Opinión

Estado de prueba

TRIBUNA

José María Méndez | Domingo 07 de mayo de 2023

Cuando Dios infundió en unos monos el espíritu pensante y volente, por fuerza tuvo que alterar la psique de esos animales. La transformó en una psique humana. Dos cambios fueron de decisiva trascendencia.

Primero, el ser humano está en celo sexual permanente, al revés de los animales, que tienen pautado su periodo de reproducción y son castos el resto del tiempo.

Segundo, aparece el instinto de posesión, desconocido entre los animales. Estos se contentan ordinariamente con lo necesario. Incluso las abejas dejan de trabajar, si han acumulado suficiente miel para el invierno. Ante la inmensa mole de crímenes y atropellos acumulados en la historia de la humanidad inmediatamente nos viene a la cabeza la idea de que hubiera sido mucho mejor que Dios hubiese dejado a los hombres con la psique de los monos. Lo hubieran hecho mucho mejor que nosotros.

Un momento de reflexión nos convencerá de que eso es un absurdo. El primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador, implica la distinción entre el bien y el mal, entre la verdad y la falsedad. Un perrito faldero no puede ladrar al revés. O sea, ladrar triste cuando vuelve su amo y ladrar alegre cuando éste le deja solo en casa. Poseer el afirmador lógico implica la capacidad de mentir, o “ladrar al revés”, si se permite esta expresión en aras de una mayor claridad. Poseer los operadores lógicos implica ser libres en sentido positivo, responsables únicos y totales de nuestras acciones, como ya expuso Kant en la Tercera Antinomia de su Crítica de la Razón Pura. Un espíritu libre en sentido positivo es capaz en principio de superar todas las influencias que provengan del cuerpo, de la psique o de la sociedad. Implica ser personas, responsables íntegros y únicos del bien o del mal de nuestras acciones.

Obviamente, hablamos en general. Saber hasta qué punto alguien es culpable o inocente de una concreta acción, eso sólo Dios lo sabe. El entendimiento humano no llega a tanto. Tiene que limitarse a considerar la acción humana en el caso normal y ordinario. No hay ciencia ética de los casos concretos.

Sin duda, crear seres libres en sentido positivo supuso asumir un enorme riesgo. Eso nos lleva a preguntarnos como teólogos ¿por qué y para qué creó Dios a los humanos? ¿Qué buscaba con ello? ¿Cuál pudo ser la finalidad que pretendía? Pues a primera vista todo le salió al revés. La entera historia de la humanidad no es sino una interminable acumulación de impudicias, crueldades, injusticias, asesinatos, robos y violaciones.

La respuesta nos la da San Pablo, y sin dudar lo más mínimo. “Todo fue creado por El y para El” (Col. 1,16). “Este es el plan trazado desde antiguo: recapitular todas las cosas en Cristo” (Ef. 1,10). Toda la epopeya de la creación, los millones de galaxias y estrellas, la aparición y desarrollo de la vida vegetal y animal en nuestro minúsculo planeta, la infusión de los operadores lógicos en el “homo sapiens et liber”, la entera historia de la humanidad, con su ingente cantidad de sangrientos crímenes e injustos abusos, aunque también con multitud de actos heroicos de sacrificio por los demás, todo eso confluye en la encarnación del Verbo divino, la muerte de Jesucristo en la Cruz y su posterior Resurrección. Esta es la razón de ser y la explicación final de todo: que Jesucristo entregara su vida en rescate por todos los pecados de los seres humanos; que Dios realizase el acto supremo de entrega y de generosidad; que la gloria de Dios brillase al máximo abriendo las puertas del cielo al “homo sapiens et liber”.

Probablemente esto mismo quería decir Teilhard de Chardin cuando hablaba del “punto omega”. Su mensaje fue confuso y lastrado por el error de pensar que los operadores lógicos fuesen producto de la evolución darwiniana. Pero dio en el clavo al ver en la Cruz y la Resurrección de Cristo la razón final de la entera creación y de toda la dramática historia humana. También esto mismo entrevió Leibniz al afirmar que este mundo era “el mejor de los posibles”. El terremoto de Lisboa y las catástrofes naturales, con su enorme número de víctimas humanas, son muy poca cosa en comparación con la grandiosidad de un proceso que termina con la muerte de Dios encarnado y la perfecta felicidad de los que piden perdón por sus pecados. Si acaban viendo a Dios en el cielo, ¿qué más da que muriesen bajo los escombros de un terremoto o en la sección de terminales de un hospital? Las burlas e ironías de Voltaire nos parecen romas y miserables en comparación con la profundidad del pensamiento de Leibniz.

En este grandioso proyecto, que va desde el Big Bang hasta la Cruz y la Resurrección de Cristo, la presencia sel ser humano en este mundo es vista como un “estado de prueba”. Se le da la oportunidad, como ser racional y libre en sentido positivo que es, de decidir por sí mismo su destino eterno. Sea para bien o para mal, siempre será el espíritu pensante y volente el dueño de su suerte en el más allá. Será él quien determine con su conducta libre si irá al cielo o al infierno.

De nuevo hay que insistir en que hablamos del caso normal y ordinario. Dios nos ha creado como personas únicas e irrepetibles en la historia universal. “Nunca antes hubo un Miguel de Unamuno, ni lo volverá a haber”, repetía nuestro gran pensador. En el Juicio Final Jesucristo juzgará a las personas una a una, puesto que todas fueron elevadas a la categoría de personas también una a una. El limitado entendimiento humano ha de limitarse a los principios generales.

Un estado de prueba es por fuerza transitorio. Estamos en este mundo de paso. “Una mala noche en una mala posada”, como decía Santa Teresa. Se trata de un obstáculo a superar, un examen a aprobar, un listón a saltar. Por fuerza tiene que ser algo provisional, algo que se solucionará en un vencer o ser vencido en la inevitable y decisiva prueba.
Nuestra primera impresión es que el obstáculo a superar es tan difícil, que el entero proyecto divino está llamado al fracaso. Dios se equivocó al poner el listón demasiado alto. Calculó mal cuando transformó la psique animal de unos monos en psique humana. Los resultados están a la vista. Después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial estamos ahora al borde de la Tercera, que probablemente será la última, si es que se emplean las armas nucleares ya existentes.

“Más le valiera no haber nacido”. Este fue el terrible comentario de Jesús sobre Judas. Cabe ampliarlo a toda la humanidad. ¿No hubiera sido mejor que el ser humano no hubiese existido nunca? ¿No era ya suficiente gloria a Dios la creación de millones de galaxias y estrellas? ¿O la vida vegetal y animal en nuestro planeta? ¿Por qué echarlo todo a perder con la creación del miserable “homo sapiens et liber”? Esta primera impresión será todo lo atrayente y seductora que se quiera, pero a la fuerza tiene que estar equivocada. Es nuestro corazón ciego el que habla así. No es nuestra cabeza la que piensa o razona. Dios no puede equivocarse en sus cálculos. Su grandioso proyecto tiene que triunfar por fuerza. Es el mejor de los mundos posibles, por mucho que nuestra volteriana estrechez mental nos sugiera lo contrario.

La población penal en todos los países y en todos los tiempos se sitúa en torno al 2% de la población. El 98% son ciudadanos decentes y capaces de vivir en paz con sus semejantes. Estos dos porcentajes nos pueden orientar. Es la gran mayoría de gente buena la que hace posible la sociedad civil, lo mismo en una tribu aislada del Amazonas que en Nueva York o en Calcuta. El 2% de la humanidad terminará apartada de Dios, pues eso es el infierno.

Vivir juntos los que se odian, como certeramente sugirió Sartre en “Huis clos”. Eso supone muchos millones de personas, desde luego. Pero el 98% de la humanidad son muchos más millones. A pesar de las apariencias, Dios no erró en sus cálculos. Los dos cambios en la psique mencionados al comienzo, nos pueden parecer en principio excesivos a la vista de lo que sucede en este mundo. Pero en conexión con ellos hemos de tener en cuenta que no se exige más que el sincero arrepentimiento para que cualquier pecado sea personado. Por alto que esté el listón, aún mayor es la pértiga a disposición para superarlo. Como bien enfatiza la parábola del Hijo pródigo, cuanto más bajo ha caído el pecador arrepentido, tanto más resplandece la misericordia de Dios.

La gloria de Dios habrá alcanzado así su culmen, tal como estaba previsto en el grandioso proyecto del que habla San Pablo. Quizá el Cristo que se le apareció en Damasco no tenía el aspecto familiar a los demás Apóstoles. San Pablo pudo tener delante al Cristo triunfante de la Parusía, el que vendrá rodeado de majestad para hacer el Juicio Final. Se comprende que cayese del caballo y quedase ciego. Y se entiende también la precisión con que enunció la esencia del estado de prueba: “todo fue creado por El y para El”.