Opinión

Las confesiones

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Sábado 29 de abril de 2023

Siempre he considerado que un grupo de hombres que deben tener una visión muy real de lo humano son los sacerdotes que confiesan, sobre todo, los de hace años, dado que hoy hay poca gente practicante, y menos aún los que se confiesan. No obstante, aunque ya hoy haya pocos cristianos que se acerquen al confesionario a declarar sus pecados y pedir el perdón, constituyen todos ellos una muestra de datos lo suficientemente representativa para que el sacerdote perspicaz y buen analista tenga una idea de lo humano muy cercana a la realidad. Por eso cuando un confesor habla del hombre, naturalmente en general, hay que escucharlo con atención. Los confesores son las grandes enciclopedias vivientes de las psicobiografías de los hombres.

Una de las obras maestras del escritor ruso Leonid Nikoláevich Andriéev, La vida de Vasili Fivieiski, tiene dos capítulos en que se describe el impacto que deja en el alma desgraciada del pope Vasili Fivieiski los pecados de los numerosos feligreses que se confiesan durante la Cuaresma. Estos pecadores exhiben los pecados que cometieron contra el prójimo en conciencia y con mala voluntad pecadora, y no “sin querer”, como le ocurre hoy a algún líder político de Castilla-La Mancha, que atribuye sus faltas a los subalternos, estando sus pecados igual de ordenados que su vida. Todos los pecadores creyentes marchan al confesionario sedientos de gracia y verdad. Se hincan de rodillas, suspiran y traen al pope con inflexible tenacidad sus pecados y su dolor. Todo el mundo trae al sacerdote sus lágrimas y sus pesares, esperando su ayuda espiritual con imperiosa calma. Y es tanta la impotencia que siente el confesor ante la miseria humana, nos dice el siempre desasosegante Andriéev, que tras confesar quisiera huir al extremo del mundo, más allá de los límites del mundo que conocía, e incluso morir, para no ver, ni oír, ni saber. La confesión convoca siempre al dolor humano y éste acude a su llamada. Entonces el alma del pope arde igual que el ara de los sacrificios, y le hubiera gustado encerrar en un abrazo fraternal a todo aquel que acudía a él y decirle:

  • Pobre amigo, vamos a luchar juntos y a buscar juntos, pues el hombre no puede esperar ayuda de ninguna parte.

Efectivamente, ante la indocilidad de nuestra especie, ante su constitutiva debilidad el sacerdote se siente impotente, y su impotencia le causa sufrimiento e incertidumbre. La misma visión que el gran Andriéev expresa del sacerdote la tiene nuestro Miguel de Unamuno en su obra San Manuel Bueno, mártir. Unamuno escribió su novela en 1931, y Andriéev la suya en 1903. Y las reflexiones que los dos sacerdotes hacen sobre la triste y abandonada vida del hombre son tan sorprendentemente parecidas que sin duda nuestro gran vasco tuvo que saber algo de la obra del ruso de Oriol, personalidad, por cierto, tan parecida a la suya.

El hombre peca tanto por lo que desea como por lo que equivocadamente cree. Esto es, hay pecados activos, que nos definen, que son propiedad genuina del pecador, y otros, en los que el pecador es un servidor de una fuerza ajena, mero instrumento de sus creencias y pasiones incontrolables ( esa funesta “atê” o “alastôr” de los griegos ). Los primeros pecados nos definen como personas particulares; los segundos definen más bien la época en la que vivimos.

De los primeros pecados no se puede uno justificar, como el manchego.

  • ¿Quiere que cargue con mi pecado a otras personas? No. Mi pecado es mío y a mí me corresponde – dice el héroe de esta tremebunda novela de Andriéev.

Pero no se puede confesarse uno así mismo, a no ser que se tenga la despiadada objetividad autocrítica de un San Agustín, que sufría interiormente horrores por haber robado de niño dos manzanas de un árbol. El pecador corriente sólo puede confesarse ante un representante de Cristo, investido con el orden sacerdotal. Y el arrepentimiento de su caída le dará impulso para levantarse. Curiosamente en los juicios humanos se castiga al que confiesa su culpa, mas en la confesión se perdona. El misterio del pecado anida allí mismo donde se da la bondad ontológica del ser humano, que se siente un montón de basura ( un montón de pecados ), y a la vez – mediando una confesión contrita – se dispone a ser “algo grande” por el agradecimiento y la alabanza, como decía el genial Agustín de Hipona: “In confessione sui accusatio Dei laudatio est”.

Desde que las palabras de Jesús fueron fijadas en el glagolítico creado por San Cirilo y San Metodio, el cristianismo empapa por completo la delicada alma rusa, el alma que mejor ha entendido la antropología de la penitencia cristiana. Ahí está toda su novelería, desde el padre Pushkin a Bunin, donde el alma penitente del pueblo ruso se expresa en todo su esplendor ético. ¿Quién no recuerda el alma penitente del Raskólnikov de Crimen y Castigo? No se llega a tener un alma delicada sin penitencia. Por eso el alma de nuestros políticos está recubierta de piel de jabalí; nada sutil entra ni sale nada delicado.

A lo largo de los siglos la forma concreta, según la cual la Iglesia ha ejercido el poder divino de perdonar ha variado mucho. Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves después de su Bautismo ( v. gr. idolatría, homicidio o adulterio ), estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a menudo durante bastantes años, antes de recibir el perdón sacramental. Pero durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica “privada” de la Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. Desde entonces el sacramento de la confesión se realiza de esta manera secreta entre el penitente y el sacerdote. Hoy el oriente cristiano se confiesa mucho más que el occidente; lo que explica la sensibilidad ética del este de Europa y el total hebetamiento moral del oeste. Necesitamos más confesores.