Opinión

Las cañadas oscuras

TRIBUNA

Luis Bravo | Lunes 08 de mayo de 2023

La afirmación tiene su osadía, pero en este libro, el segundo del poeta Juan Gallego Benot, está uno de los versos que más me han interesado en lo que llevamos de año: 'Frente al colapso de la imaginación, un río'. Sería injusto reducir, en su caso, toda la laboriosidad en una sencilla máxima, pero suelen hacer las veces de pilar o de esencia a la que debe volverse para comprender lo que allí se nos dice.

Un paseo entre escombreras sentimentales y arquitectónicas. Llamados del deseo a través de la enumeración de calles, a través de las alusiones herméticas, de los cantes que se han filtrado en la voz tremulosa que huye y designa lo también huido pero a la vez permanente. Las cañadas oscuras es una obra verdaderamente compleja si prestamos atención a las notas y epílogo y bibliografía que incluyen. El poeta ha extraído de numerosos estudios, en torno al proceso de exclusión de la población obrera y gitana de Triana, las razones e inspiraciones de sus poemas, pero no me resulta evidente todo ese esfuerzo en la lectura de los mismos. No hablo de prescindir de uno de los aspectos, pues el vaivén entre documentación y aporte personal del autor es el que mantiene la particular hondura del libro. Sin embargo, y esto es opinión personal, los poemas no requieren de indicaciones académicas. Benot es un poeta inteligente y sus creaciones lo suficientemente atractivas ―denotando un reino imaginario que viene de su libro anterior, el arrebolado Oración en el huerto― como para detener al lector y percatarle que nada aquí es al uso, que en sus manos puede encontrar el goce, que el placer es reconocible aunque no nos espera.

Por añadir a lo anterior: el planteamiento literario que hace el poeta es consecuencia de su libertad a la hora de escribir. A él le oí decir que la naturaleza de estos poemas no es cerrada ni dependiente. Que a pesar de no haber una clara voluntad de estilo, a diferencia de su anterior, sí le interesaba más la imbricación de las cuestiones trianeras y especulativas ―cañadas oscuras de la historia urbanística, desde luego― con su acercamiento lírico a ellas. Como si el hecho de entenderlas, con la mirada puesta en los ingentes títulos citados de fuente, no obligase a renunciar a la abstracción, marca reconocible de su autor. Hay, pues, una voluntad muy similar a la utilizada en el arte contemporáneo, del que Benot es crítico habitual y ha sabido empaparse de sus maneras, tomando apuntes de una vastedad y seleccionando los detalles más elocuentes. Esto, por tanto, es digno de elogio.

Viste bien este libro de poemas esa penumbra que se le cierne, incluso en los más pretendidamente celebrativos. El pesimismo se ha ceñido sin dificultad gracias a las visiones devastadas por las inundaciones sufridas: 'Es lícito cantar ante las ruinas;/ no es pecado esta oración para que todo se inunde.' Las riberas por las que vagan estas voces no quieren reconocer el después quedado, 'mirando las casuchas y la era por labrar/ mirando el desperdicio y los terruños'. La única salvación, y el único castigo, es el río. A él se dirigen y se le da todo porque saben que puede arrebatarles todo. No distinguen el día de la noche. Se derrumban las casas, los naranjos, pero los olores persisten. Se abandonan a las heridas en las carnes que más aman. Es lujuriosa y mística la espiral que dibujan. En paralelo, no deja de suceder el cambio de escenario: 'Misericordia busca un grito urbanizable;/ un hueco para raíles, una plaza adecentada/ para poner el yunque/ y llamarlo pascua,/ o sueño, o rosa quieta.'

Benot es un poeta de fiebres y exaltaciones. En sus versos se agrandan las sonatas de los álamos, las pronunciaciones de los espliegos; sube hasta las encías el sabor del almoraduj y la hiel. Hace festín sensitivo el paisaje y la historia. Y cuando estos sobrepasan los ensueños, vuelve a las aguas indomables, maltratadas sus gentes y su cauce. Vuelve a ensimismarse con la escamadura que hace el viento sobre el río. Ese río, y nada más.