Opinión

Goethe y el secreto de la cultura

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 20 de octubre de 2008
Como patria chica de y patria grande de la célebre Escuela arquitectónica de La Bahaus, del periodo de entreguerras y de la llamada República de Weimar –de mejor fama politológica que política…-, esta bella ciudad sajona custodia ejemplarmente no pocos tesoros de la historia alemana. Melómanos, artistas, escritores y demás gente consagrada a auscultar y acrecentar los latidos del espíritu tendrán en ella la mejor de las estancias. Previamente, sin embargo, tendrán que atravesar una dura y exigente aduana: olvidar que a escasos kilómetros de este acendrado lugar de memoria estuvo radicado durante una excruciante década el campo de concentración nazi de Buchenwald…

Que este centro de horror y crueldad multiforme estuviera establecido a poca distancia de la mansión en que uno de los grandes genios de la humanidad, Johann Wolfgang Goethe (1749-1832), enriqueciera su época y las posteriores con los serondos frutos de un pensamiento universal y penetrante, como muy pocos han alumbrado la aventura humana, es una de las muchas paradojas que ofrece la reciente historia germana, explicando la incesable reflexión nacional a que se han entregado las plumas más valoradas de aquel país durante el último medio siglo.

Conservada con sobrio y austero cuidado, la casa en que transcurriera la postrera y prolongada andadura del autor de Carlota en Weimar constituye un surtidor de evocaciones y enseñanzas. A lo largo de casi cincuenta años, con fugaces incursiones y salidas a sitios no muy lejanos –con la notoria la excepción de su decisivo viaje a Italia, 1786-8, y de sus dos estadías francesas, acompañando a las tropas sajonas de la primera coalición antirrevolucionaria-, transitó desde su despacho por todo el mapa del universo físico y mental hasta entonces conocido, añadiendo al último algunas parcelas sustantivas, llenas de enjundia y belleza. Contradicciones de la Historia: parte de los primates de la Ilustración, el periodo quizá con el Renacimiento de mayor paralaje cultural de todo el pasado europeo, tuvieron una existencia marcadamente sedentaria.

Como es sabido, Goethe, tras su fructífero y crucial viaje a Italia, se enclaustró monacalmente en el territorio de su niñez y adolescencia para procesar de manera asombrosa casi toda la información proporcionada por el llamativo progreso experimentado por el Viejo Continente en el cruce de una a otra centuria y hasta el fin de sus días. La elección, una de las de mayor trascendencia en la historia cultural, se mostró acertada. Desde la plataforma inmóvil de su existencia cuotidiana, la inteligencia del íntimo colaborador del duque Carlos Augusto recorrió y escrutó los principales horizontes del pensamiento, la ciencia y el arte, destilando en prosa y verso admirables la alquitara de lo creado por sus coetáneos, en un permanente y deslumbrador diálogo con la cultura grecolatina, cuyas claves y esencias poseyera Goethe en medida tal vez jamás igualada. Al hilo de la actualidad, entre los mil ejemplos que sería fácil de recordar de la profunda empatía goethiana con el impulso que animaba las mejores empresas de su tiempo, uno resultará sin duda muy oportuno. Los hallazgos de toda suerte de su compatriota el barón Alejandro von Humboldt (1769-1859), en su famoso viaje por la América española en el quinquenio 1799-1804, no tuvieron un cantor más entusiasta ni un perceptor más agudo. Con fuerza superior a todos sus contemporáneos el autor del Fausto (primera parte, 1808), atalayó el protagonismo descollante del Nuevo Mundo en el destino del hombre contemporáneo, convirtiéndose desde entonces –época de la revolución y el Imperio, consolidamiento de la industrialización- América en su asignatura predilecta.

En días y semanas de interminable lluvia, recorrido por todas las apetencias y pasiones propias de la condición humana, agredida y erosionada su fuerte naturaleza por las enfermedades y las angustias de todos los mortales, J. W. Goethe llevó a cabo desde su gabinete de trabajo la más formidable aventura espiritual jamás tan bien contada. Otras de gran entidad en el mismo campo se acometieron después de transitar por toda la rosa de los vientos en mares y tierras; pero ninguna entrojó mayor cosecha que la goethiana. Viejo, eterno dilema para los hombres y mujeres dotados de poderosa vena creadora: ¿viajar por el ancho mundo o en redor de su habitación, como escribiera otro formidable pensador sedentario, el vizconde Joseph de Maistre?

La interrogante es peliaguda y sólo hallará respuesta individual. Con todo, en una época como la presente, en que el nomadismo en todas sus dimensiones y tipos se ha convertido en llave para cualquier clase de felicidad y éxito, los vocacionados por el oficio del pensamiento y el no menos noble de la escritura continuarán formulándosela. La visita física o… digital a la casa de Goethe en Weimar, ciudad hodierno tan traída y llevada en nuestro país a propósito de espectrales reviviscencias políticas, podrá, en cualquier caso, servirle de ayuda para su opción.

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