Opinión

La boda

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 05 de mayo de 2023

Es grato siempre ir de boda, o de celebración festiva de otro sacramento. Dos o tres bodas al año refuerzan el optimismo vital, te pones guapo y ves gente que se pone mucho más guapa que en la vida cotidiana. Estos hitos que tienen las personas dan a la misma vida su sentido más hondo y divino. En cada uno de estos ritos se recuerda el carácter sagrado que tiene la vida de cada hombre y cada pareja en la tierra. En las bodas los invitados dan a la pareja sus sinceros deseos de una felicidad conyugal, y que entrañe, a ser posible, la prolongación de sus vidas en otras vidas, y los propios invitados, como oficiantes alborozados del destino de lo humano, toman conciencia del propio valor sagrado de la vida y de sus propias vidas particulares. La boda supone el mayor canto colectivo a la vida, dotándola de un sentido de permanencia y eternidad de la especie, toda vez que da la razón principal de la vida de los contrayentes. Toda boda nos invita a bailar alborozados, hasta el agotamiento, en nombre de la vida fuerte que la unión conyugal asegurará en la generación siguiente. En los epitalamios e himeneos del Mundo Clásico podemos leer todos estos significados de la boda y algunos más. Del gran poeta de Verona podemos sacar estos versos del Carmen LXI: “…buena virgen se casa,/ reluciendo como el mirto/ de Asia en floridas ramitas, / que las diosas Hamadríadas/ - deleite suyo – alimentan/ con agua de rocío./…¿Qué dios debe ser rogado/ más, por amados amantes?/ ¿A cuál de los dioses cuidan/ más los hombres? Oh Himeneo Himen,/ oh Himen Himeneo./…Deja de llorar; peligro/ no hay para ti, Aurunculeya;/ que una mujer más hermosa/ no habrá visto el claro día/ viniendo del Océano./…Haz pasar con buen auspicio/ el umbral tus pies de oro/ Cruza la puerta pulida./ Io Himen Himeneo, io,/ io Himen Himeneo./…Venir ya, marido, es lícito:/ te está la esposa en el tálamo,/ brillando en su faz florida/ como blanca matricaria/ o rojiza amapola./…Jugad como os plazca, y pronto/ dad hijos. No es conveniente/ que sin hijos tan antiguo/ nombre esté, sino que siempre/ engendre de sí mismo./ Quiero que un Torcuato párvulo,/ del regazo de su madre/ tendiendo las tiernas manos,/ ría dulcemente al padre/ con boquita entreabierta./…Cerrad, vírgenes, las puertas;/ asaz jugamos. Y, buenos/ cónyuges, vivid bien, y/ ejerced en don asiduo/ la juventud robusta”. Obviamente las bodas en los epitalamios no están exentas tampoco de la mundivisión de su época como vemos en el Carmen LXII del mismo Catulo: “Y tú no combatas con tal cónyuge, virgen./ No es bueno combatir a quien te encomendó el padre mismo,/ tu mismo padre y tu madre, a quien obedecer es preciso./ La virginidad no es toda tuya; es de tus padres en parte,/ la tercia parte al padre, la tercia parte es dada a la madre,/ sólo una tercia es tuya; combatir a los dos no pretendas,/ que sus derechos a una con la dote dieron al yerno/ Oh Himen Himeneo, ven, Himen oh Himeneo.” Existen también breves epitalamios en los preciosos Epigramas eróticos de la Colección Palatina, y es que la “benedictio thalami” es la esencia y el culmen de la boda.

La boda también ha supuesto siempre la exaltación de la familia, por eso en los tiempos en que la riqueza y el poder, inseparables, se medían por la liberalidad y la ostentación, la familia estaba obligada a competir con las familias allegadas en esplendidez. La boda que unió, por ejemplo, a Aymeri de Narbona con la bella Hermanjart, hermana del rey de Lombardía, tuvo un banquete y festín que duraron más de una semana. El derroche de estas comidas pantagruélicas era, no obstante, proficuo, pues mantenía indemnes las alianzas de parientes y amigos, que se traducían en un interés común. Todavía hoy la boda es una apoteosis familiar en la que muchas veces se amplía el círculo privado. La parentela, que encuentra en la boda siempre su lugar, se afana con toda clase de regalos y se aprovecha la ocasión para anudar los parentescos lejanos y hacer nuevas amistades. Las bodas y los entierros, aunque son grandes momentos familiares, en cierto sentido suponen también un acontecimiento público: la boda entraña dos familias que se comprometen con el anillo conyugal, que como un nudo mágico cierra el pacto ( ése es el significado del símbolo del anillo: no dejar escapar en el espíritu de uno el amor conyugal ), y el crecimiento de la comunidad si el matrimonio es fecundo.

Para los cristianos el mismo Dios es el autor del matrimonio. La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes civilizaciones, culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. A pesar de que la dignidad de esta institución no se transluzca siempre con la misma claridad, existe en todas las culturas un sentido de la grandeza divina de la unión matrimonial. El mismo Catecismo de la Iglesia Católica sostiene que la salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Toda boda fortalece el bienestar del mundo. El amor de los cónyuges que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. “Y los bendijo Dios y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” ( Génesis, I, 28 ). La gracia del sacramento del matrimonio perfecciona el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la vida eterna. Dado que el matrimonio establece a los cónyuges en un estado público de vida en la Iglesia se debe realizar de modo público. La Iglesia doméstica constituye el átomo de la Iglesia.