Opinión

Memento mori

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 11 de mayo de 2023

Con todas las televisiones emitiendo subyugadas la coronación del rey inglés, como emitieron el largo paseo funeral de su señora madre, se me viene a la memoria la ceremonia de enterramiento de los Habsburgo. Es una ceremonia olvidada, propia de un imperio extinguido, pero nos permite entender, por contraste, la condición del imperio vencedor.

Hemos podido escuchar la interminable lista de títulos y honores con los que la reina inglesa recibió sepultura. Una lista análoga es recitada a la puerta de la Catedral de San Esteban, en Viena, pero en este caso la carga de honores del mundo se resuelve explícitamente en nada.

La larga procesión llega ante la puerta de San Esteban, buscando la cripta en la que el cuerpo ha de descansar, pero la halla cerrada. El chambelán llama ceremoniosamente a la puerta, tratando de que se le abra. Expone los grandes honores y los valores ante el mundo de la persona fallecida. La lista está tan cargada de grandes títulos como la de cualquier rey inglés, pero desde dentro una voz serena contesta: “No le conocemos”.

Tras varios intentos, en los que el chambelán reduce sucesivamente el oropel del fallecido, pero recibe la respuesta constante del prior de los capuchinos: “No le conocemos”, la identidad del caído acaba reduciéndose a la verdad: ”mortal y pecador”. Sólo entonces se escucha la voz real del prior que permite el paso diciendo: “puede pasar”. Desnudos de toda vanagloria y oscura ostentación, así nos encontraremos alguna vez del otro lado, todos y cada uno de nosotros.

La ceremonia Habsburgo tiene, naturalmente, el esplendor que exige la tragedia humana, pero su gesto más majestuoso se encuentra en este humilde trance de reconocimiento. La antigua Grecia señalaba al ser humano como el “mortal”; el reconocimiento de esa condición no es específicamente cristiano. Resultaría ajustadamente cristiana, por el contrario, la esperanza en la promesa de nuestra inmortalidad, pero esa victoria sobre la muerte tiene fundamentos que no son del mundo, aunque estén anunciados en el mundo. La fama pagana, que la sonoridad de los nombres promete, sólo alcanza una prolongación insuficiente del eco agónico de nuestra vida. Hablarán de nosotros algún tiempo, pero esa fama no es vida y no somos nosotros, sino nuestro nombre lo que se cita. Frente a ese oscuro paganismo, la realidad de nuestra calidad de sufrientes y pecadores es el único fundamento para la gloria de una vida eterna en comunión con los que logren la salvación.

Hoy esa promesa de inmortalidad se concibe como un mito y el mito se desprecia como si fuera una narración vacía. Nos agarramos con angustia al remedo de la voz que es el eco, al sucedáneo de la vida que es la historia, al único resto posible de nuestra figura que es el nombre. Nos presentamos altisonantes y fatuos, dejando ver bajo la máscara de nuestro señorío un miedo aterrador porque sabemos bien, aunque no quisiéramos reconocerlo, que el nombre (o el renombre) no es el hombre.

Mito contra mito, el sentido del mito que representa la ceremonia Habsburgo posee una significación y una dimensión antropológica que ha perdido el mito oscurantista y confusionario de las glorias del mundo. Es que el mundo no posee gloria propia, aunque la refleja y la refleja en sus modos más humildes con una pureza que no alcanza todo el boato de una corte.

Si nuestros días pudieran calificarse apresuradamente por algún mínimo rasgo, podríamos decir que vivimos en el tiempo de una soberbia que se ignora, de una vanidad convertida en actitud social dominante, de un individualismo en el que cada uno se juzga autosuficiente y se muestra ante sus semejantes como señor de su vida y feliz detentador de un disfrute que ha sabido merecerse. Vivimos en el tiempo de una gloria impostada, de una vanagloria difusa. Nada odia más el individuo del presente – del desesperado presente absoluto – que le recordemos que ha de morir algún día.