Opinión

Apuntes reales

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 12 de mayo de 2023

Gibraltar es español,/ reina Ana nos lo quitó.

A pesar de las medidas anticatólicas que Jacobo I llevó a cabo tras la Conspiración de la Pólvora, del año 1605, que dio pretexto a un período de rigores sangrientos anticatólicos y fueron promulgadas leyes penales que cerraron definitivamente a los católicos ingleses el acceso a las funciones públicas y a toda la Administración, condenándolos a una especie de muerte civil, Roma, sin embargo, ha mandado serviles representantes flabelíferos a la Coronación de Carlos III, y el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado del Vaticano, ha representado al Papa Francisco en esta Coronación de la Iglesia anglicana. También ha estado presente en la Abadía de Westminster el nuncio apostólico en Gran Bretaña, Monseñor Miguel Maury Buendía, participando alegres e iluminados, quizás coronados de rosas con sus sotanas de moaré, en una ceremonia de una confesión cristiana diferente. Total, para la seriedad que está poniendo la Iglesia en sus “minima moralia”, este asunto es baladí. Hasta es posible que de los sótanos de los Museos Vaticanos se haya sacado una cabina de exigencia; esto es, un pequeño retrete con taza de wáter para aumentar la colección de cabinas de exigencia del gran Carlos III.

Gibraltar es español,/ reina Ana nos lo quitó.

La verdad es que este Carlos III se parece mucho al primer Carlos. Una extraña oblicuidad de conciencia le hacía parecer legítima toda doblez. No tuvo ni las cualidades que atraen, ni los defectos que seducen. Sus maneras secas y altivas enfriaban todo afecto y repelían la devoción. Cubría su frialdad natural con una gravedad afectada. Débil cuando convenía resistir y obstinado cuando era preciso ceder, su gran falta fue no comprender jamás los caracteres de aquellos con los que tuvo que luchar, ni las aspiraciones generales del pueblo que le tocó gobernar. Carlos I y Carlos III se distinguen empero por sus estudios, sobre todo de Humanidades, en los que adquirieron conocimientos poco comunes para el gran público, cultivando también con gusto el estudio de la arquitectura, la bella arte del ámbito público. Y en este punto estamos totalmente a favor del rey inglés: el minimalismo de los nuevos ricos, algunos cercanos a la familia real (Foster…), debe ser frenado para que no desaparezca esa grande arquitectura londinense que ha dado su personalidad al Imperio Británico. En Londres ha habido proyectos inmobiliarios con panderete que han cambiado el paisaje de emblemáticos barrios victorianos. La especulación del terreno los ha percibido el rey con disgusto, sintiéndola como una amenaza tremenda. Lástima que no sea un rey absoluto ( “absolutus legibus”, que diría Bossuet ). Boris Johnson pasaría buenos ratos al lado de Carlos III hablando de temas de humanidades. Lo malo es que se le pudiera salir la tinta de la pluma estilográfica, y el rey entrara en pánico. Porque este rey no tiene sentido del humor, pero nadie tiene sentido del humor por voluntad. El humor ni se enseña ni se aprende, porque es un sentido. Es una virtud de nacimiento, se lleva en los genes y se incrementa en un medio que le es favorable, una determinada sociedad de iguales. Su bisabuelo, el rey Jorge V, lo tenía, o eso al menos decía el Primer Ministro Ramsay Mac Donald, el primer ministro laborista en la historia de Inglaterra.

Gibraltar es español,/ reina Ana nos lo quitó.

La reina Victoria tuvo a un judío como su Primer Ministro favorito, Benjamin Disraeli. Carlos III tiene como su Primer Ministro a Rishi Sunak, de origen hindú y religión hindú. Ambos no cristianos conservadores. Reliquias del inmenso imperio británico. Pero Rishi Sunak no sabe escribir las magníficas novelas que escribía Disraeli. Tampoco Arnold Wesker era Shakespeare. Hay quien todavía a Carlos no le perdona el divorcio. Y es que aún hay muchas familias honradas que quieren seguir viviendo en el infierno por saber muy bien que se lo merecen por sus errores. Ese noble masoquismo de penitente vitalicio no lo tiene el rey del Reino Unido. Y amar a una loca sólo lo aguantaba Pirandello. Carlos viste con petulancia de burgués que no puede ocultar un fondo encanallado de escepticismo. Se ganará el corazón del pueblo británico precisamente por no fingir jamás que es simpático. El Reino Unido necesita reyes para seguir unido, pero no cualquier rey. Se defiende la monarquía por el buen ejercicio en el cargo del buen rey; no de cualquier rey y mucho menos por el nefasto ejercicio de un mal rey. Hay que ser un monarcómano, como Guy Sorman, de argumentación bipolar – un día dice blanco, y otro negro - para defender la monarquía con cualquier tipo de reyes, incondicionalmente. La verdad es que la república cromwelliana quitó a los ingleses las ganas de experimentos políticos, y los forjó tradicionales. Pero eso no quiere decir que el pueblo británico soporte cualquier tipo de corona, como el señor Sorman. La España de Sánchez y Feijóo parece haber olvidado por completo la ofensa material y activa que supone Gibraltar, y ha alcanzado un papanatismo en la Coronación de Carlos III, que nos llega a avergonzar un poco, la verdad. Sin dignidad política y sin memoria colectiva de Gibraltar, el país entra a menudo en el callejón del Gato, y se desfigura en esperpento a los ojos de los propios casacas rojas, que saben aún ser dignos, incluso ante sus peores reyes. Mientras los españoles tengamos políticos sin ninguna autoridad moral, pululando en el inframundo de la corrupción y la venalidad, España no podrá exigir ser oída y atendida por ninguna nación civilizada del mundo. Y quien haya viajado un poco por Europa habrá visto con tristeza que somos puro objeto de ludibrio. Con políticos que se corrompen con cualquier cantidad de euros, España podría evocar, parafraseándolo, el texto salustiano. “Domi militiaeque Hispania venalis est. Vale, Venalis Hispania mox peritura si emptorem invenias”. Desde luego tiene más futuro el reino de Carlos que el de Felipe.

Gibraltar es español,/ reina Ana nos lo quitó.