Opinión

“Resiliencia”, un neologismo cargado de futuro

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Martes 09 de mayo de 2023

Decía Gabriel Celaya que la poesía es “un arma cargada de futuro”. Sin duda es a lo que podemos acogernos cuando de nada nos sirven las fórmulas de la realidad presente, vacua y cada vez más engañosa. Al poeta no le interesa contar lo que ya sabemos, sino que se esfuerza por encontrar cauces subterráneos y desconocidos. El fin justifica los medios y, en muchas ocasiones, hay que ficcionar —que no mentir, pues puede ser una forma de contar la verdad huyendo de la mentira— para llegar a la verdad. Inventar nuevas realidades para comprender la propia. Saber “idear”, pues el término proviene de idea y esta tiene carácter de meditada y definitiva, al contrario que la “ocurrencia”. Pues bien, para “idear” hay que saciarse de conocer. Aunque no resulte obligatorio, en la escritura o invención de la biografía de un anciano deben peinarse canas, sean éstas simbólicas o físicas. No se puede hablar desde el desconocimiento, ni siquiera de lo que se fabula. Necesitamos experiencia y a ella no se puede llegar en línea recta. Los vericuetos vitales siempre suponen errores, sufrimiento y dolor. Debemos equivocarnos y afrontar la dureza de las cosas para llegar a la verdad. Luchar toda la vida para reconocer que aún no sabemos nada y asumir que nunca llegaremos a la perfección, aunque queramos como los maestros Hokusai —“…a la edad de 80 habré hecho un cierto progreso ”— o Goya seguir aprendiendo. “Aún aprendo”, dice su viejito de garrota en aquel dibujo realizado al final de su vida.

Son esas ganas de seguir adelante, de intentar aquello que perseguimos —aunque no lo veamos muy claramente, tan lejos está— porque no sabríamos hacer otra cosa. Por el camino, hemos dejado un reguero de siembra en el que algunas semillas habrán sido picoteadas por pájaros, otras no habrán brotado pero, finalmente, en un pequeño porcentaje, alguna germinará suponiendo la compensación al infinito esfuerzo. A eso se refiere esa palabreja tan de moda llamada “resiliencia”: la vida como carrera de fondo, a cuya meta llega quien mejor se adapta al medio, que diría Darwin. Capacidad de resistencia, pero también de fe en algo, tesón, paciencia y talento. Si falta alguno de estos ingredientes en la fórmula, no cuajará el producto.

Lo comentaba hace unas noches con un amigo muy querido del que —como decía— todavía sigo aprendiendo. Gonzalo Laborda es un buen modelo, por su sabiduría y “resiliencia”. Puede que haya personas a quienes la recompensa le llegue sin esfuerzo a una edad temprana. Lo más probable es que acaben echando a perder el talento que pudieran podido desarrollar tiempo después por haber llegado la oportunidad tan prematuramente. Lo decía muy bien Gonzalo: “Alguien que con trabajo y constancia, aunque sea de forma lenta, va logrando pequeños hitos, en algún momento fruto de la fortuna o del trabajo tal vez pueda encontrar en el muro que se levanta ante él una grieta y, sólo con apoyarse en ella, derribará toda la construcción. Pero alguien que no ha pasado por todo ese trabajo, verá esa grieta e intentará llegar al otro lado del muro introduciéndose por ella, pero lo más probable es que se quede atascado en algún punto de su túnel.” Gonzalo sabe de lo que habla, él proviene como yo de las humanidades. A diferencia de las ciencias, que tienen una rápida aplicación a la realidad una vez se cursan, en las humanidades lo fácil es obtener un título pero lo difícil viene después. De qué forma aplicar lo aprendido en una utilidad futura. Me lo explica utilizando la metáfora de un mineral precioso: “nos entregan un diamante en bruto para pulirlo. Hace falta creatividad para saber cómo hacerlo, no todo el mundo vale para esta misión”. El número de estudiantes de humanidades —concretamente de doctorandos— es directamente proporcional en su inmensidad a los que, al concluir esta etapa, abandonan esta tarea y se dedican a algo que poco o nada tiene que ver con ello. Tal vez sean quienes continúan con su tarea en la sombra —lejos de la universidad al no disponer de ayudas o alicientes dentro de ella— los que verdaderamente puedan sentir amor por la rama elegida. Esa necesidad de conocer el entorno a toda costa, centrando en su vida a la “filosofía” en el sentido etimológico —”amor” por la “sabiduría”—. Serán los insobornables, aquellos que —como decíamos— no podrían hacer otra cosa. Otros recibirán incluso ayudas económicas durante sus estudios y llegarán a abandonarlos sin completarlos o —lo que es peor— acabarán trabajando dentro de la institución universitaria dejando de desarrollar la labor investigadora, perdiendo la fe en su profesión, como vampiros muertos en vida. Pero esa “resiliencia” que sin duda irá acompañada de cierta humildad, será la que mantenga vivo el motor de la ilusión, el amor por las cosas, aún trabajando en la sombra y a pesar de que corran tiempos donde lo que se piden son resultados tangibles y no especulaciones humanísticas. En definitiva, será el caudal humano el que, pasado un tiempo mayor, ofrezca los resultados más útiles para el progreso social.