lírico musical español. Faltará en todo esto, por supuesto, el interés de la población por el espectáculo. Lamentablemente, somos conscientes de que la edad de su público no destaca precisamente por su juventud, pero esto es un problema que sólo puede ser erradicado a través de la formación, tanto desde el ámbito familiar, educativo y político. Es mucho esperar, sobre todo cuando en la actualidad priman otros intereses, bien alejados de lo humanístico. Pero, como decimos, la esperanza se cuela a través de pequeños haces de luz que, en suma, esperemos conforme un sol, radiante y pleno.