Lunes 20 de octubre de 2008
La escalada de la violencia que está viviendo Afganistán en los últimos tiempos comienza a ser más que preocupante. En pocos días, han muerto asesinados a sangre fría 31 civiles que viajaban en autobús en Kandahar –aunque, según un portavoz talibán y como si eso justificase semejante atrocidad, se trataba de militares afganos-, una cooperante sudafricana en Kabul y dos soldados alemanes en Kudur, al norte del país. En todos los casos, la violencia islamista como denominador común. A todo este rosario de víctimas mortales hay que añadir la cantidad de escaramuzas y ataques que no salen a la luz pero que también deben de ser tenidos en cuenta. Y deben de serlo, porque es un hecho que los talibanes son ahora quienes han recuperado la iniciativa estratégica.
Una derrota en Afganistán sería más grave de lo que muchos creen. Conviene recordar que el contingente militar internacional destacado en Afganistán es de los más numerosos e importantes dentro del mapa de conflictos mundial. No en vano, algunas web islamistas ya están lanzando soflamas de cómo los “cruzados infieles” están siendo derrotados. Y no les falta algo de razón. Los países que conforman la fuerza militar que opera en aquella zona no han escatimado en recursos técnicos y humanos. Occidente ha tomado conciencia de lo que supone el terror islamista, y ha decidido plantarle cara. Pero entre Irak, la campaña electoral de Estados Unidos y la crisis mundial, da la impresión de que se ha descuidado un tanto la misión de Afganistán. Y ese descuido ha sido aprovechado por los talibán, maestros en el arte de la guerra y la supervivencia. La proliferación de acciones armadas por todo el país da idea de hasta qué punto su amenaza es real. Si la comunidad internacional pierde esta partida, los islamistas darían un golpe de mano propagandístico de dimensiones considerables. Que no lo hagan está en manos, no ya de la ISAF, sino de los gobiernos que la sustentan.
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