Opinión

La Anábasis del pensamiento hispánico y El Gran Heterodoxo

TRIBUNA

Antonio Robles Ortega | Viernes 28 de abril de 2023

La Feria del Libro de este año me ha sorprendido con una agradable novedad, al tropezar con un libro de veras, en medio de ese escaparate de frivolidades y vanidades que, al decir de un reconocido escritor, contiene casi un ochenta por ciento de libros que no merecen tal nombre en propiedad: famosillos de televisión o de las revistas de cotilleo, algún que otro gurú de la autoayuda, recetarios de cocina… Por fin, algo de otra dimensión: “Marcelino Menéndez Pelayo, El Gran Heterodoxo”, del filósofo y escritor Agapito Maestre. Trabajo de altura, recogido en un hermoso texto, rico y necesario por su contenido, original por su estructura y forma literaria.

El lector docto recordará que el historiador y también filósofo Jenofonte, discípulo de Sócrates, convirtió en epopeya los acontecimientos que sucedieron tras la batalla de Cunaxa, acaecida en el año 401 a. C. al norte de Babilonia, en la que fue derrotado el ejército de Ciro el Joven por su hermano Artajerjes II, Rey de Persia. La Anábasis cuenta el regreso a la patria de los diez mil griegos que habían sido reclutados por Ciro para aquella expedición fracasada, capitaneados finalmente por el propio Jenofonte, aguas arriba del río Tigris, hasta llegar a la costa sur del Mar Negro y cruzar sus aguas. En la otra orilla les esperaban finalmente las playas de Grecia y la paz de su hogar.

En torno al libro de Agapito Maestre sobre Marcelino Menéndez Pelayo, “El Gran Heterdoxo”, recientemente publicado por Serie Gong Ediciones, ya han corrido ríos de tinta elogiando sus virtudes, como libro de libros, talismán mágico que nos descubre cordilleras del pensamiento y la literatura borradas por el tiempo y el olvido, acaso pórtico y pilar de una futura obra completa sobre los interminables escritos de Menéndez Pelayo. Yo, por mi parte, creo que estamos ante el final de una gran epopeya en la que el autor de Meditaciones de Hispanoamérica culmina el heroico trabajo de rescate del pensamiento hispánico y su rica tradición cultural que viene liderando desde hace años, pensamiento y cultura olvidados y traicionados en tantas batallas y emboscadas durante siglos, desde la construcción de una falsa leyenda negra interesada, reutilizada hoy por los nacionalismos y demagogos de allende, hasta la deconstrucción, interesada y plagada de rencor, de una historia imparcial y objetiva de la España de la primera mitad del siglo XX.

Cuando publicó su voluminoso trabajo sobre Ortega, El Gran Maestro, comencé a vislumbrar el significado de la obra de un autor de luces largas, independiente y rebelde eternamente frente a los lugares comunes y los tópicos dominantes, a quien conocí cuando su entusiasmo se volcaba en descubrir a los filósofos de la Escuela de Frankfurt en una España en la que Adorno , Marcuse o Habermas eran poco más que nombres de supuestos alienígenas, un intelectual que lideró núcleos de pensadores inquietos en torno a revistas de pensamiento como Kilómetro Cero o La Brecha, y que impulsó nuestras inquietudes y polémicas, nuestro afán de renovación de la España del bostezo machadiano, en aquellos inolvidables cursos de verano en Almagro y en Baeza, ¡ay!, de la España soñada a la España real.

La opción narrativa que ha elegido el autor, que nos va contando la experiencia de su amigo el doctor Cidad Vicario, de vacaciones en su pueblo de Villahizán para disfrutar de la lectura de los textos que le va aconsejando Agapito Maestre, es toda una metáfora que anticipa que estamos ante un libro de viajes, que la lectura de don Marcelino va a ser el disfrute del viajero que regresa a través de las peripecias de sus textos a la esencia de la literatura y el pensamiento de alguien que ama su patria y su historia. Estructurado en dos partes como para darse un respiro en medio del trayecto, esta odisea literaria nos va meciendo a través de las veinte y dos etapas o capítulos de que consta, como un camino de Santiago con final en la península de la Magdalena, peñas arriba, hasta la ciudad de Santander, patria chica de Menéndez Pelayo, porque su patria grande es España, su inmenso legado histórico, cultural y literario, al que dedicó don Marcelino su inconmensurable obra de crítico, ensayista y escritor polifacético.

La fórmula de composición del libro que ha elegido el autor tiene mucho de socrática, del maestro de Jenofonte y su relato de la epopeya del rescate de los diez mil olvidados en la derrota, a los que consigue conducir a buen puerto. La correspondencia entre un médico que quiere disfrutar durante sus vacaciones de lecturas y experiencias singulares en su refugio veraniego del pueblo burgalés de Villahizán, y el propio autor, sirve de hilo conductor para rescatar del olvido y la autoculpable ignorancia que fingen tener de su obra muchos intelectuales en nuestro país. Como diría Kant, autoculpables porque no tienen excusa para ignorar a uno de los grandes gigantes de la literatura en lengua hispánica. Rescate mucho más necesario aún hoy, en tiempos de talibanes de la cultura y de la historia verdadera, como son, en la época que nos ha tocado vivir, quienes quieren reescribir las obras inmortales de la literatura, de la historia y del arte en general, para adaptarlas a lo que entienden como políticamente correcto.

Ya desde el capítulo tercero, en la descripción del viaje del doctor Cidad a la casa de don Marcelino en Santander, ciudad a la que donó toda su obra y su legado, Agapito Maestre arremete contra la desidia y el escaso aprecio de las instituciones de un país por sus sabios de la tribu: la casa está cerrada y la entrada prohibida “por reorganización del servicio”, y lo mismo ocurre con el caserón de Benito Pérez Galdós, donde pasó buena parte de su vida, donde recibió a Emilia Pardo Bazán y escribió gran parte de sus novelas. En la segunda mitad del libro el autor saca la artillería pesada contra la culpable ignorancia o desprecio injusto de la gran obra de Menéndez Pelayo de la que hicieron gala muchos intelectuales de la Generación del 98 y siguientes, como Unamuno y el joven Ortega y Gasset, o la Institución Libre de Enseñanza. También arremete la crítica de Agapito Maestre contra la utilización de la obra de un pensador como Menéndez Pelayo, cuando ha sido utilizado como emblema de la ideología de un régimen autoritario bastantes años después de su muerte en 1912.

Agapito suelta velas para llevar a buen puerto el rescate de uno de nuestros grandes, el autor de la historia de los heterodoxos españoles, un autor siempre ameno en su exposición y sumamente agradable de leer, con cuyas tesis historiográficas no necesariamente debemos estar de acuerdo, para admirar precisamente la hondura y respeto por las ideas de sus adversarios en tiempos convulsos de superficialidad y fanatismo como los que atravesamos. En la travesía de rescate de su obra descubriremos la filosofía neoplatónica que subyace en toda la literatura de nuestro Siglo de Oro, en la mística como poesía típicamente española, el poderoso desarrollo del escepticismo español que antecedió y sirvió de precursor de la crítica kantiana sobre los límites del conocimiento humano. Tal vez no sean hoy de nuestro agrado sus hipótesis de partida sobre la identidad cultural de una gran nación como España, al considerar el catolicismo como eje vertebrador de su idiosincrasia, o su valoración positiva de la Inquisición como instrumento de combate contra la brujería y los obstáculos para el desarrollo de la ciencia, pero toda su vida y su obra dan testimonio del esfuerzo de una mente honrada por encontrar la verdad y llenar sus pulmones de orgullo por sentirse heredero de la tradición de una gran nación, cuya diversidad también supo apreciar y cultivar como demuestra su pasión sin ambages también por la lengua catalana.

Madrugada, noche cerrada en septiembre del año 2021, los faros lejanos de una réplica del mítico barco de Magallanes y Elcano se acercan al puerto de Sanlúcar de Barrameda. El relato de esta experiencia vacacional de viaje que realiza el doctor Cidad, reproduciendo las últimas millas de la vuelta al mundo de aquellos insignes navegantes, viene a ser la metáfora del entusiasmo por lo español que expresa al comienzo de la segunda parte del libro el médico de Villahizán. Yo veo en estas hermosas líneas la esencia y el mensaje del libro: imitando a los soldados de Jenofonte en la etapa final de la Anábasis mientras surcaban las olas del Mar Negro, tumbémonos como Ulises, a cielo abierto en la cubierta de este barco de rescate de toda una tradición hispánica. Disfrutemos, al llegar de nuevo a la patria, de nuestra historia sin complejos. Radiantes de ilusión, como aquellos navegantes conducidos por Jenofonte a la Ítaca de sus más bellos orígenes y alegres recuerdos. Al término de la travesía habremos aprendido tal vez que ser español es vivir en paz con nuestros adversarios, sin rencor ni reescritura de la obra de arte, ni de la rica y densa historia de una gran nación.